Sería realmente difícil, por no decir imposible, recordar todos los temas musicales que giran en torno al verano, pero, aun así, no espero equivocarme si afirmo que no se ha escrito pieza más hermosa sobre el estío que “Summertime” desde que en 1725 Vivaldi compusiera ‘El verano’ para sus archiconocidas “Cuatro estaciones”; y no me extrañaría lo más mínimo que tuviésemos que esperar dos siglos más para encontrar otra que le haga sombra. Con ella, George Gershwin (1898-1937) ya no solo es una cita obligada para los amantes del jazz y la música clásica, sino también para los del rock. O a ver si los momentos más sublimes de Sam Cooke, Gene Vincent o Janis Joplin no merecen este trato.
Nacida ya como un clásico de la ópera del siglo XX, no tardó en convertirse en el más popular de los estándares de su autor (“I Got The Rhythm”, “The Man I Love”, “Embraceable You”, etc.). A diferencia de otras composiciones suyas que ya beben más directamente del jazz, esta entra perfectamente en el tipo de melodías cuya proximidad con la dejadez repetitiva del blues y la nostalgia de un country recién desembarcado del Mayflower son más que simples influencias. Algo así como el famoso “Motherless Child”.
El 30 de septiembre de 1935, a solo dos años de su muerte a causa de una enfermedad cerebral, tuvo lugar en un teatro de Boston el estreno de lo que sería el cénit de su carrera, “Porgy And Bess”. Una ópera interpretada por negros cuyo origen se encuentra en la novela “Porgy”, de DuBose Heyward (1885-1940), natural de Charleston –lugar donde también se desarrolla la historia– y casado con Dorothy H., con la que coescribió la versión teatral de la obra, la base para la posterior ópera. Cuando Gershwin se decidió a adaptarla contó naturalmente con la ayuda de su hermano mayor Ira (1896-1983). Ya desde muy joven se había destacado como un distinguido poeta lírico y habían escrito juntos un gran número de obras musicales (“Girl Crazy”, “Funny Face”, “Lady Be Good”, etc.). La escenografía corrió a cargo del gran cineasta Rouben Mamoulian y la orquesta fue dirigida por Alexander Smallens, el mismo que la trajo a España veinte años después.
La última vez que se montó en Barcelona fue con motivo del Mundial Cultural de 1982. Una excelente representación, aunque tal vez algo empañada por el asfixiante calor que hacía aquel día. Si el Liceo ya es caluroso en invierno, aquel mes de julio las temperaturas sobrepasaron lo permisible, facilitando no obstante las cosas para ambientarse mucho mejor en Carolina del Sur. Es de noche, y en un destartalado callejón, una mujer arrulla a su niño con una canción de cuna; se trata de “Summertime”. Basándose en un pareado de la obra teatral (“Calla pequeño niño, no llores más / papá y mamá nacieron para morir”), esta fue la primera canción que Gershwin compuso para la ópera. Desde entonces pocas deben ser las sopranos negras que no la hayan incluido en su repertorio; desde una primera interpretación de Abbie Mitchell hasta Barbara Hendricks, Jessie Norman, Roberta Alexander, etc., etc.
A partir de ahí se contará una triste historia, en la cual el mendigo tullido Porgy conseguirá, gracias a unas accidentales circunstancias, el amor de Bess, mujer de mala reputación por la que siente auténtica adoración. Al final, después de haber matado por ella, un traficante de coca (tentación presente durante la obra) se la llevará, engañándola, a Nueva York, aunque él no perderá la esperanza de volver a encontrarla.
En 1959 Otto Preminger la llevó al cine acercándola al clásico musical americano.
Poco les importó a la gente del blues y el jazz todo el clasicismo formal que rodeaba a “Porgy And Bess”, y no tardaron en bajar a los clubes nocturnos “I Got Plenty O’ Nutiin’”, “Porgy” y, cómo no, “Summertime”. Ya en 1936 Billie Holiday hace una magnífica versión en la que, en vez de dar rienda suelta a todo el lirismo que su voz podría ofrecer, acelera el ritmo y le confiere un tono de vulgaridad completamente opuesto al virtuosismo con el que más tarde Sarah Vaughan transformaría la canción, acercándose así, por el camino opuesto, a su origen clásico. También mucho más cerca de la música clásica está el mano a mano que con “Summertime” hicieron nada más y nada menos que Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. Pero aquello fue una historia muy diferente; cuando Norman Granz se decidió a hacer un doble LP sobre la ópera se contentó solo con dos voces, pero ¡vaya voces! Su dúo tras el desgarrador solo de trompeta es de los que ponen la piel de gallina.
Pero no había bastante con pertenecer al mundo clásico, al del jazz, al del blues y al del góspel. “Summertime” tiene demasiada sangre en las venas para ser puesta en una estantería, y pronto reclamaría dentro del rock un lugar bastante más grande que el del toque maestro de un genio capaz de darle una nueva vida más. El mismo año que Davis y Evans, Gene Vincent la registró para su cuarto álbum, “Record Date”. Aquello era maravilloso. Manejando a su libre antojo tanto el texto como la melodía, le dio un tratamiento de rock’n’roll basado en el exotismo de una batería y haciendo de ella la banda sonora ideal para un acuartelamiento yanqui en el Caribe. Siguiendo las pautas de su ídolo, aunque de forma mucho más rockabillera, Dave Philips también la grabó veintitrés años más tarde.
Sam Cooke, siempre con un pie en el mundo del rock y otro en el de la canción melódica, hizo para todos los gustos. Por un lado, y de modo similar al de Vincent, la convirtió en una incitación a salir a la pista de baile, y por el otro hizo la, para mi gusto, mejor adaptación de la pieza; pues si ha existido algo realmente angelical sobre la tierra eso ha sido su voz, y nadie mejor que un ángel para cantar una nana. Sobre una calmada y sobria instrumentación la adaptación es de una serenidad indescriptible; al fondo un coro estremecedor, como un llanto, subraya la melodía a partir del “... don’t yo cry”. Como buenos alumnos, Al Green, Sam & Dave y Otis Redding hicieron su particular versión.
En pleno apogeo del pop inglés, The Walker Brothers la incluyeron en su segundo LP, “Portrait”. Con su habitual in crescendo orquestal, las voces de Scott y John lograron construir otro de sus perfectos melodramas sonoros.
Nadie le hubiese podido acusar de plagio si hubiesen cambiado la letra y firmado a su nombre el “Summertime” que en 1968 hicieron Big Brother And The Holding Company. Lo que tan increíblemente aullaba aquella voz, sobre un desenfreno guitarrístico totalmente ácido, era un auténtico sabotaje a la partitura original, aunque, paradójicamente, esta versión la reunía de nuevo con sus raíces. De este modo, el “Motherless Child” de Richie Havens y este atrevimiento sirvieron de motivo de identificación para una misma generación. Pero si Janis Joplin fue la prueba de que un blanco también puede darle feeling al blues, e incluso ser uno de los grandes, Ten Years After eran la otra cara de la moneda, y la versión que grabaron el mismo año termina por caer en una simple y aburrida exhibición instrumental. Once años más tarde, y olvidándose por completo de Gershwin, Iggy Pop incluiría el texto de la primera estrofa en un trozo de su tema “Girls”.
Dejando aparte calcos revivalistas, las versiones no son algo que se haya llevado demasiado estas dos últimas décadas, aunque “Summertime” sigue provocando algunas pero que muy agradables sorpresas. Los ex-Specials Fun Boy Three la incluyeron en su repertorio en un maxi publicado en 1982: recuperando el ambiente tropical que le imprimió Vincent, unos juegos de voces y un violín casi tan celestial como la voz de Cooke y navegando sobre fondo rítmico afro bordeando la música disco.
Pero para juegos vocales los de Flying Pickets. Precursores inmediatos de la moda a capela, nos devuelven el saber hacer de los grupos vocales en una adaptación que ocupa la cara B de su conocida revisión del “Only You” de Yazoo. Frente a la bella aunque poco original versión del terrible Barry Manilow (con la presencia de Stan Getz) en un disco recientemente aparecido solo apto para aspirantes a yuppies fans de “Absolute Beginners”, los neoyorquinos Don King, antiguos componentes de MARS (grupo perteneciente al underground de finales de los setenta y que nada tienen que ver con los del “Pump Up The Volume”), cuentan con una inquietante lectura del tema en la que la melodía, ejecutada por una trompeta, se abre camino entre extraños ruidos sobre un fondo minimal. No se ha registrado en disco, pero se encuentra en una excelente casete editada en España titulada “Don King On The Mediterranean”.
Sé que quedan muchísimas versiones que ni tan siquiera he citado, pero aunque tuviera espacio para hablar de todas, dudo que me fuera posible conocerlas. ∎