Álbum

Umbra Sum

Obras de misericordiaAcuarela, 2026

Hace más de una década, el costarricense Ed Sánchez Gómez, ya asentado en Chicago, publicó en Acuarela Discos un trabajo situado, en su momento, en los confines del antifolk. “Aún no has demostrada nada” (2014) respondía con ruido, energía y distorsión a una escena cada vez más industrializada, y se ajustaba más a lo que por entonces hacían Ty Segall, Wavves, Pink Reason o el primer Car Seat Headrest, y que se conoció como shitgaze: básicamente un sonido que partía del lo-fi y del slacker rock, pero atravesado también por el garage, por el noise y por el shoegaze, heredero en cierto sentido del Elephant 6. Con los años el estilo ha cambiado mucho, y sobre todo ha ido adquiriendo una dimensión hi-fi según los artistas más expuestos –Alex G, Courtney Barnett, Waxahatchee, el propio Car Seat Headrest, incluso Mitski– alcanzaban los estudios y los adelantos discográficos. Y, sin embargo, hay una nueva generación cada vez menos interesada en la parte ruidosa y sí en el estudio de distintas instrumentaciones y tradiciones musicales, que puede incorporar elementos del folk de cámara, de una psicodelia evocadora, o pequeñas chiribitas electrónicas hechas con poco más que una controladora: Helado Negro, Greg Mendez, Cuco, Cindy Lee, Wendy Eisenberg.

Un poco entre todos ellos se sitúa “Obras de misericordia”, el segundo trabajo de Sánchez Gómez como Umbra Sum, pero además entroncando con esa nueva generación de artistas chilenos en los márgenes del rock alternativo y con Los Jaivas como guía espiritual comandada por Candelabro. En él, el ruido de antaño se convierte más bien en una sutil distorsión de fondo, en una textura rugosa, en una señal alienígena –en su caso, quizá más bien divina– imperceptible, y de hecho el primer tema, “Obra de misericordia VII”, adopta una forma de pop progresivo muy deudora de Guided By Voices. Después, una plétora de instrumentos (un cuarteto de cuerdas, pero también todo tipo de cordófonos tradicionales latinos como el charango, la sierra, la mandolina o el dulcimer) toma el protagonismo para hacer que trascienda la guitarra y el sonido alcance los terrenos del chamber pop: los violines y el piano de “La sapienza” o “El acabose”, expansivas pese a su intimidad confesional; el eco casi conventual y también profundamente camerístico de “Aquelarres anónimos” y esas estructuras tradicionales por las que se desliza “La nueva sangre”; las melodías surf de “Mi panacea y yo”, con su final excelentemente armonizado; las mandolinas y charangos destilando efervescencia pop en “La promesa” o en la optimista “En los días cuerdos”... “Llorar solo sirve para eso”, canta arropado –como en muchas otras canciones– por coros femeninos, mientras el duelo y el aislamiento conviven en armonía con la esperanza.

La historia del disco se filtra en las letras, pero tan solo de forma velada y simbólica, renunciando a lo explícito: Ed asistió en primera persona al declive y posterior fallecimiento de las dos personas que ocupan la portada de su primer álbum, cuidándolas hasta el final y enfrentándose después al aislamiento de la pandemia. “Se amontonan los cuerpos por doquier”, se lamenta en el magnífico final que es “La esperanza nos está matando”, quizá la síntesis más clara de los principios del disco, con sus armonías, sus cuerdas y ese fade out de minimalismo cósmico y electrónico. El recogimiento marca el disco pese a su apariencia expansiva, y hay algo casi piadoso en él, un aura de música religiosa: en “Francamente, iracundo”, la más punk, la más enérgica, con una melodía que por un segundo trae a Los Piratas, realmente flota una especie de reverb eclesial que remite a John Maus; y en la genial “La remisión de todo”, que convierte en aún más íntima y vulnerable la propuesta de cantautor de un Santiago Motorizado, no deja de escucharse nunca el zumbido de una lámpara vieja encendida, hasta que sopla un pequeño pero intenso alud de ruido final. La imagen puede resumir el ánimo de Ed mientras escribía este trabajo, y relacionarse también con el nombre mismo del proyecto, Umbra Sum (“soy una sombra” en latín). Pero en lo sonoro habla más de un hombre que no concibe la música entre cuatro paredes. ∎

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