Como introducción, el artista Davide Pepe abrió la noche en Paral·lel 62 con películas nacidas de largas grabaciones, condensadas en imágenes donde todo parecía ocurrir a la vez. Entre casas abandonadas, paisajes urbanos y un pulso industrial que crecía y se ahogaba, su set preparó el terreno con una extrañeza eficaz, cercana a Nurse With Wound y a las ideas de David Toop sobre el sonido como paisaje mental. El intermezzo de “Rivers Of Babylon” funcionó como broma torcida: el recuerdo luminoso y kitsch de Boney M deformado entre volumen, crepitaciones y ruido hasta convertirse en señal equívoca. No era un simple guiño pop, sino una puerta lateral al universo de Current 93, donde lo bíblico, lo absurdo y lo inquietante conviven en el mismo gesto. Después, como si aquel sarcasmo pop se hundiera en una cripta, sonó algo parecido a una grabación de canto gregoriano. El grupo –con Alasdair Roberts en la guitarra– entró poco a poco: cuerdas del piano manipuladas desde dentro, violín y gaita, hasta que apareció David Tibet, de blanco impoluto y descalzo, entre oficiante, médium y niño perdido en su propia ceremonia. El arranque situó el concierto en un territorio ritual y apocalíptico. “Maldoror Is Ded Ded Ded Ded”, “The Great, Bloody And Bruised Veil Of The World”, “This Carnival Is Dead And Gone” y “Bright Dead Star” sostuvieron ese clima de ruina y belleza oscura. Tibet no canta tanto como invoca o recita, entregado a una imaginería donde conviven religión, infancia, muerte y fin del mundo. Luego llegó una zona más elegíaca. “Earth Covers Earth” abrió ese tramo con solemnidad: entre un silencio de aplausos contenidos, la violinista barcelonesa Aloma Ruiz Boada, integrada en el grupo, recitó en catalán el emblemático verso sobre la brevedad del tiempo. A partir de ahí, “A Silence Song”, “Mary Waits In Silence”, “Panzer Ruin” e “If A City…” hicieron respirar el concierto: menos impacto frontal, más peso de la voz, la palabra, la repetición y el silencio. En el tramo final, “A Gothic Love Song”, “Soft Black Stars”, la icónica “Lucifer Over London” y “Whilst The Night Rejoices Profound And Still” concentraron la parte más reconocible y emocional. Fue, en conjunto, un concierto correcto, sobrio y bien construido, pero no memorable. La selección evitó la antología extensa y dejó fuera piezas que habrían dado más relieve. El bis, con “Oh Coal Black Smith” y el cover de “Hushabye Mountain”, cerró la noche como una nana fantasmal. Current 93 ofreció una liturgia íntima, coherente con su mundo, aunque sin alcanzar la intensidad que convierte un concierto en acontecimiento. Y cada vez son menos las ocasiones en que David Tibet se prodiga en directo con su grupo. Jaime Casas
En las antípodas del dúo catalán-canadiense The Clothes se colocó la británica Joanne Robertson durante su turno en La (2) de Apolo. Su sencillez expositiva, con el único reclamo de voz y una guitarra recién desprecintada, fue una bolsa de oxígeno. Sin embargo, jugó en su contra no disponer de los acompañamientos instrumentales que encontramos en sus discos recientes, como el de Oliver Coates, ni más ni menos. Ejecutó un set diminuto y minimalista que se resintió por la falta de profundidad y quedó agrietado por cierta monotonía. Algo que no impidió certificar el aporte de esa voz espectral y auroral, por mucho que no lograse macerar la atmósfera adecuada hasta los últimos compases. Las constantes afinaciones de esa guitarra nueva, sin duda, ralentizaron el ritmo de la velada. Marc Muñoz
Soleá Morente aterrizó en La (2) de Apolo como una fuerza de otro planeta. La visión panorámica, abierta y no purista, de la hija de Enrique Morente y la bailaora Aurora Carbonell se inmiscuyó en muchos palos y dejó muchas bulerías a su paso. La cantora fue un vendaval escénico, una pura sangre arropada por músicos y vocalistas de primer orden. Entre estos, refuerzos de lujo que evidencian la transversalidad de su música: Víctor Cabezuelo (teclados) y Julia Martín-Maestro (batería), de Rufus T. Firefly, además de Nieves Lázaro de Monstruo Laberinto también a los teclados y coros. Por momentos apegada al flamenco dance con bases tecno-pop de barraca, en otros casos aferrada a las bulerías, cuando no se acercaba a un flamenco fusionado con pop, como esa “Domingos” donde la propuesta parecía mutar en Dorian durante sus repliegues coreables. La presencia volcánica de la artista la construye tanto con su voz, que salta con facilidad del arrebato a la calma, como con su cuerpo y firmeza escénica. Mucho poderío, vaya. Hubo tiempo para marcarse un dúo con Cabezuelo en el papel de Guille Milkyway (“Vamos a olvidar”) y para dar protagonismo a cada uno de los músicos que la acompañaban: guitarra española, cajón, teclados, mezclas y las dotadas coristas. Aunque fue su especialidad de jolgorio, la más bailable, la que puso patas arriba a los asistentes, que perdieron de vista la noción de lunes en sus calendarios mentales. Se despidió con “Gitana María” y “Baila conmigo”. Marc Muñoz
Con su peculiar espectáculo basado en “POPULAR” (2026), el guitarrista alicantino abraza lo conceptual sin perder de vista la accesibilidad melódica y emocional de su cancionero. Sí, rehúye la ortodoxia flamenca, aunque se ve capaz de tontear con ella, pero no se deja seducir por la aventura experimental. Esto desemboca en un concierto colorido y equilibrado donde, mediante el constante reposicionamiento y flujo espacial sobre el escenario –de él y su instrumento, las luces, el bosquecillo que conforman las docenas de pies de micrófono y sus maravillosas palmeras mudadas de negro–, cada composición emerge como un nuevo retablo sensorial y visual. El museo que erige es arriesgado y, sin embargo, la experta y elegante estructuración escénico-musical lo aleja de posibles ínfulas casposas. Desde la inicial “TARANTA DE ALICANTE”, un ejercicio de descomunal sensibilidad contenida, hasta la conclusión por tangos con “LIRILI”, enérgico guateque percusivo, Yerai Cortés y sus seis acompañantes visitaron humores, cantes y aires de todo tipo ante el ensimismado público de la sala Apolo, que en más de una ocasión fue incapaz de contener viscerales aplausos. Hubo acción gracias al tribalismo malagueño de “GAZPACHUELO” o los sudores rumberos de “ROTO X TI” y ensoñación con la dupla farruquera formada “COMO DECÍAN LOS MAESTROS” y “LO DEJO TODO”, una fantasía intimista y épica a partes iguales. También espectros melancólicos de los ochenta en las fáciles de tararear “SULAO” y “PA NÁ”, e incluso unas risas gamberras con las traviesas alegrías de tablao “NI EN LOS PUERTOS ITALIANOS” y “NI EN LOS CAFÉS PARISINOS”. Aparte de la notable interpretación instrumental de Cortés, esperada a estas alturas, lo que quizá entusiasma más de esta propuesta es la simbiosis que logra establecer con las palmeras, cuyo dominio del compás es excelente. Así, piezas como “REBELÁ” se manifestaron como extendidos diálogos entre coros y esbozos guitarreros, culminando en ritmos adrenalínicos y rasgueo ametrallado. Es inevitable cierta sensación de teatralidad ensayada, pero es una rigidez bastante elástica que, por suerte, consigue conservar la apariencia de caos, sinceridad interpretativa y fiesta colectiva que permea el álbum. Xavier Gaillard