Nadie quiere que le sean infiel, y menos aún que la noticia se convierta en un hecho global que sea carne para la prensa o pasto para los usuarios más jocosos de redes sociales. La infidelidad continuada es la quintaesencia de la antilealtad y la sublimación perversa del ego; una extorsión de la confianza y el afeamiento máximo del juego limpio. Esto fue lo que vivió Lilly Allen cuando descubrió que su marido, el actor David Harbour, había llevado una doble vida a base de mentiras e infidelidades continuadas durante los seis años de relación, cinco de matrimonio y dos hijos en común. El partido de vuelta de Allen, que algunos especialistas en estrategia internacional militar llamarían una respuesta proporcional, llegaba en forma de disco el pasado mes de octubre de 2025. Veía la luz “West End Girl”, uno de los trabajos destacados del año pasado –por su contundencia, frescura y crudeza– cuya voluntad de trascendencia se escenificaba a propósito de la obra que ilustraba su portada: un imponente óleo en el que se puede ver a la cantante y compositora con mirada firme, sentada, ataviada con un plumífero color azul bebé con lunares blancos, un short negro lencero y unas botas blancas de tacón de caña alta con lunares negros. Quien ha firmado esta obra de gran formato que se puede ver en la National Portrait Gallery de Londres es la pintora Nieves González. Nacida en Cumbres Mayores (Huelva) en 1996, aunque residente en Granada hace casi uno, despliega su pintura inspirándose en el Barroco o en la corriente prerrafaelista de artistas como John Everett Millais. Aunque también, su voluntad retratista –pasada por el filtro de la moda contemporánea– recuerda al saber hacer de Vigée Le Brun, Adélaïde Labille-Guiard o Jean-Honoré Fragonard.
En una mañana soleada en Madrid, Rockdelux charla con la pintora andaluza sobre la banda sonora de sus trazos, una ambientación sonora con denominación de origen sureña cuya inclinación es decididamente feminista.
En la lista de reproducción que has facilitado hay varias canciones de la familia. Además, este año cumples 30, como el “Omega” de Morente y Lagartija Nick. ¿La influencia de la ciudad te lleva a conectarte un poco más con el legado de Enrique Morente y con esa identidad del flamenco transgresor?
Aunque llevo un añito viviendo en Granada, ya lo escuchaba mucho, la verdad. Escuchaba mucho flamenco, mucho rock andaluz y a Morente entre ellos. De hecho, cuando mi pareja y yo empezamos a hablar, recuerdo que un día llevaba una camiseta de “Omega” y le dije: “Ese es mi disco favorito”. Él me dijo que también era el suyo. Por eso tenemos recuerdos así, muy especiales. Para hacer la lista de las canciones he tenido que ser muy selectiva y he atendido un poco a lo que más estoy escuchando ahora mismo.
¿Pintas con estas canciones de fondo?
Con eso pinto, sí. Creo que tiene mucho que ver también estar en Granada, porque Granada suena mucho a Enrique, suena mucho a Soleá, suena mucho a Los Planetas, la verdad.
Has incluido dos canciones de Enrique Morente: “Sembré una esperanza”, de “Sacromonte” (1982), y “Manhattan”, de “Omega” (1996). En este último tema hay un verso que apela a cambiar el sistema desde dentro. ¿Tú tienes ese ímpetu de aportar tu visión evolucionada de la pintura clásica? Mientras unos pintores han reflejado con mimo la pasamanería tú lo has hecho con el nailon japonés.
Sí, es que es justo la idea esa: dinamitar desde dentro. Siempre me ha llamado mucho la atención la pintura del Barroco. Ha sido, digamos, lo que más me ha atraído. Pero es verdad que al analizarla, como mujer del siglo XXI, me resultaba un poco problemática en cuanto a las temáticas. Lo que busco es poner al espectador en un sitio familiar, conocido, reconocible, que sea amable. Porque uso un lenguaje que es la figuración, que siempre es muy amable, y una estética ya conocida. Desde ahí, cambio los códigos.
A propósito del nailon, ¿qué te aporta estética y éticamente relacionarte con un tipo de tejido como este?
Lo utilizo más como una manera de crear un paralelismo con esos volúmenes que se pueden ver en piezas de la pintura barroca, pero también como una manera de acercarme a los materiales contemporáneos. Hemos cambiado a los tejidos más plásticos, más sintéticos, más brillantes. Es lo que vemos en la calle. Lo que hago es un testimonio de lo que veo.
Volviendo a la selección de canciones: has incluido a Carmen Linares o Las Grecas, que son las antecesoras de Rocío Márquez o Ángeles Toledano.
Es que son unas tías que tienen mucho poder. La realidad es que las escucho mucho. Me pasa también en la literatura, que cada vez leo más literatura femenina. Hace un tiempo quizá me esforzaba, pero ya no. Tienen mucho poderío tanto con la música que hacen como con las letras, y también con su presencia. Con Rocío Márquez he coincidido alguna vez, su personalidad es magnética. Hace poco fuimos mi pareja y yo a verla al centro Federico García Lorca, allí en Granada. Ángeles Toledano también es una tía joven, brutal. Ese genio es al que yo aspiro.
¿Qué me puedes decir de Aurora Vargas?
A Aurora Vargas tuve el placer de verla este año en el Palacio del Generalife de Granada y aquello era para echarse a llorar. O sea, a esa señora le daba igual el micrófono. Se levantaba, daba dos patadas, se volvía a sentar y allí todo el mundo flipando.
¿Cómo asumes ver tu obra colgada en paredes de galerías, ferias o museos? ¿Tienes insatisfacción crónica o, cuando miras, reconoces en la pintura el momento en que lo hiciste como parte del camino que estás recorriendo como artista?
Un poco de insatisfacción siempre hay, pero yo creo que es buena. Siempre digo que lo último que hago tiene que ser lo mejor que he hecho, pero no lo mejor que voy a hacer. Cada vez intento entenderme más, entender el por qué de lo que hago y cómo lo hago y no ponerme la zancadilla. Ahora estoy en un momento en que me lo he puesto muy fácil a mí misma. Me he puesto en el lugar donde quiero estar. Me reconozco y eso es lo más importante.
¿Cuál es el perfil de compradores de tus obras?
Normalmente son fundaciones, coleccionistas que tienen poder adquisitivo, pero también hay otros que ahorran para comprarse una obra. Echo de menos vincularme un poco más a ellas. Mi obra tiene mucho público joven que se han vinculado al mundo del coleccionismo y han encontrado un lugar para adquirir obras en el arte emergente. Hay gente que ahorra mucho para poder comprarse una obra. Mola encontrar a gente joven que se sienta reflejado con lo que estás contando. Lo que pasa es que aquí no hay mucha cultura de ahorrar para comprar arte, pero sí se ahorra para comprarte un coche.
¿Qué pasos te gustaría dar en un futuro? ¿Qué hitos quieres alcanzar?
La verdad es que en un año me han pasado muchas cosas chulas y se han cumplido varios sueños. Ya no sé qué le pediría al futuro, más allá de irme a mi pueblo a vivir. ∎