Yerai Cortés, guitarra popular. Foto: Sergi Paramès
Yerai Cortés, guitarra popular. Foto: Sergi Paramès

Festival

Primavera a la Ciutat (1 de junio): un buen comienzo

En la primera jornada del ciclo de conciertos en salas que precede y amplía la propuesta de Primavera Sound Barcelona, asistimos a satisfactorias actualizaciones de herencias añejas como la del folk británico o seculares como la de nuestro flamenco. También disfrutamos con variopintas aproximaciones a la tradición del pop independiente, ya sea con vocación transgresora o con intención clasicista. Fuera de categoría –y de categorizaciones– sigue operando la propuesta de Current 93.

Alasdair Roberts

El cantautor escocés Alasdair Roberts ha levantado su cancionero sobre una idea exigente de la música antigua, y en Paral·lel 62 la defendió sin adornos: voz al frente, guitarra mínima y una austeridad que obligaba a escuchar la historia antes que la interpretación. Alterna composiciones propias que ya parecen tradicionales con baladas heredadas –child ballads, canciones escocesas, relatos de muerte, deseo, culpa, violencia familiar, naturaleza y fatalismo– reactivadas desde una sensibilidad contemporánea. Abriendo para Current 93, volvió a parecer un heredero lateral del folclorista John Jacob Niles, pasado por el tamiz confesional de Will Oldham, con quien ha colaborado en varias ocasiones. Se presentó solo, en penumbra, con una guitarra a la que le faltaba volumen y le sobraban ideas. Comenzó con “Hymn Of Welcome”, más susurro que himno: punteo desnudo, fraseo melódico y una voz doblada con delicadeza, aún sin la intensidad que pedía la sala. “False Flesh”, entre John Fahey y Robbie Basho, sonó más recogida que en disco; “Waxwing” abrió el trazo; “A Keen” elevó el pulso con aire medieval y acordes secos, ligados a su reivindicación gaélica; y “No Dawn Song” o “Farewell Sorrow” mantuvieron ese tono de nana y balada antigua. El recital ganó interés cuando Roberts insistió en la procedencia de las canciones y en sus desplazamientos: cruces de tradiciones gaélicas que convergieron en Nueva Escocia y que también recorren el magnífico “Remembered In Exile. Songs And Ballads From Nova Scotia” (2025), junto a Màiri Morrison y Pete Johnston. Jaime Casas

Current 93

Como introducción, el artista Davide Pepe abrió la noche en Paral·lel 62 con películas nacidas de largas grabaciones, condensadas en imágenes donde todo parecía ocurrir a la vez. Entre casas abandonadas, paisajes urbanos y un pulso industrial que crecía y se ahogaba, su set preparó el terreno con una extrañeza eficaz, cercana a Nurse With Wound y a las ideas de David Toop sobre el sonido como paisaje mental. El intermezzo de “Rivers Of Babylon” funcionó como broma torcida: el recuerdo luminoso y kitsch de Boney M deformado entre volumen, crepitaciones y ruido hasta convertirse en señal equívoca. No era un simple guiño pop, sino una puerta lateral al universo de Current 93, donde lo bíblico, lo absurdo y lo inquietante conviven en el mismo gesto. Después, como si aquel sarcasmo pop se hundiera en una cripta, sonó algo parecido a una grabación de canto gregoriano. El grupo –con Alasdair Roberts en la guitarra– entró poco a poco: cuerdas del piano manipuladas desde dentro, violín y gaita, hasta que apareció David Tibet, de blanco impoluto y descalzo, entre oficiante, médium y niño perdido en su propia ceremonia. El arranque situó el concierto en un territorio ritual y apocalíptico. “Maldoror Is Ded Ded Ded Ded”, “The Great, Bloody And Bruised Veil Of The World”, “This Carnival Is Dead And Gone” y “Bright Dead Star” sostuvieron ese clima de ruina y belleza oscura. Tibet no canta tanto como invoca o recita, entregado a una imaginería donde conviven religión, infancia, muerte y fin del mundo. Luego llegó una zona más elegíaca. “Earth Covers Earth” abrió ese tramo con solemnidad: entre un silencio de aplausos contenidos, la violinista barcelonesa Aloma Ruiz Boada, integrada en el grupo, recitó en catalán el emblemático verso sobre la brevedad del tiempo. A partir de ahí, “A Silence Song”, “Mary Waits In Silence”, “Panzer Ruin” e “If A City…” hicieron respirar el concierto: menos impacto frontal, más peso de la voz, la palabra, la repetición y el silencio. En el tramo final, “A Gothic Love Song”, “Soft Black Stars”, la icónica “Lucifer Over London” y “Whilst The Night Rejoices Profound And Still” concentraron la parte más reconocible y emocional. Fue, en conjunto, un concierto correcto, sobrio y bien construido, pero no memorable. La selección evitó la antología extensa y dejó fuera piezas que habrían dado más relieve. El bis, con “Oh Coal Black Smith” y el cover de “Hushabye Mountain”, cerró la noche como una nana fantasmal. Current 93 ofreció una liturgia íntima, coherente con su mundo, aunque sin alcanzar la intensidad que convierte un concierto en acontecimiento. Y cada vez son menos las ocasiones en que David Tibet se prodiga en directo con su grupo. Jaime Casas

David Tibet, a lo grande. Foto: Christian Bertrand
David Tibet, a lo grande. Foto: Christian Bertrand

Elias Rønnenfelt

El show del danés Elias Rønnenfelt en La (2) de Apolo presentó dos facetas muy diferenciadas, casi irreconocibles entre sí, y aún quedaría una tercera como líder de la banda Iceage. Empezó con su versión de trovador acústico, con la guitarra. Atrapó de primeras la atención de la sala en su hora más concurrida. Por el chorro de voz, pero también por esa imagen de sensibilidad vulnerable, capaz de tornar en seguridad carismática, como un cruce entre Pete Doherty y Jeff Buckley. Después de tres canciones, decidió aparcar la guitarra y sumergirse en temas pregrabados que incluían trazas de dub, trip hop y especialmente de un britpop por el que navegó como si fuera hijo de.... Lo suyo fue una suerte de panorámica por la música británica de las últimas décadas. En esta exploración hubo incluso espacio para transmutar en unos Happy Mondays en pleno viaje lisérgico por la sala Haçienda, cuando no abrazaba sonidos más parejos a Gorillaz, Primal Scream o Young Fathers. Fue una suerte de trotamundos en una propuesta a la que quizá le falta mayor tracción sobre un discurso más coherente y unificador, más personal al fin y al cabo. Este repetidor de estilos pretéritos desapareció para volver a dar entrada a su perfil crooner, esta vez acompañado por Joanne Robertson. Una compañía de muchos quilates. Marc Muñoz

Elias Rønnenfelt, multifacético. Foto: Marina Tomàs
Elias Rønnenfelt, multifacético. Foto: Marina Tomàs

Gwenifer Raymond

En su primer concierto en Barcelona, algo que recalcó en las breves y nerviosas palabras que dirigió al público llegado hasta la sala Apolo, la descalza guitarrista galesa se decantó por la vertiente más oscura de su “primitivismo americano-galés”, estilo donde fusiona virtuosismo instrumental con paisajismo emotivo. Desde el comienzo del recital, con la dubitativa a la vez que rabiosa “Bleak Night In Rabbit’s Wood”, Gwenifer Raymond dejó claro que sus canciones son periplos metódicos, anclados en leitmotivs melódicos que somete sin compasión a roturas, giros y aceleraciones. Con su pelo vertiéndose sobre las cuerdas o envolviendo su rostro, nos hipnotizó con el slide quejumbroso de “Worn Out Blues”, la meditación noctámbula “Marseilles Bunkhouse, 3am” o el blues tuberculoso de “Last Night I Heard The Dog Star Bark”, para luego arrancarnos del trance mediante rapapolvos severos como “Hell For Certain” o “Jack Parsons Blues”, con sus furiosas cascadas de notas y mareantes punteos en vaivén. Quizá la única pega que se podría poner es que ofrece demasiada guitarra, pero seguro que, desde la ultratumba, John Fahey y John Renbourn estarán asintiendo con la cabeza a ambos lados del Atlántico. Xavier Gaillard

Gwenifer Raymond: folk con enjundia. Foto: Sergi Paramès
Gwenifer Raymond: folk con enjundia. Foto: Sergi Paramès

jasmine.4.t.

“Es nuestra primera vez en Cataluña. Estamos muy contentas de estar aquí. Barcelona t’estimo”, aseguraba jasmine.4.t. ante una sala aún medio llena –de guiris, claro– momentos antes de ponerse con “Breaking In Reverse”. Que se codee con el supergrupo boygenius ya era suficiente aval como para acercarse a La Nau. “Esta canción quiero dedicársela a mi mejor amiga, Yulia Trot”. Miembro del colectivo Filton 25, Trot está encarcelada acusada de terrorismo por su acción contra Elbit Systems, una fábrica de armas de capital israelí ubicada en Bristol. La canción fue “I Can’t Believe I Did This Without You”, uno de los temas más destacados de su debut, “You Are The Morning” (2025). Un trabajo de indie rock noventero con devaneos folkies. Como Dinosaur Jr. versionando a Ani DiFranco. “Siendo un grupo de mujeres trans girando por el mundo vives momentos terroríficos”, denunció dando paso a “Woman”, otro de esos temas de la británica que empiezan delicados para ir entrando en ebullición y acabar explotando en efervescencia, como su paso por el Primavera Ciutat. Oriol Rodríguez

jasmine.4.t.: intensidad noventera. Foto: Óscar García
jasmine.4.t.: intensidad noventera. Foto: Óscar García

Joanne Robertson

En las antípodas del dúo catalán-canadiense The Clothes se colocó la británica Joanne Robertson durante su turno en La (2) de Apolo. Su sencillez expositiva, con el único reclamo de voz y una guitarra recién desprecintada, fue una bolsa de oxígeno. Sin embargo, jugó en su contra no disponer de los acompañamientos instrumentales que encontramos en sus discos recientes, como el de Oliver Coates, ni más ni menos. Ejecutó un set diminuto y minimalista que se resintió por la falta de profundidad y quedó agrietado por cierta monotonía. Algo que no impidió certificar el aporte de esa voz espectral y auroral, por mucho que no lograse macerar la atmósfera adecuada hasta los últimos compases. Las constantes afinaciones de esa guitarra nueva, sin duda, ralentizaron el ritmo de la velada. Marc Muñoz

Pálida Tez

El combo albaceteño Pálida Tez aterrizaba para presentar en plaza barcelonesa su “Un extraño estado de ánimo” (2025), un primer álbum irradiado por el sonido C86. Referencias cinéfilas como “Wong Kar-wai”, shoegaze con tramos más crudos y ese latir juvenil merodeando por las cercanías emocionales de la existencia por fases tiernas. Puede que la intimidación de abrir el Primavera Sound en La (2) de Apolo los agarrotó con un sonido algo torpe y un estatismo que delató los nervios escénicos de las primeras veces. Pero gracias a la calidez que dispensó el público ganaron confianza y la propuesta fue subiendo prestaciones. Tanto, que su noise pop soltó dos trallazos guitarreros de marca perforadora antes de irse celebrando la gesta con un abrazo grupal. Marc Muñoz

Pálida Tez: shoegaze perforador. Foto: Marina Tomàs
Pálida Tez: shoegaze perforador. Foto: Marina Tomàs

Soleá Morente

Soleá Morente aterrizó en La (2) de Apolo como una fuerza de otro planeta. La visión panorámica, abierta y no purista, de la hija de Enrique Morente y la bailaora Aurora Carbonell se inmiscuyó en muchos palos y dejó muchas bulerías a su paso. La cantora fue un vendaval escénico, una pura sangre arropada por músicos y vocalistas de primer orden. Entre estos, refuerzos de lujo que evidencian la transversalidad de su música: Víctor Cabezuelo (teclados) y Julia Martín-Maestro (batería), de Rufus T. Firefly, además de Nieves Lázaro de Monstruo Laberinto también a los teclados y coros. Por momentos apegada al flamenco dance con bases tecno-pop de barraca, en otros casos aferrada a las bulerías, cuando no se acercaba a un flamenco fusionado con pop, como esa “Domingos” donde la propuesta parecía mutar en Dorian durante sus repliegues coreables. La presencia volcánica de la artista la construye tanto con su voz, que salta con facilidad del arrebato a la calma, como con su cuerpo y firmeza escénica. Mucho poderío, vaya. Hubo tiempo para marcarse un dúo con Cabezuelo en el papel de Guille Milkyway (“Vamos a olvidar”) y para dar protagonismo a cada uno de los músicos que la acompañaban: guitarra española, cajón, teclados, mezclas y las dotadas coristas. Aunque fue su especialidad de jolgorio, la más bailable, la que puso patas arriba a los asistentes, que perdieron de vista la noción de lunes en sus calendarios mentales. Se despidió con “Gitana María” y “Baila conmigo”. Marc Muñoz

Soleá Morente: reina de la noche. Foto: Marina Tomàs
Soleá Morente: reina de la noche. Foto: Marina Tomàs

Sorry

“Es nuestra primera vez en Barcelona. Estamos muy contentos de estar aquí, formando parte del Primavera Sound”, aseguraba Louis O’Bryen ante una sala La Nau entonces ya casi completamente llena (de guiris, claro), momentos antes de ponerse con “As The Sun Sets”. De qué me sonaban sus palabras. Contradiciendo aquello de que quien mucho abarca poco aprieta, Sorry, la tetrapolar banda londinense timoneada por Asha Lorenz y O’Bryen, destaca por una propuesta que tan pronto suena a new wave como a post-punk, a indie, a trip hop, a noise, a industrial… Ahora pueden parecer una banda angular de la escena Windmill o unos hijos de Nine Inch Nails al norte de Londres. Unos Garbage de fiesta con LCD Soundsystem. Su cabeza es un cortocircuito con cables pelados soltando estimulantes chispazos. Una personalidad múltiple que, por bien ensamblada, lejos de dispersar el discurso acentúa su unicidad. Lo demostraron en 2020 con su debut “925”. Dos años después despacharon su mejor disco hasta el momento, “Anywhere But Here” y el curso pasado completaron la terna con “COSPLAY”. Ha sido este el trabajo que ha focalizado su escala en Barcelona, con un directo al que, sin ser decepcionante, le ha costado derribar la cuarta pared. Interesantes pero algo fríos, un poco distantes, han resonado durante la primera media hora del bolo, salvando las naves cuando han recurrido a “Starstruck”, “Today Might Be The Hit” y “Echoes”. Luego todo ha ido un poco mejor. Un sí, pero no del todo. Y que Dios o Gabi Ruiz salven al tipo o la tipa de la sala que puso en marcha el aire acondicionado. Oriol Rodríguez

Sorry: Asha Lorenz, combativa. Foto: Óscar García
Sorry: Asha Lorenz, combativa. Foto: Óscar García

The Clothes

El show performático de este dúo formado por un catalán (Andreu Serra) y un canadiense (Jasper Baydala) arrancó debajo del escenario de La (2) de Apolo, con ellos situados al nivel del público y con una camisa colgada. Samples vocales, art noise, iniciativa experimental y una sensación de transgresión vacua. Hubo uso de guitarra, bajo, armónica, el auricular de un teléfono como objeto sonoro, mucho delay y distorsión y frases inteligibles pero sin una dirección demasiado definida. Pusieron color melódico en pequeñas dosis, pero su experimentación áspera fue una prueba de resistencia entre los asistentes con la que resultó difícil de sintonizar. Solo en la parte final ofrecieron una tregua a la densidad de la propuesta con bases pregrabadas más rítmicas, alentada por saltos y bailes que sirvieron para romper con la gelidez reinante. Eso sí, se agradece, y más en estos tiempos, su valentía por explorar formatos y propuestas musicales rompedoras y esquivas con lo pautado. Marc Muñoz

The Clothes: delirio experimental. Foto: Marina Tomàs
The Clothes: delirio experimental. Foto: Marina Tomàs

Yerai Cortés

Con su peculiar espectáculo basado en “POPULAR” (2026), el guitarrista alicantino abraza lo conceptual sin perder de vista la accesibilidad melódica y emocional de su cancionero. Sí, rehúye la ortodoxia flamenca, aunque se ve capaz de tontear con ella, pero no se deja seducir por la aventura experimental. Esto desemboca en un concierto colorido y equilibrado donde, mediante el constante reposicionamiento y flujo espacial sobre el escenario –de él y su instrumento, las luces, el bosquecillo que conforman las docenas de pies de micrófono y sus maravillosas palmeras mudadas de negro–, cada composición emerge como un nuevo retablo sensorial y visual. El museo que erige es arriesgado y, sin embargo, la experta y elegante estructuración escénico-musical lo aleja de posibles ínfulas casposas. Desde la inicial “TARANTA DE ALICANTE”, un ejercicio de descomunal sensibilidad contenida, hasta la conclusión por tangos con “LIRILI”, enérgico guateque percusivo, Yerai Cortés y sus seis acompañantes visitaron humores, cantes y aires de todo tipo ante el ensimismado público de la sala Apolo, que en más de una ocasión fue incapaz de contener viscerales aplausos. Hubo acción gracias al tribalismo malagueño de “GAZPACHUELO” o los sudores rumberos de “ROTO X TI” y ensoñación con la dupla farruquera formada “COMO DECÍAN LOS MAESTROS” y “LO DEJO TODO”, una fantasía intimista y épica a partes iguales. También espectros melancólicos de los ochenta en las fáciles de tararear “SULAO” y “PA NÁ”, e incluso unas risas gamberras con las traviesas alegrías de tablao “NI EN LOS PUERTOS ITALIANOS” y “NI EN LOS CAFÉS PARISINOS”. Aparte de la notable interpretación instrumental de Cortés, esperada a estas alturas, lo que quizá entusiasma más de esta propuesta es la simbiosis que logra establecer con las palmeras, cuyo dominio del compás es excelente. Así, piezas como “REBELÁ” se manifestaron como extendidos diálogos entre coros y esbozos guitarreros, culminando en ritmos adrenalínicos y rasgueo ametrallado. Es inevitable cierta sensación de teatralidad ensayada, pero es una rigidez bastante elástica que, por suerte, consigue conservar la apariencia de caos, sinceridad interpretativa y fiesta colectiva que permea el álbum. Xavier Gaillard

Yerai Cortés: cuadro flamenco. Foto: Sergi Paramès
Yerai Cortés: cuadro flamenco. Foto: Sergi Paramès
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