Maria Iskariot es la santa patrona del comportamiento cuestionable. Punk rock femenino desde Gante, Bélgica. Esperanza desesperada comprimida en una estrofa ruidosa. Amor por los no amados, reacción casi involuntaria ante los pecadores, una revuelta emocional que vibra como un ataque de pánico contenido. Su música es una explosión efímera, refugio para cualquiera que esté harto de fingir autocontrol en un mundo diseñado para la represión emocional. Y su primer LP, “Wereldwaan” (Montgrí, 2025), es el mejor testimonio de ello: “Este álbum es un ‘time stamp’ de quiénes somos ahora”, dicen. Una obra concebida para cerrar una etapa y dejar que la siguiente empiece sin pedir permiso.
Hay grupos que parecen surgir de una combustión espontánea, moldeados casi a golpes de directo. Maria Iskariot –formado por Helena Cazaerck (voz y guitarra), Loeke Vanhoutteghem (guitarra), Sybe Versluys (batería) y Amanda Barbosa (bajo)– pertenece a esa categoría. “En el principio Helena tenía las canciones, y nosotras aportábamos nuestras partes”, recuerda Versluys. “Tocando tanto en directo empezamos a crear el sonido que tenemos ahora, cambiando constantemente la manera de tocar esos temas. La idea fue capturar esa energía y esa sensación al crear canciones nuevas para este álbum”. Una evolución construida más en el caos que en la planificación, que ha convertido su debut en una fotografía precisa de un momento que ya está mutando.
Con apenas unos pocos temas publicados, el proyecto liderado por la artista total Helena Cazaerck se convirtió en uno de los grupos más prometedores del underground europeo en 2024. Tropical Fuck Storm se las disputaron como teloneras para toda su gira. El periodista musical Everett True las elevó a los altares. Miles de personas se quedaron hipnotizadas viendo el reel del directo de “Leugenaar” grabado en la Willy Radio. Desde entonces, sus conciertos funcionan como pequeños incendios controlados que confirman que estamos ante una banda capaz de reactivar y redirigir el rock alternativo de los próximos años.
El nombre del grupo es parte esencial del misterio. Helena lo explica con claridad bíblica: “Maria Iskariot juega con la dualidad de la vida y del ser humano. María es la madre de Jesús, Judas el traidor. Pero no te equivoques: sin Judas nadie conocería a Jesús; sin Judas no habría cristianismo. Lo que implica que lo bueno vive dentro del corazón del mal, y viceversa. Esto influye en nuestra música en todos los aspectos. No creemos en señalar con el dedo”. Ese eje moral invertido –la luz que nace de la sombra– no es solo una idea, sino la columna vertebral de sus letras, su actitud y su estética.
En un contexto donde el punk internacional oscila entre la nostalgia indulgente y la sobreproducción digital, Maria Iskariot se mantienen en una tensión fértil. Sus letras hablan de moralidad, crecimiento, confusión, pero sin perder la electricidad. Helena escribe desde la trampa emocional: “Intento escribir dejando un espacio abierto para que el oyente proyecte sus propios tabúes. No se trata de mí, de lo que yo pienso o siento: esa es la trampa. Pensando en lo que crees que pienso yo, descubres algo sobre ti”. Es un juego peligroso, pero funciona porque está profundamente ligado al espíritu punk: intensidad como lenguaje, cruda humanidad como método.
Las influencias del grupo son un mosaico sorprendente. Loeke lo confiesa: “Últimamente me intrigan el desert blues y el rock tuareg. El canto y las guitarras me parecen muy inspiradores; mis amigos árabehablantes tienen que traducirme la poesía que hay detrás”. Pero su mapa estético no termina ahí: “Siempre encuentro inspiración en Erykah Badu, PJ Harvey, Patti Smith e incluso Lady Gaga. Sybe me puso a Calva Louise y me encanta cómo combinan lo pesado con esa diversión tan suya. Mis obsesiones recientes son la belga Ão y la neerlandesa Roufaida”. Una constelación que revela lo que ya suena en sus canciones: cruce de caminos, desobediencia estilística, curiosidad constante.
La conversación sobre la presencia femenina en el punk la irrita, y con razón. “Nos preguntan esto a menudo y me molesta”, dice Loeke. “Sugiere que no había bandas femeninas en la escena punk, y eso es falso. Desde adolescente voy a conciertos de punk y rock, y nunca fui la única mujer del público. Las mujeres siempre han estado ahí y siempre estarán”. Claridad total.
El directo es parte esencial de su ADN. Sybe lo resume así: “Intentamos ofrecer lo mismo en todos los países: diversión y un momento para liberar esa energía interna. Intentamos convertirnos en uno con el público e involucrarlos en nuestro mundo”. Loeke, por su parte, añade: “Claro que hay diferencias culturales. En España la gente no tiene miedo de acercarse después del concierto para mostrarnos su entusiasmo, siempre de forma muy amable. En otros países lo hacen de manera más reservada o formal, pero el mensaje es el mismo”.
La era digital lo condiciona todo. Sybe lo explica sin dramatismos, pero con lucidez: “Las redes sociales son el canal principal de comunicación hoy. Puedes ganar o perder fans muy rápido según cómo gestiones tu presencia. Tuvimos suerte: un vídeo en directo se volvió viral y nos llevó a muchos lugares. Al principio Helena mantenía nuestro juego ‘online’, ahora lo dividimos porque se ha vuelto demasiado trabajo para una sola persona”.
Su estética visual, por el contrario, responde menos al algoritmo que a una necesidad expresiva. “Una buena banda trae consigo una identidad visual coherente”, dice Sybe. “Si el ‘merch’, los vídeos, los logos, los textos están alineados con quiénes somos, la identidad se vuelve más fuerte y reconocible”. Helena lo formula desde la emoción: “Desde el principio supe que Maria Iskariot necesitaba una identidad visual que jugara con esa línea fina entre belleza y fealdad. Cuando vi el arte de Yves Decamps por primera vez, supe que era él. Es el maestro de la fealdad atractiva”. Fue una colaboración intensa: “Fuimos adelante y atrás hasta que la cara se convirtió en lo que es ahora”. El paso del EP “EN/EN” (Burning Fik, 2024) al álbum muestra crecimiento: “Antes tenía una boca de niña, con dientes faltantes. Ahora tiene ‘brackets’, reflejando la lucha por encajar en este mundo. En los ojos del EP había corazones, mostrando la violencia del deseo. Ahora tiene el mundo en los ojos, y lágrimas: poderío y duelo”. Dentro del disco, otra imagen poderosa: un mundo ardiendo sostenido por una mano, debajo un charco de lava donde la banda aparece abrazada. “Hay esperanza en la amistad”, concluye.
En cuanto a colaboraciones, sus sueños son sinceros y muy punk. Loeke lo deja claro: “Soy fan enorme de Blood Red Shoes. Me encanta cómo han evolucionado. Tenemos amigos en común, pero la última vez que tocaron aquí nosotras teníamos concierto”. Y añade: “Jehnny Beth nos contactó hace poco. Como adolescente me voló la cabeza en Savages. Ojalá retomemos eso”. Helena completa la lista: “Este verano Jehnny Beth y The Linda Lindas nos invitaron a una gira. No pudimos permitírnoslo. Una pena enorme. Me encantaría tocar con The Jesus Lizard o con Iggy Pop. Los vi este el año pasado: legendarios. Amo a David Yow. Me gustaría conocer a Sofia Isella, es brutal. Y pasar el rato con Siouxsie. O con The Breeders, PJ Harvey, Kim Gordon. O tocar otra vez con Tropical Fuck Storm, que son los mejores”, concluye Helena.
Lo que las impulsa sigue siendo la supervivencia emocional. Helena lo verbaliza sin metáforas: “Canalizamos lo que no podemos controlar a través de la música. Así convertimos algo feo o doloroso en algo bello. Nos da una razón para seguir viviendo, para no volvernos locas ni perder toda la esperanza. Ojalá podamos ofrecer eso al público: un momento de conexión, sentir que no estás solo, inspirarte a crear. Esa es la mejor sensación. Salir de un concierto y desear llegar a casa para escribir una canción, pintar, lo que sea”. Cuando se les pregunta por lo que viene, Loeke responde con una risa luminosa: “Un segundo álbum, hihi”. Basta con eso. Lo demás ya está en marcha. ∎