Hay bandas que auspician un relato de construcción automática. Formaciones asociadas a cierta aura enigmática y que la saben explotar a su favor. WU LYF parecía que iban a quedar incrustadas en el registro de formaciones de culto del indie rock del primer cuarto del siglo XXI. Un disco vigoroso (“Go Tell Fire To The Mountain”, 2011), una adoración preservada por unos pocos y cerrojazo en bonanza. Pero casi quince años después de su primer, y hasta hace unas semanas, única nota registral discográfica, deciden sorprender con un nuevo trabajo.
Tres lustros que no han interferido en exceso sobre su sonido, ni en el misterio que proyectan ni en una ética consistente que los conduce a no engrosar con su música Spotify y otros grandes del streaming. De hecho, presumen de esa autogestión que les permite libertades y ciertos desmanes con la industria –en su primera etapa rehusaban los encuentros con la prensa– que otros no podrían permitirse o, como mínimo, se lo pensarían hasta tres veces. Su conciencia outsider forma parte de su ADN, tanto como su espíritu combativo. La acción, amparada por un discurso coherente, se impone al cinismo generalizado. Tampoco se puede obviar esa espiritualidad mesiánica –más visible en sus directos– que distingue a su frontman, el cantante Ellery Roberts, quien, tras incursiones paralelas en DUH, ha decidido desempolvar su banda embrionaria y volver a distinguirla con su característica impronta vocal.
Su desgarradora voz, repetidora de alaridos existenciales, sigue atravesando la emocionalidad del repertorio en “A Wave That Will Never Break”. Dejan atrás las iglesias abandonadas en que se gestó “Go Tell Fire To The Mountain”, para abrazar un sonido más limpio –con intervención de Sonic Boom en la producción–, sin reverberaciones ni espacio para lo inesperado. También abandonan esa potencia voraz de los veintipocos que los fortalecía por entonces. Ahora se permiten nuevos registros. “Wave” es un ejemplo de un Roberts conciliado con el reposo y los tempos más mansos. “Robe Of Glory” sintetiza ese cavilar entre los estallidos rabiosos, con un clímax estruendoso propio del post-rock, con acompañamientos instrumentales que respiran sin necesidad de una percusión tenaz. Por su parte, “Letting Go”, un tema que parece mezclar a sus conciudadanos The Durutti Column con la sección rítmica de Joy Division, es otra demostración de la adaptabilidad de Roberts a parajes más cautos y melódicos. La cobertura musical de Tom McClung, Evans Kati y Joe Manning precipita esa dulzura armónica, sin perder robustez en las guitarras y ofreciendo un importante protagonismo a los sintetizadores y al órgano. Misma fórmula con la que se ejecuta el despertar melódico del siguiente tema: “The Fool”. “Tib St. Tabernacle” expone como pocas la dimensión artística de la banda. Lo hace por extensión: un tema que se enfila hasta los once minutos como peineta a la era TikTok. Pero también por abrazar el poderío sugestivo de Nick Cave y hasta de cierto rock sinfónico enterrado en la memoria de cada vez más pocos. Roberts se impone en lo emocional a través de sus modulaciones vocales. Lo llevan todo a cabo sin desbaratar su propia esencia, sino orgullosos de la contienda, con crescendos sostenidos, estructuras sin urgencias, capaces de quebrar lo prefabricado, como resulta un último fragmento de alta intensidad.
Los dos últimos temas del álbum, en su especulación calmada, reducen la pegada inicial sin trastabillar esa impresión generalizada de que la vuelta del letargo de la banda mancuniana es una muy buena noticia para el aficionado a la música. Podían haber permanecido como banda de culto, pero puede que estén destinados a ocupar renglones mayores. La única duda es si serán capaces de lograrlo yendo a su aire. ∎