Con la voz que gasta, ese chorro de voz capaz de insuflar vida y emoción a la más mecánica y funcionarial de las canciones, Teddy Thompson debería andar por la vida codeándose con Rufus Wainwright o haciéndole sombra a Father John Misty, pero sus últimos trabajos han tenido una acogida tirando a discreta: “Heartbreaker Please” (2020), impecable como álbum de americana con las raíces bien lustradas, pasó sin apenas hacer ruido; y “My Love Of Country” (2023), su carta de amor al género a través de versiones de Buck Owens, Hank Cochran, Eddy Arnold y Cindy Walker, entre otros, tres cuartos de lo mismo.
Lejos de acobardarse, la respuesta del hijo de Richard y Linda Thompson ha sido celebrar sus 50 años (y los algo más de 25 que han pasado desde su debut homónimo) con un álbum imponente y una espléndida colección de canciones ungidas por los espíritus del soul y escoradas hacia la cara más folk-rock de su composiciones. ¿Qué mejor manera de cantarle al cambio perpetuo, a la tiranía de las rutinas y a la inevitable temporalidad de la vida que picotear de las viejas escrituras de la Stax, avivar la llama de las baladas rompecorazones de Roy Orbison y reivindicar, a estas alturas, el oficio de Neil Finn al frente de Crowded House?
“Nunca seas el mismo. ¡Cambia! ¡Crece! Incluso cuando te compadezcas de ti mismo, nunca te recuperarás de ese amor o esa pérdida, el mensaje sigue siendo el mismo: cambia. No te conformes. Todo es temporal, ¡así que evoluciona o perece!”, proclama Thompson desde el umbral de un disco clásico en el mejor sentido del término y en el que la apología de la metamorfosis va por dentro, atravesando el esqueleto lírico de unas composiciones que siguen invocando a los viejos amigos de siempre –no faltan Hank Williams ni Leonard Cohen– mientras siguen tendiendo puentes hacia Nick Lowe o Ryan Adams.
¿Demasiado fácil para un disco atravesado por el mantra de “Never Be The Same”? Seguramente. “Ya sé, la misma vieja canción”, dice el propio Thompson en “Same Old Song”, sentida y melancólica despedida de un trabajo que hurga en la tensión entre estancamiento y evolución y crece alrededor de las contradicciones de amor. Postales de madurez recitadas con asombrosa voz de soprano e interpretadas por casi tantos personajes como versiones del cantautor aparecen en la portada. A saber: el amante compungido y suplicante de “Come Back” y “I Need Real (Love)”, el crooner melancólico de “I Remember”, el forense de las relaciones naufragadas de “So This Is Heartache”, el exalcohólico en rehabilitación permanente de “Worst Two Weeks Of My Life”, el folksinger panorámico de “Baby It’s You”...
Al final será verdad que todo cambia, por más que Thompson permanezca anclado a la tradición menos escandalosa y sus canciones, convenientemente reforzadas por invitados de lujo como John Grant o su propio padre, basculen entre la cara más otoñal y cabaretera de The Divine Comedy y el ingenio pop de H. Hawkline. Gran voz y notable disco –con producción del gran David Mansfield– de americana con acento británico –el humor, innegociable, se le escapa por las costuras de la jasonisbellesca “Not What I Need”–. ∎