Desde la más estricta insularidad, Carlos Rego (voz y guitarra) y Aser Álvarez llevan ya cuatro décadas cultivando un cuidado cancionero rock. Primero lo hicieron con Cosecha Roja, después con Burgas Beat y ahora con Tesouro, un proyecto que completan Dani Alonso (Os Amigos dos Músicos) al bajo y voz, y como inclusión más reciente, Anxo Fernández a los teclados y el acordeón. Debutaron en 2022 con “Aquí conmigo” y ahora publican este segundo álbum.
El título, “No centro do mundo”, tiene algo de retranca, pero también de manifiesto de orgullo y posicionamiento. Siempre desde Ourense, cantan, como el propio Rego ha afirmado, sobre lo extraordinario de la vida cotidiana. Lo hacen con una lírica calmada y contemplativa que se abre a la fascinación por las pequeñas cosas y, al tiempo, introduce algunas pinceladas de zozobra. Es el suyo un dignísimo rock de mediana edad en contraposición al teenage angst con que nació el género. Aquí no hay insatisfacción y sí cierta idea de final del camino, de haber encontrado lo que se buscaba.
La inclusión de los teclados es una de las principales novedades evolutivas del grupo, tal como se puede apreciar en el arranque del disco con “Amo la ciudad”, y también una raigambre folk que antes no mostraban tan claramente. No obstante, sigue predominando en ellos el rock clásico de escuela norteamericana. Se ven bastante nítidos los ecos de Neil Young & Crazy Horse, Yo La Tengo, R.E.M., The Dream Syndicate o The Feelies, pero también hay algo que los sitúa muy cerca de otras bandas insulares de aquí, como BB Sin Sed y Doctor Divago (elocuentemente, a ambas las versionaron en “¡Qué bonito EP nos habría quedado!”, publicado en 2025).
El castellano y el gallego se alternan en estas composiciones, que se abren a otras influencias líricas en forma de poemas ajenos. Así, la citada “Amo la ciudad” parte de un texto de Karmelo Iribarren, “Revisando os danos” es una adaptación de Lois Pereiro y “Silencio de Ourense” rescata unos versos de autoría desconocida que la banda encontró en el catálogo de un certamen literario de 1985. “Sós” también muestra bastante deuda con otro poeta clásico gallego, Manuel Antonio, para celebrar un momento de plenitud en calma, con los protagonistas de la canción disfrutando de la soledad en una playa en la localidad de Muros.
Es esta una colección de canciones verdaderamente notable. Desde su sencillez sin ínfulas se aprecia confianza y un sentimiento de verdad, ajeno al ruido exterior, aunque a veces lo ejemplifiquen precisamente desbocando la electricidad, como en “Tus llamadas”, en la parte final de “Sós” o en “Aprendiendo el oficio”. Por cierto, que su infeccioso estribillo con deje a lo Lou Reed (“Ahora ya sé lo que debo hacer”) lo tiene todo para convertirse en momento álgido de sus conciertos. Diría que es uno de los temas centrales del disco junto a “La sombra de lo que fuimos”, una de esas emocionantes canciones de amistad en la onda de “Bobby Jean” (Bruce Springsteen, 1984). De hecho, no sé si es buscado o es una percepción personal que el teclado de Anxo Fernández recuerde tanto a Roy Bittan. Por último, y no por ello menos importante, me gustaría reseñar la producción de Manu G. Sanz (Selvática, Indómitos), un músico de varias generaciones posteriores y una escuela diferente que, sin embargo, les ha pillado perfectamente el punto. ∎