Kevin Parker himself. Foto: Alfredo Arias
Kevin Parker himself. Foto: Alfredo Arias

Concierto

Baño de luces, masas y sonido en el salto a las arenas de Tame Impala

La primera parada española de la gira de “Deadbeat” en un abarrotado Movistar Arena de Madrid –esta noche turno para Barcelona– confirma el salto definitivo de la banda australiana a los grandes pabellones, un contexto en el que logran amplificar su ya de por sí ambiciosa propuesta audiovisual, marcada por un sonido y unos efectos lumínicos apabullantes. Ante el disco más solipsista –y más flojo– de Kevin Parker, Tame Impala se reivindican, además, como conjunto, logrando que brillen más los avances dados que las canciones y poniendo delante, por fortuna, la pintura completa.

A Tame Impala los hemos visto crecer y hemos crecido con ellos. Recuerdo verlos en La Riviera –en Madrid, en 2013– cuando su irrupción causó en el rock psicodélico el mismo efecto que ahora ha provocado Turnstile en el post-hardcore; un buen amigo aún tiene enmarcado el póster de aquel concierto en su salón. Desde entonces han sido muchos, muchos festivales, y sobre todo muchos grandes momentos siempre sustentados por su excelente desempeño como músicos en directo. Aquella vez en Lisboa en la que, presionados por Radiohead, que les sucedían en el escenario, decidieron acelerar el set en lugar de acortarlo, desechando cualquier claqueta sospechosa y dando una lección de adaptabilidad. O el Primavera Sound de 2022, donde reaccionaron a la cancelación de The Strokes versionando “Last Night” sobre la bocina. Han tocado hasta en cuatro ediciones del festival de Barcelona, que ahora está detrás también de su asalto a las arenas nacionales en esta gira. A lo largo de su trayectoria, los australianos, en parte, han servido para definir lo que sucedía en el “rock alternativo”: la efervescencia comercial de principios de los 2010, la posterior explosión festivalera, el giro electrónico, la fijación en el imaginario popular, la decadencia que sobrevivió a la fiebre urbana o la más reciente homogeneización club. ¿Cómo se sigue estando a la altura después de tantos años, coqueteando habitualmente con la complacencia? ¿Y cómo se mantiene, pese a todo, una sensación de permanente ascensión?

Espectáculo visual. Foto: Alfredo Arias
Espectáculo visual. Foto: Alfredo Arias
No sé si Tame Impala tienen la respuesta, pero desde luego actúan como si la conociesen. Hoy actúan de nuevo en Barcelona, teloneados también por unos sorprendentes RIP Magic más orgánicos y menos electrónicos que en su versión de estudio. Su concierto de ayer en Madrid fue la primera parada española de la gira de “Deadbeat” (2025) y supuso un salto más en la trayectoria de los australianos. Y uno quizá más sorprendente todavía, cuando parecía que ya no podían crecer más y que solo les quedaba ir cuesta abajo: con su peor disco como subtexto, Tame Impala entregan sin embargo un espectáculo total, que consigue llevar al máximo sus grandes ambiciones audiovisuales al mismo tiempo que integrar, en buena parte gracias a las dinámicas de grupo, un repertorio peligrosamente irregular. Desplegados en círculo sobre un podio central y cobijados bajo un halo de plataformas lumínicas móviles en torno al que se encaraman cuatro torres de monitores (poderío sonoro y estroboscopia visual), a lo largo de dos horas pasan, literalmente, de la fantasía acuosa y caleidoscópica de “Apocalypse Dreams” al arrebato tech-house progresivo de “End Of Summer”, logrando reducir a la mínima expresión todas las distancias que puedan darse entre sus canciones. Es el gran acierto de esta gira: más que recrearse en los derroteros que pueda o quiera seguir Parker, se dispone cada detalle para que brille más en las manos de su encarnación escénica. Y sobre todo: se trata de aprovechar la pegada, el diseño sonoro y los recursos subgraves de sus escarceos en la música club para potenciar más el sonido de la banda.

Demiurgo pop. Foto: Alfredo Arias
Demiurgo pop. Foto: Alfredo Arias
Es eso lo que más destaca del espectáculo, por encima incluso del apabullante bombardeo de luces y láseres que ya es marca de la casa. Les sirve, por ejemplo, para aligerar los interludios, para convertirlos en algo excitante: antes de desatar la caballería rock de “Elephant” en la que es tan solo la primera cima eufórica del concierto, la banda se recrea convocando un apocalipsis de sintetizadores y bajos colapsantes que recuerda a Aphex Twin, y la posterior transición a una fiesta post-disco en la thrilleriana “Afterthought” resulta de lo más natural. Después de “Dracula”, que marca el final del primer tramo, los músicos tejen un intrincado tapiz deep house mientras las cámaras siguen a Parker: recorre los pasillos del recinto, va al baño a mear, la señal parece cortarse y lo recuperamos lavándose las manos, se atusa el pelo… Y regresa a la arena por el extremo opuesto de la pista para subirse a una pequeña plataforma, dispuesta a modo de salón, con alfombras y lámparas cálidas. Se da entonces la única concesión a la idea de que él –y nadie más– es Tame Impala y cómo ha sido la gestación de “Deadbeat”: trastea con sus sintetizadores como si estuviera haciendo un live, agarra un micro y canta tendido algunos de los temas más olvidables del álbum. Y, pese a lo curioso del momento, queda claro que no hay comparación cuando es la banda la que da sustento: el regreso al escenario se da pletórico después de hacerse un hidalgo con una cerveza servida amablemente por un birraman, mientras es el resto de los músicos quien retuerce, como en una anunciación alucinada, las armonías y los riffs de “Let It Happen”. Es el segundo gran apoteosis, una fiesta de luz, color, guitarras coreables y melodías de cristal que baja el telón del segundo arreón.

A partir de aquí todo parece un poco alargado innecesariamente, con espacio para alguna rareza y temas primigenios o menores. Pero todo vuelve a reflotar con “Eventually”, cuando empiezan a desplegarse de verdad los mejores cortes de “Currents” (2015), los que mejor aguantan la tensión entre su vertiente aún-más-electrónica actual y su fondo siempre progresivo y psicodélico y los que mejor orbitan una forma expansiva de pop. A su lado, “My Old Ways” y “End Of Summer” –protagonistas del bis junto a “The Less I Know The Better”– se magnifican, y quizá sí dejan ver por un segundo esa pequeña gran reinvención de Tame Impala que Kevin Parker tenía en la cabeza, la última gran síntesis del demiurgo pop: hacer que su nave espacial gravite las frecuencias del club sin salirse de su corriente orgánica y guitarrera; integrarlas como una skill, una herramienta más para servir al propósito mayor que, a día de hoy, ya son Tame Impala. Un proyecto masivo, te guste o no. Me guste o no. Más que canciones, lo que queda de “Deadbeat” son avances. Y si no se puede ir a más, al menos se puede ir más profundo; si no se puede sonar más, puede que sí se pueda sonar más profundo. ∎

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