Cuando contacto con Rachid B (Asilah, 1976) para este artículo, su primera reacción es de sorpresa: “¡Menuda promoción estoy teniendo!”. Todavía no se lo cree. Ni lo esperaba ni lo buscaba. “Jamás imaginé que pudiera recibir esta atención. Estoy asombrado, la verdad. Cuando grababa el álbum, pensaba que la onda expansiva llegaría como mucho al bar Miguel Ángel (el que frecuenta con sus amigos), al metro de Hortaleza y a los cuatro melómanos del Club del Disco de mi barrio. Para mí eso ya era mucho y estaba feliz”, explica el cantautor, que ha aparcado su coche en una calle de Madrid para atender la llamada.
Para su sorpresa, “El Ghorba” (Discos Centeneros, 2025) se coló en las listas de los mejores discos españoles del año pasado, echándole un pulso a nada menos que “LUX” de Rosalía y algunas figuras consagradas como Sílvia Pérez Cruz y Salvador Sobral, Guitarricadelafuente, rusowsky, Rufus T. Firefly o Rocío Márquez. La cosa tiene mérito, porque se trata de una producción totalmente independiente, que grabó porque sus amigos le insistieron y se lo costearon y que, además, está cantada en darija, un dialecto árabe hablado en Marruecos “que aquí no entiende ni el tato”, subraya. Solo hicieron 200 vinilos.
Rachid Bahri llegó a Madrid a finales de 1999 para participar en un certamen artístico dedicado a su país y con la intención de exponer sus obras en algún otro espacio. Cuenta que en ese momento ya tenía una relación sentimental con la que actualmente es su mujer, que vivía en la capital, y decidió quedarse. Desde entonces, ambos viven en Hortaleza, el barrio cuyo espíritu comunitario y asociativo está estrechamente ligado a la gestación de este álbum. Asegura que él jamás se habría atrevido a grabarlo y publicarlo si no hubiese conocido a David Rodríguez (La Estrella de David, La Bien Querida, Beef), vecino de Hortaleza.
Ambos coincidieron en Danos Tiempo, una asociación que organiza actividades para niños donde los dos llevaban a sus hijos. Bahri no sabía que su nuevo amigo era músico ni había escuchado sus obras. Poco después, en una comida que este último organizó en su casa, Rachid comentó que había escrito algunas canciones. Rodríguez le instó a coger su guitarra y tocarlas. Le gustaron tanto que se ofreció a grabarlas. A continuación le pasó la maqueta a varios colegas del barrio que se movían entre el Club del Disco de Hortaleza y el Centro Social El Nido, una asociación sin ánimo de lucro que organiza conciertos bajo la fórmula de taquilla inversa.
Uno de ellos era Ignacio Garibaldi, que primero lo llevó a su programa de música en Radio Enlace –la emisora libre del distrito– y después convenció a otros dos amigos, Sergio Miera y César Dos Santos, para montar una pequeña discográfica, Discos Centeneros, con el único objetivo de que esas canciones vieran la luz. Pusieron 500 euros cada uno para prensar 200 copias del disco y las vendieron en un mes y medio. Tras recuperar su inversión, todos los beneficios fueron para Rachid. “Fue una idea muy bonita que tiene que ver con ese espíritu asociativo del barrio. Ellos me empujaron a hacer el disco y son los responsables de lo que está pasando. Por eso digo que no es un disco de Rachid B, sino de los cinco, y eso me emociona”, reconoce.
Hablamos de música que está en las antípodas de cualquier moda actual y de la forma de proceder de la industria, con los que Rachid B ha conquistado a una parte de la crítica musical del país, aunque hace apenas cuatro meses contaba con tan solo unas decenas de oyentes mensuales en Spotify. “El Ghorba” ha sido el mejor álbum del año para la web especializada ‘Hipersónica’, el tercero para el diario ‘ABC’ y el cuarto para ‘El Periódico’, apareciendo también en las listas de Rockdelux y ‘Muzikalia’. “No sé por qué hay gente que ha conectado con esta música cantada en un idioma tan lejano y ajeno como el darija”, insiste. “Era impensable. Intento averiguarlo y no encuentro una explicación… Ninguna. ¡Y luego está mi edad! Hacer un disco con 50 años y que retumbe por ahí tiene mérito”.
Grabado principalmente con guitarra acústica y voz, con los arreglos y la producción de Rodríguez, en el universo musical de Bahri conviven en perfecta armonía la influencia de los compositores marroquíes clásicos que escuchaba durante su infancia en Asilah, como Nass El Ghiwane –“que tiene un vozarrón increíble y unas letras brutales”–, Jil Jilala y otras grandes formaciones de música gnawa. También Lee “Scratch” Perry, Bob Marley, Cat Stevens, Pink Floyd, Georges Brassens, Georges Moustaki, Leonard Cohen o el mismo Serrat, “otro autor que también ha tratado el tema de la emigración en sus discos”, subraya el músico, que trabaja también como mediador social con refugiados en la Cruz Roja.
“El disco es nostálgico total”, reconoce. Según explica en las notas de Bandcamp, el título del álbum se refiere a “esa nostalgia profunda que siente el que emigra, esa sensación de habitar un espacio intermedio donde el corazón late entre dos tierras”. Casi todas las canciones giran alrededor de esta experiencia tan personal y, a la vez, universal: “Cuando visito Asilah después de mucho tiempo, siento que me he convertido en una especie de extranjero, que mis paisanos no me reconocen. Es muy frustrante, porque en España seré un inmigrante toda mi vida. Se nota en mis rasgos y la peña cree que acabo de llegar. Nunca me consideran de aquí. Es una movida, porque he perdido mi identidad en los dos sitios. Soy un extraño flotando entre dos tierras y, a nivel emocional, es demoledor”.
En “Thwahachtik”, por ejemplo, canta: “Oh madre, es insoportable estar sin ti”. En “Sadekki”: “El paso del tiempo no perdona, amigo / Aún me acuerdo de todo lo que hemos compartido: calles, alegrías y baños en el mar”. En “Khedma” recuerda que “de niño soñaba que había lugares justos y alegres, para todos los seres”, pero avisa a continuación: “No nos hemos venido al Ghorba / para quitaros vuestra riqueza / Nos basta con los demonios que llevamos dentro”. Y en “Baaid”, con ese ritmo cercano al reggae, advierte: “He dejado atrás un pasado, un mundo, mi país / Amigos, no cometáis el mismo error que yo / Intentad estar atentos para no convertiros en extraños”.
¿Alguna vez en este cuarto de siglo has pensado en regresar a Marruecos a vivir?, le planteamos. “Siempre quiero volver”, responde entre risas. “La idea de retorno es la enfermedad del inmigrante. Desde un punto estrictamente emocional, de no estar al lado de tus padres enfermos o no compartir los festejos familiares, el retorno siempre está ahí. Es una fantasía, un sueño que se repite y te raya todo el tiempo. ¿Qué pasa? Que cuando voy de visita a Asilah después de tantos años viviendo aquí, pienso: ‘¿Para qué voy a regresar si aquí ya solo me conocen cuatro personas? Es un sentimiento muy jodido’”. ∎