En San Sebastián, su ciudad de acogida. Foto: Juan G. Andrés
En San Sebastián, su ciudad de acogida. Foto: Juan G. Andrés

Concierto

Zach Bryan, ese honesto amigo americano

Como si partiera de casa, Zach Bryan decidió iniciar ayer su tour europeo en San Sebastián, único punto peninsular antes de adentrarse en el continente, y la ciudad en la que se casó la pasada Nochevieja. Sin llegar a las dimensiones maratonianas de su mentor Bruce Springsteen, el muchacho criado en Oklahoma desplegó con honestidad su notable repertorio en dos horas y cuarto de country-rock contagioso, emocionante, de abrazo colectivo.

Era el colofón perfecto para esa historia de amor, con la ciudad y con su actual esposa, Samantha Leonard, que empezó cuando se conocieron en las fiestas de San Fermín en Pamplona en julio de 2025, continuó cuando vieron a Bruce Springsteen en el estadio de Anoeta el pasado verano –“uno de los días más bonitos de mi vida”, dijo ayer Zach Bryan en escena– y culminó cuando fletaron un avión desde Estados Unidos con más de cien invitados para celebrar su boda en la donostiarra Basílica de Santa María el último día del año pasado. La clave está en que, aunque su nueva esposa es californiana, su suegra es de San Sebastián.

No era baladí toda esta historia que nos dejó a los locales entre sorprendidos y regocijados hace unos meses: anoche la enorme banda de Bryan, una veintena de músicos, desfiló hacia el escenario mientras sonaba por los altavoces “Born In The USA” de Springsteen; y el protagonista de la velada integró una y otra vez el doble nombre de Donostia-San Sebastián en sus saludos, en sus parlamentos y en las propias letras de las canciones. Quería demostrar que se encontraba como en casa en su ciudad de acogida, no paró de dar las gracias “por tenernos aquí”. Y como todo lo que hace y dice este muchacho sobre el escenario, resultó honesto y convincente.

Otra sorpresa en estos trepidantes meses, al menos para quien esto firma, ha sido comprobar que Zach Bryan esté ya al nivel de llenar un recinto de 11.000 espectadores como Donostia Arena-Illumbe, y con precios de entradas nada baratos. Bien es verdad que había llegado mucha gente de otros lugares, y con un sorprendente porcentaje de estadounidenses, pero se confirma que el culto a Zach Bryan que ya había alcanzado grandes dimensiones en su país va calando por aquí. Y su actitud y su espectáculo están a la altura.

Sentida convicción. Foto: Juan G. Andrés
Sentida convicción. Foto: Juan G. Andrés

Concebido el concierto como un minifestival en el que primero se combinan diversos teloneros en función de las ciudades, en San Sebastián hubo media hora con el agradable folk intimista y en solitario con su guitarra española de Keenan O’Meara, y tres cuartos de hora de sólida actuación en formación de septeto de Ben Howard y su pop-folk multicolor y sensible. Ambos se perdían un poco en el exceso de eco que tiene el local y hacían presagiar un mal sonido, pero no, con Zach Bryan todo se volvió mucho más claro y potente y sonó razonablemente bien.

Como en la etapa estadounidense del tour, aunque gusta de cambiar un poco el repertorio cada noche, Bryan comenzó con “Overtime” y “Open The Gate”, dos verdaderas declaraciones de principios melódicas y anímicas: canciones de raíz country y ritmo comunitario que empujan a los estribillos coreables y expansivos aunque, como se demuestra también en el resto del repertorio, las letras no son de gancho fácil y repetición de un lema. Es el infalible manejo de las tradiciones de su país y del legado de sus mentores, empezando por Springsteen, lo que hace de las composiciones de Zach Bryan artefactos infalibles para levantar la vitalidad y la motivación del espectador, siempre con el punto justo de épica y de melancolía.

Hay otro detalle: Zach, con su aspecto de marine amable, pone esa cara de buen chico, esa sonrisa quedona y esa mirada de estar sintiendo realmente cada frase, y la credibilidad de sus canciones sube muchos enteros. Las pantallas laterales se encargan de reforzar esos valores con continuos primeros planos. Sin más trucos ni parafernalias, sin recurrir demasiado a los cánticos del público, creando empatía instantánea con su actitud honesta, entregada y agradecida, con un escenario alimentado por la calidad humana y no por la tecnología (apenas unas curiosas lámparas que suben y bajan como atrezo), Bryan tiene todo lo que necesita para convencer, además de una voz potente y dúctil. No pretende ser un Springsteen: su tendencia es más pop en cuanto a la estructura clásica y el estribillo amigable, pero se curra las letras y transmite pasión y convencimiento. Tampoco recurre a las declaraciones políticas, aunque deja muy claro de qué lado está en su conflictivo país.

Raíz country. Foto: Juan G. Andrés
Raíz country. Foto: Juan G. Andrés

La preciosa melodía de viento al inicio de “Appetite” dio pie a fijarse en el sexteto de saxos, trombones y trompetas a la izquierda del escenario, para familiarizarse con toda esa troupe que iba moviéndose por el escenario, cambiando posiciones e incluso instrumentos, adquiriendo diversos protagonismos según el momento, aunque funciona como banda unitaria, sin estrellatos. Tras “Say Why” hubo otro guiño al Boss y a la ciudad con una versión de “Atlantic City” a toda banda que puso en primer plano al cuarteto de cuerda de mujeres, que tocaban de pie y bailaban cuando les apetecía.

“Dawns” comenzó solo con acústica, pero Zach desató todo el soul de su voz, que no es poco. “Heavy Eyes” fue uno de los picos bailables de violín y banjo, con ese músico, Read Connolly, en traje-pijama de geometrías imposibles que también llamó la atención tocando una acústica en posición horizontal y una steel guitar tradicional. Más fiddle, baile y coreo hubo en “Motorcycle Drive By”, que había presentado contando “hoy he estado en la playa con mi esposa”, y luego metió una de sus morcillas en la letra cuando al “she’s my baby” le añadió “she lives in San Sebastián”, si entendimos bien con el reverberante sonido, para regocijo, una vez más, del público. Los guiños continuaron en pantalla: durante “Slicked Back” se proyectaron imágenes de su boda donostiarra y de la fiesta posterior; antes se le había visto filmado en el San Fermín del enamoramiento.

También bordó la balada sentimental con violín en “Something In The Orange” y no fue el único momento en el que se le vieron los ojos llorosos. Alternando entre sus pantagruélicos álbumes –del último, “With Heaven On Top” (2026), hizo media docena de temas–, se iban sucediendo los estribillos que el público conocía bien con sus alambicadas letras: “Dry Deserts”, “Pink Skies”, “Oklahoma Smokeshow”… A veces surge la sensación de que Bryan repite esquemas y melodías similares, pero pronto se disipa el déjà vu, porque su convicción da sentido a cada una de ellas, y porque surgen cosas tan sencillas y encantadoras como “Aeroplane” y ya solo es cuestión de dejarse llevar, sobre todo cuando el autor se divierte, hasta casi confundirse en la letra, al cantar aquí versos como “I’ve been to Oklahoma, I ain’t never been to Spain” y “and I’m on an aeroplane bound for Spain tonight”.

Fiesta compartida. Foto: Juan G. Andrés
Fiesta compartida. Foto: Juan G. Andrés

Por fin tuvo cierto protagonismo el piano en “Tourniquet”, y también se echaba de menos la presencia de las guitarras eléctricas que, aunque había dos, además de la que se colgaba de vez en cuando un Zach más volcado en la acústica, hacían más base que solos, por lo que no termina de escorar nunca el show hacia el rock’n’roll. Pero sí hacia la épica colectiva, afortunadamente controlada, y basada más que nada en el contagio de las melodías, en el tramo final con “Burn, Burn, Burn”, “East Side Of Sorrow”, la más reposada “Runny Eggs” (en la que se sumó Keenan O’Meara con su guitarra y Zach tocó la armónica) y esa “American Nights” de infalible energía springsteeniana.

Con “I Remember Everything”, en la que tuvo protagonismo una de las tres voces femeninas de la banda y un “te quiero, te quiero, te quiero” lanzado a pleno pulmón al público por Bryan, se retiraron antes del bis que ya se ha hecho tradicional: un “Revival” convertido en quince minutos de fiesta en el que el estribillo coreado una y otra vez por toda la banda y el público se alterna con solos de cada uno de los músicos imaginativamente presentados por Bryan, no como una aburrida retahíla, sino como una coreografía en crescendo, exultante y colectiva. Este boss de nueva generación más asequible tiene maneras propias. ∎

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