En los últimos años, Nate Amos ha experimentado un ascenso notable. Ya sea en solitario, bajo el nombre de This Is Lorelei, o coliderando –junto con Rachel Brown– su proyecto más consolidado, la banda Water From Your Eyes. Sus sucesivos lanzamientos se han traducido en giras con entradas agotadas por todo el mundo, mientras que sus canciones han sido versionadas por algunos de los artistas más influyentes de la actualidad –desde Jeff Tweedy, el cerebro de Wilco, hasta Cameron Winter, líder de Geese, pasando por MJ Lenderman, Hayley Williams, Waxahatchee o Snail Mail–. Con “The Singer In My Band”, su tercer álbum y el primero para Matador Records –en realidad, a lo largo de los años, desde 2012, ha subido a Bandcamp docenas de composiciones y EPs autoproducidos, aunque como discos “oficiales” solo aparezcan otros dos: “Box For Buddy, Box for Star” (2024) y “Holo Boy” (2025)–, Amos presenta ahora una obra que consolida su estatus como una de las voces más interesantes del art rock moderno. En realidad, mientras que los anteriores lanzamientos de This Is Lorelei solían perderse en un salto hiperactivo de un género a otro, Amos encuentra ahora definitivamente su propia voz, una nueva claridad y una melancolía serena, lo que en ocasiones –valga la paradoja con lo dicho sobre “su propia voz”– recuerda un poco a Elliott Smith.
El álbum retoma la tradición del Great American Songbook y traduce sus puntos fuertes fundamentales (melodías potentes, letras concisas y estructuras musicales atemporales) a un lenguaje sonoro original y plenamente actual. Creado durante su gira interminable, “The Singer In My Band” es, al mismo tiempo, el primer “álbum de carretera” auténtico de la discografía de Amos. Muchas ideas surgieron durante el camino, lejos de los estudios, marcadas por las impresiones de los constantes viajes. El sencillo adelantado “Billy Came Back” encarna a la perfección este enfoque creativo: la canción acompañó a Amos durante meses, desapareciendo una y otra vez de su mente y volviendo, sin embargo, constantemente, hasta que finalmente quedó terminada.
Al igual que muchas otras de las canciones del álbum, combina melodías pegadizas con una narración abierta a interpretaciones personales. El LP, de hecho, está poblado por personajes como Billy, Joey, Genevieve, Sarah y Buddy, que deambulan por un panorama de escenarios estadounidenses. Sus historias se mueven entre la realidad y la ficción y reflejan experiencias fugaces, a menudo contradictorias, que suceden estando de viaje. Musicalmente, Amos apuesta por la simplicidad del cálido sonido americana y la fuerza de la electrónica, aunque sobresale la sencillez acústica. Temas como la canción que da título al álbum (¡con el padre de Amos, Bon, al banjo!) desprenden una atmósfera íntima de fogata y subrayan así que la verdadera fuerza de Amos reside en la sencillez.
La influencia de su vínculo de toda la vida con la música bluegrass se manifiesta menos en el sonido que en los principios compositivos: una canción debe convencer a través de la melodía, la letra y la armonía: después de haber sacado de la manga, en el pasado, pop de cámara melancólico, post-punk oscuro y brillante y pegadizas canciones indie poco convencionales, esta nueva pequeña obra maestra es, en esencia, un álbum de country maravillosamente relajado, en el que los clichés polvorientos de Nashville propios del género apenas tienen cabida gracias a las virtudes del “hazlo tú mismo”, al estilo de Nueva York, donde reside actualmente.
Con “The Singer In My Band”, Amos logra un álbum que aúna tradición y actualidad en una obra notablemente atemporal, que demuestra que, a veces, menos es mucho más. ∎