Álbum

Weezer

Weezer › Reprise-Warner, 2026
Empecemos por el final. O casi. “Up In The Clouds” ocupa el noveno puesto de los diez que tiene “Weezer” y Rivers Cuomo ha decidido que a ras de suelo se está peor. Lo que viene siendo hacerse un Nathan Fielder en “The Curse”, solo que a propósito. “My head is up in the clouds today”, canta, y un poco después ya anda perdido por la estratosfera. Y cualquiera le dice que baje. Empieza con una acústica y termina en ese power pop luminoso que a Weezer les sale con una facilidad pasmosa desde hace décadas. La letra cuenta cosas bastante menos alegres de lo que hace pensar la canción, pero con semejante subida volver a tierra firme puede esperar. Motivos de sobra para abrir esta crítica con ella.

Han pasado 32 años desde “Weezer” –el conocido como “Blue Album” (1994)–, reivindicado por Rockdelux en “1994, aquel año de bienes”, y casi 30 desde “Pinkerton” (1996), y seguimos volviendo a ellos cada vez que Weezer publican un disco. Y quizá esa costumbre tampoco les haya hecho demasiada justicia: después han dejado canciones preciosas, melodías para aburrir y discos estupendos como “Everything Will Be Alright In The End” (2014), “Weezer” (“White Album”, 2016) u “OK Human” (2021), además de etapas bastante más discutidas en las que, aun así, siempre había bondades. Pero ese melón lo dejamos para otro día. Este “Weezer” (“The Gold Album”) es sensacional.

Después de del EP “SZNZ” (2022), Cuomo se puso a mirar las cifras de streaming y decidió volver a las guitarras y a las canciones que funcionaran bien en directo. Ghost, la banda sueca, tuvo bastante que ver en ello y por ahí apareció Klas Åhlund, que acabaría trabajando en el disco junto con Kenneth Blume, antes conocido como Kenny Beats. Blume llegó con una consigna que ya prometía: quería hacer “el disco más violento de Weezer”. Tranquilidad: Cuomo no se ha pasado al grindcore. Esta vez prepararon las canciones tocando juntos en una habitación, Patrick Wilson grabó la batería sin metrónomo y Blume llevó las guitarras hacia un sonido más desert rock con un pequeño amplificador Gibson de los años cuarenta puesto a tope.

Y aquí el trabajo también está bastante más repartido. Patrick Wilson recupera peso en la composición, Brian Bell firma varias canciones junto con Luther Russell–a quien, por cierto, tendremos dentro de nada por España con Emma Swift– y hasta Karl Koch, archivista y hombre de confianza del grupo desde sus comienzos, aparece entre los autores. Si en “Up In The Clouds” Cuomo andaba perdido por la estratosfera, en “Say Yes” tampoco parece dispuesto a quedarse mucho tiempo a ras de suelo. Primero todo el mundo intenta arrastrarlo hacia abajo y él acaba con la cabeza bajo tierra; más adelante ya está subiendo una escalera hasta el cielo. Entre medias toca decir que sí –“Like Yoko to John”–, aunque él mismo no crea del todo que sea verdad. “Shine Again”, escrita por su batería Wilson, es una preciosidad, y “Don’t Make It Weird” saca otra vez al Rivers socialmente torpe: cuenta que algunos lo llaman “River” y luego le dicen que no tiene flow. “We Might As Well Be Strangers” está entre las más redondas del disco: Karly Hartzman, de Wednesday, entra en el segundo verso con esa voz un poco rota y tan suya, y luego se junta con Cuomo en el estribillo. Antes, él ya ha conseguido meter a Nietzsche en mitad de una historia sentimental. Sí, treinta años después, sus propias torpezas siguen dándole material de sobra.

“C.E.O.” empieza con un bufido justo antes de que Cuomo suelte “Cranking out another nineties jam”. Enseguida admite que le gustaría hacer algo nuevo, aunque sabe que la gente quiere los clásicos. Encima reaparece ese parloteo que recuerda inevitablemente a “Undone – The Sweater Song” y, por momentos, también a “Popular”, de Nada Surf. En “Hoops”, comprarse un tostador acaba siendo un problema: antes de hacerse una tostada tiene que escanear un código QR. Y luego está “Nowhere”, que es de las más pegadizas de todo el disco. Empieza con Cuomo cantando que simplemente quiere sentarse con alguien mientras la hierba siga verde y el cielo azul.

En el cierre, “The L.A. Sound”, escrita por Brian Bell y Luther Russell, devuelve a Weezer a una época de clubes que olían a pis, furgonetas con la calefacción rota y un plato de hummus birlado al cabeza de cartel. La canción mira hacia aquella juventud con humor: tres décadas después, ahora son ellos quienes encabezan los carteles. Y quizá por eso funciona tan bien “The Gold Album”: la nostalgia convive con las bromas a su costa, las pullas a los fans que siguen pidiéndoles lo de siempre y los recuerdos de cuando todo era bastante menos cómodo. Hace poco, sin ir más lejos, Cuomo nos sorprendió subiendo a YouTube su colección de “randum cuverz”. De momento, nosotros seguimos con la cabeza en las nubes. Que baje quien quiera. Nosotros aquí arriba estamos bien acolchados. ∎

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