Lo avisó el director de Primavera Sound, Gabi Ruiz, en los días previos: lo de Cameron Winter en el Auditori Rockdelux lo íbamos a recordar en el histórico del festival. Y siendo justos, para desgracia de los que se quedaron a las puertas, que no fueron pocos, acertó. La expectación desmedida –el festival abrió a las cuatro de la tarde y a las cuatro y media el personal ya impedía la entrada de nuevos inquilinos en el Auditori– obedece a ese ímpetu indomable del “yo estuve ahí la primera vez que actuó en casa”... y encima en un formato de lo más excepcional. El señalado como nuevo mesías del rock estadounidense se presentó ante los tres mil asistentes con la única compañía de un piano de cola. Mismo formato con el que causó furor en el Carnegie Hall de Nueva York y que Paul Thomas Anderson y Benny Safdie captaron con sus cámaras. De espaldas al público, con solo haz de luz tenue y con una pizca de la irreverencia que se le presupone a su edad –recordemos que solo tiene 23 años–, Winter despedazó la idea de que lo suyo es un hype pasajero. Hay algo en su presencia, en su ejecución escénica y en su característica y afectada voz que desprende aura de clásico instantáneo. Probablemente ayude la seguridad validada por una legión de admiradores que, en la tarde de ayer, se mostraron respetuosos e inamovibles en sus butacas. Absortos por el set y por un cancionero en solitario –el de “Heavy Metal” (2024)– si no superior sí al nivel del que desplegaría poco después con Geese. Ahí quedó por ejemplo la incontestable “Love Takes Miles”, que abrió una rendija hacia los pastos transitados por la gran tradición cantautora de su huso horario: Bob Dylan, Dr. John, Randy Newman e incluso algún destello de Nina Simone. Más allá de un repertorio de instantánea asunción clásica, su virtuosismo se trasladó sobre la ejecución. Control dramático de los silencios, la incorporación de toses e incorrecciones para romper la solemnidad reinante, la expresividad que logró extraer de los arpegios con su instrumento, su teatralidad justa y ajustada, y por supuesto esa voz que responde con la misma eficiencia entre los registros más profundos como los más sensibles, como en “$0”. Cada uno de los presentes decidirá en qué parte de su memorabilia inscribe la velada de ayer. Lo que parece claro es que Cameron Winter no es un invitado pasajero. Ha venido para un trecho largo, como terminó de confirmar poco después en modalidad de banda bajo esa impetuosa lluvia que resaltaba su silueta –esta vez sí, de cara– como nuevo icono del rock. Marc Muñoz
Geese desató la tormenta en el escenario Occident del Primavera Sound, tras su abrumador y demoledor pase el día anterior en Para.lel 62 dentro de Primavera a la Ciutat. Y no solo por la lluvia y el viento que minutos después obligaron a cancelar varios de los principales conciertos de la noche, sino por su propio vendaval sonoro: caótico, convulso, furibundo, emotivo, casi impredecible… Totalmente Geese. La energía, como la lluvia, fueron in crescendo, desde el murmullo nasal de “Husband” a la primera explosión de “21:22”, con guiño a “Interstellar Overdrive” de Pink Floyd. Está claro que conocen los tropos y estructuras del rock tradicional, pero les gusta romperlos con desparpajo y espíritu de jam. Pueden sonar a Led Zeppelin, Radiohead, The Strokes, Television, Yeah Yeah Yeahs…, pero todo se retuerce imposibilitando el revival, como en un gesto de ansiedad fragmentada dado tanto al grito paranoico como al quiebre emotivo. Sacando partido a la maleable voz de barítono de Cameron Winter, quien pasa del falsete certero al desgarre destartalado, del spoken word ronco al reclamo feroz, disfrutaron de los cambios y contrastes, de la introspección confesional de “Au pays du cocaine” a la intensidad rítmica arrolladora de “Bow Down”; del blues virtuoso a la retroalimentación disonante. Mientras la lluvia arreciaba, el bajista Dominic DiGesu, el baterista Max Bassin y la guitarrista Emily Green ganaron contundencia, alternando vuelos hasta el cierre y subidón con “Taxes” y “Trinidad”, desgraciadamente recortada. En algunos momentos quizá prevaleció el caos, pero, con el manto de agua como telón de fondo, no importó: ellos, empapados, no pudieron lucir más estrellas de rock. Susana Funes
La agrupación lisboeta de rock experimental PAUS cumplió su promesa en el escenario Port: un último adiós, tras 18 años de trayectoria, con una procesión fúnebre envolvente, vibrante y curiosamente festiva. El trance percusivo de su característica “batería siamesa” dominó el escenario, articulándose con potentes líneas de bajo y texturas progresivas, creando atmósferas densas que fueron expandiéndose cargadas de psicodelia, eventuales vuelos celtas, aires de conjuro, dejes krautrock, math rock, metal progresivo… Con su álbum de despedida, “ENTERRO” (2026), como hilo conductor, se pasearon entre pasajes melódicos, con pocas pero certeras armonías vocales, y explosiones de rock instrumental más pesado y oscuro, como en la magnífica “Dia feliz” –furibunda y conmovedora– o “Dá a bola aos putos”, celebrando la muerte simbólica de la banda y su legado: “Nos vemos en la próxima vida”. Susana Funes
El músico de Igualada tuvo que lidiar con esas situaciones indeseables que generan los macroeventos: desplegar su música desde un enorme escenario como el Occidente a un reducido público que apenas empieza a acomodarse por la explanada del Fòrum. Sin embargo, salió airoso del lance. El catalán, adherido a sus bases pregrabadas, fue soltando ese sonido urbano armado por lo vivencial. A veces acercándose al rap de Agorazein, como en “Písale”. Otras más orientado hacia el trap estadounidense de Young Thug o Future, en la contundente “Alo”. Debajo de su fachada seria y hierática, también asoma un tipo que puede acoger un lado más sensible. Lo demostró en algún tema, pero especialmente con sus agradecimientos finales hacia los que acudimos a su encuentro. No fue una maratón, sino una carrera veloz en la que terminó situado en prometedoras posiciones. Marc Muñoz
El neosoul de Chicago llegó entre la lluvia al escenario Estrella Damm de la mano de Ravyn Lenae. Abrió con “Genius”, con un elegante vestido negro y plateado que realzaba su cabellera rojiza, y desplegó todo su magnetismo en una estructura metálica que remitía a los puentes y esqueletos de acero tan característicos de Chicago. Representante de la fértil escena neosoul de aquella ciudad y miembro del colectivo Zero Fatigue junto a Smino y Monte Booker, Lenae demostró la madurez artística que ya había mostrado en “HYPNOS” (2022). Sus canciones exploran los claroscuros de las relaciones: la atracción, la duda y la vulnerabilidad convertidas en delicadas piezas de neosoul. Su público, queer y entregado, tarareó cada canción. El momento de mayor euforia llegó con “Love Me Not”, recibida como un auténtico himno. También interpretó “Handle”, adelanto de “Blue Island”, su tercer álbum, que verá la luz el 7 de agosto. Bajo la lluvia, Lenae proyectó un extraño equilibrio entre fragilidad e intensidad y una presencia escénica hipnótica. Laia Marsal
El cielo está encapotado y nadie lo desencapotará, y ya es puta mala suerte que caiga el diluvio universal el primer día del Primavera Sound después de dos semanas viviendo en las calderas de Pedro Botero. Me voy a ver a las británicas The New Eves. Fascinantes ellas, parecían salidas de un culto pagano. Miembros de uno de esos colectivos que celebran el solsticio de verano bailando alrededor de los megalitos de Stonehenge. Y seguramente lo hagan. Sobre el escenario Port, el ritual de The New Eves consistió en elevarnos a un estado de tránsito con las canciones de su álbum de debut, “The New Eve Is Rising” (2025). Punk pastoral y folk indómito. Guitarras distorsionadas, bajos reiterativos, baterías de una simplicidad casi naíf al estilo Moe Tucker trasteando con flautas, violines y violonchelos. Entre The Velvet Underground con Nico y The Fall con parada en el krautrock. Deslavazadas, destartaladas, pero con un extraño magnetismo de aquelarre. “Vamos a tocar una nueva, a ver cómo nos sale”, dicen. Pues les salió bien, sonando todo lo pop que las nuevas evas, que se han comido todas las manzanas que les ha dado la gana y han escupido a la serpiente, pueden sonar. Pero para entonces ya todo el mundo marchó en desbandada hacia Geese. Sus dioses paganos nos castigaron y entonces, justo entonces, empezó a llover. Oriol Rodríguez