Para Yu Su la música no es un destino fijo, sino materia en estado de flujo, una transición constante. Esa idea tiene mucho que ver con el principio fundamental del taoísmo según el cual nada permanece inalterable y la realidad se construye a través de una sucesión de cambios incesantes. Otro axioma del tao, el yin y el yang, explica el mundo a través del contraste entre fuerzas opuestas y también guarda relación con la lógica interna de muchos de los temas de “Foundry”. Hay una armonía esencial que emana del centro del dub techno portentoso de “Cul de Sac” o “Wanli”: los ritmos sintéticos, ásperos y líquidos al mismo tiempo, son como islas flotantes en una esfera de tonos azulados y verdosos hecha de ambientes gaseosos. Yu Su logra el equilibrio a partir del antagonismo.
Por momentos, una de esas dos caras de su sonido toma una preponderancia absoluta. Ocurre en “Sunless”, una impresionante gama de cuerdas embalsamadas con mimo junto a Memotone. También en un tema tan sobresaliente como el que da nombre al álbum, la única concesión a la euforia de la pista de baile en toda la secuencia por parte de una productora que cada vez cotiza más alto como DJ en las primeras ligas del circuito internacional (Dekmantel, Boiler Room, Glastonbury o MUTEK). Abandonada al frenesí del acid house, Yu Su eleva el tempo y los niveles de cortisona con una pasarela de ritmos rimbombantes y correosos.
Esa incursión puntual en el territorio de la fiesta, el furor y la noche es una excepción en el horizonte sonoro que se extiende en “Foundry”. También en casi todo su catálogo anterior, más propicio a una música abstraída, de tempos más lentos. Pero ese giro hedonista advierte que el talento de Yu Su rebosa cualquier cajón, categoría, casilla o presunción. También la conecta con sus orígenes como productora.
Yu Su nació en Kaifeng, en la provincia china de Henan. Su madre consiguió un piano cuando ella tenía solamente 4 años y desde entonces Yu Su pasó incontables horas estudiando el canon clásico occidental –Bach, Debussy y Liszt la marcaron especialmente– hasta que se mudó a Vancouver para ir a la universidad. Hasta ese momento, su exposición al presente y el pasado de la música se había limitado a la música clásica europea que aprendió a tocar al piano y el canto pop y los grandes éxitos en mandarín que sonaban en la radio china durante su infancia y su adolescencia. También a una copia pirata de “In The Zone” (2003) de Britney Spears, uno de los pocos discos de fuera de China que llegó a sus manos en un país cuyo blindaje ante la influencia cultural occidental era particularmente efectivo lejos de grandes metrópolis como Shanghái, Pekín o Guangzhou.
Por eso, cuando llegó a Vancouver, Yu Su descubrió todo un mundo de sonidos con una mirada completamente virgen. Una noche sus compañeros de clase la invitaron a ir a una fiesta en la que pinchaba Floating Points. Era su primera vez viviendo algo así: sobria, completamente sumida en una experiencia sensorial abrumadora entre la oscuridad, el sudor de cuerpos ajenos, el velo de las máquinas de humo y las embestidas del ritmo a través de un sistema de sonido de alta fidelidad. Para cuando acabó la noche, Yu Su había decidido que ella, que había pasado años estudiando solfeo y teoría musical hasta dominar el piano, también sería capaz de hacer esa música.
Se hizo amiga de los chicos del colectivo Mood Hut, que empezaron a pasarle vinilos de su colección y le enseñaron a utilizar herramientas digitales de producción. Uno de aquellos discos que le pusieron era de Jeff Mills, pero en aquel momento Yu Su no podía soportar el techno ni era capaz de reconocer el más mínimo placer en el trance de la repetición, la brutalidad del ritmo ni paletas cromáticas tan básicas. Prefirió volcarse en la historia del house de Chicago, mucho más apegado a la melodía. Para cuando llegó a recabar la atención con “Roll With The Punches” (2019), había pasado años obsesionada con la escuela ambient de Jon Hassell y el kankyō ongaku japonés, compositores del minimalismo como Terry Riley o Steve Reich, los experimentos con la síntesis modular de Laurie Spiegel o el jazz más cósmico.
Tanto aquellos cinco temas como los de “Yellow River Blue” (2021) o el EP “I Want An Earth” (2023) hacían evidentes esos gustos, pero sobre todo tenían marcada la influencia de los primeros discos de Yellow Magic Orchestra con los que Ryuichi Sakamoto quiso subvertir la mirada occidental sobre los tópicos sonoros del este de Asia, abrazándolos y reconvirtiéndolos a través de la tecnología más avanzada de la época (en los últimos años de la década de los setenta y los primeros de la de los ochenta). Como él, Yu Su recurrió también a las escalas pentatónicas y las réplicas digitales de instrumentos tradicionales asiáticos.
“Foundry” elimina ese componente orientalista de su ecuación sonora. Potenciando tanto el anclaje del dub como la evanescencia de los ambientes sintéticos, mucha de esta música se escurre hacia la abstracción, haciendo predominar las texturas y una forma de expresión más primaria. En manos de Yu Su, el sonido parece una emulsión que gana o pierde consistencia, batiéndose, licuándose, derritiéndose, rebozándose o apelmazándose.
Aun así, hay un sustrato pop que rige cierto orden entre los materiales amorfos, dispersos en el espectro de la mezcla. Ocurre con “A Jewel”, el corte que abre el álbum con inquietantes estocadas de sintetizador y la voz intrigante de Miyako Koda (de la banda japonesa de culto dip in the pool) encadenándose en un crescendo desconcertante hasta que brota un ritmo ligeramente descuadrado como una burbuja de oxígeno ascendiendo hacia la superficie del agua. También con el modo en que Sarah Peacock (Seefeel) susurra versos en mandarín e inglés en “One Place After Another” , reptando entre un degradado de ambientes saturados y ritmos distorsionados.
Hace tiempo que Yu Su se mudó a Londres, donde alterna su dedicación a la música con la cocina creativa y donde fraguó “Foundry”. La energía hostil y gris de la gran ciudad supura en los contornos de estos temas. Y puede que, muchos años después, Yu Su se haya dejado atrapar por los bombos insistentes y recalcitrantes del techno minimal de Ricardo Villalobos y Luciano. Parece que esa capacidad de sobrecogerse ante la música de los demás sigue intacta. También para descubrir su propio idioma con el asombro de una niña. ∎