e apetecía ver en cine la última de Batman, pero entre desplazamiento a la sala, anuncios y tráileres previos, película en sí y vuelta a casa, me sale lo equivalente a media jornada laboral. No estoy en contra de las pelis largas. “Uno de los nuestros”, “JFK” o “Quién lo impide” podrían durar ocho horas más y no tendría queja, todo lo contrario. Pero un padre de familia como yo tiene complicado combinar su afición a ver cine en sala con la vida en general. Si me pasa con las películas de hora y media, ya con las de metraje extenso la conciliación es imposible. La de cine-vida, digo. La otra conciliación, la estándar, también.
No es que vaya poco el cine, voy muchísimo, pero ya no veo las películas que veía hace seis años. He cambiado radicalmente de género predilecto. Antes veía casi todo lo que se estrenaba y podía hacer una lista de lo mejor de la temporada sin muchos títulos que se me despistaran. Mi afición no ha disminuido, pero hace seis años me convertí en padre y me he hecho experto en un único tipo de cine: animación infantil. Lo he visto, veo y veré todo. Todo lo que se estrena. Pero también la pandemia ha cambiado lo que veo y cómo lo veo. Durante los meses posteriores al confinamiento, las películas de animación de los estudios más célebres (Disney, Pixar, Dreamworks…) iban directamente a plataforma sin pasar por sala. Sin embargo, eso no significaba que no hubiera estrenos infantiles. Los había y allá que íbamos mi hijo y yo a todos, pero eran películas de animación de otra división. De una división inferior. Muy inferior.
No es que haya llegado a ver en cine “Ratatoing” –un exploit de la película del ratón cocinero Ratatouille que cambia París por Río de Janeiro y la elegancia visual de Brad Bird por una calidad gráfica que cabe en un CD-ROM–, pero sí me he tragado otros remakes encubiertos y muy baratos. ¿Por qué íbamos a ver “El jinete del dragón”? Es una peli alemana de dibujos que saquea sin piedad “Cómo entrenar a tu dragón”. De hecho, hay chistes en la película acerca de que es un plagio descarado. Íbamos porque nos gusta ir al cine y no proyectaban otra cosa. Algunos estrenos se retrasaron por miedo a no recaudar lo suficiente. “Soul” o “Luca” se estrenaron directamente en la tele. De hecho, todo Pixar se ha estrenado en plataforma desde que empezó la pandemia. Ahí nos quitan a mi hijo y a mí un buen plan: ir al cine a ver una película de animación con ciertos estándares de calidad visual y de guion. Si no, acabamos viendo una peli rusa con leones o pandas parlantes y que no tiene misericordia a la hora de rapiñar material del guion de “Madagascar”.
Muchas veces, durante la desescalada, estábamos solos en el cine. Tengo tantas fotos de mi hijo solo en una sala de cine que podría montar una exposición fotográfica titulada “Mi hijo solo en una sala de cine”. Cosa que era normal por muchos motivos, pero que también tenía que ver con la calidad de lo que íbamos a ver. Por supuesto que se hace animación europea o asiática espectacular, pero no estrenaban esas, no. O lo hacían con cuentagotas. Además, a mi hijo no le interesa mucho el rollo arty que destilan algunas películas de animación más sofisticadas. A él le gusta lo básico, lo bruto, lo directo. Recuerdo que fuimos a ver una película espantosa sobre unos gnomos que cocinaban. Cuando salimos de la proyección y le pregunté a mi hijo si le había gustado, me respondió: “Sí, porque hacen pasteles”. Aunque no sería justo con el criterio cinematográfico de mi vástago si dijera que le gustan las películas malas. Muchas veces, con la película a medias, nos hemos mirado y hemos acordado levantarnos e ir hacia la salida. Muchas veces ha sido porque mi hijo se estaba meando, pero también nos hemos salido del cine porque aquello que pasaba en pantalla nos aburría soberanamente.
Este viraje obligado de mi asistencia al cine para ver pelis infantiles ha hecho que vaya a ver menos cine del normal (iba a decir cine adulto, pero sonaría a otra cosa). Por eso, si hay un estreno que me apetece y veo que dura menos de 90 minutos, mi alma se llena de gozo. Si dura 72 minutos y es una obra maestra como “Petite maman”, de Céline Sciamma, la felicidad es completa. Los padres con poco tiempo para ir al cine normal y mucho tiempo para ver películas de animación finlandesas apreciamos la brevedad en la duración de las primeras. Las segundas suelen ser cortas. Su presupuesto no les permite nunca superar los 80 minutos. ∎