veces, cuando ha bebido demasiado, le da por ponerse el uniforme de cartero. La frase “por los viejos tiempos” es la que lo empuja primero a llenar el vaso y luego a disfrazarse. Esos días se pasea por el Grimsby Salvation Army, el hostal caritativo para mendigos y caídos en desgracia en el que duerme desde hace casi quince años. Al resto de hospedados ni le extraña. Seguro que por allí ha pasado gente que se creía Wellington, o Napoleón, o George Best. Algo así le pasó a Maradona en un centro de rehabilitación: cuando él dijo que era Maradona nadie lo creyó. Pero el caso es que Alan Smethurst, porque así se llama este hombre de 66 años, sí fue cartero en su día. El cartero más conocido de Inglaterra. El Cartero Cantante. Y, aún hay más, aunque el resto lo tome a risa: durante unos meses, fue más grande que los Beatles.
El Cartero Cantante vuelve a su habitación, deja la gorra de plato en el camastro y saca una guitarra trotadísima del armario. Hoy es 15 de enero de 1994, así que piensa en tocar aquella canción que le dedicó a este mes. Le cuesta remontar la vida tanto como a todos nos cuesta la cuesta de enero. Pero no puede: sus dedos, desde hace un tiempo y por culpa de esta maldita artritis, son como ramas nudosas, rígidas y retorcidas de regaliz. Así que busca el mismo remedio de siempre: el whisky. Justo cuando se lleva el vaso a los labios, a esa boca llena de dientes caóticos, lo avisan de que lo llaman al teléfono. Aún conserva el regusto del primer sorbo en ese paladar en ruinas cuando del otro lado de la línea le dicen: “Vamos a usar tu canción para un anuncio de Ovaltine. Sí, la marca de cacao. Te pagaremos 2.000 libras. ¿Te parece bien?”. La primera buena noticia en años: no sabe si beber otra cosa para celebrarlo.
La canción que le acaba de salvar unos meses es “Have You Got A Light, Boy?”. Una canción que no solo triunfó (llegó a vender más copias que The Beatles y The Rolling Stones, ¡al menos en Norfolk!), sino que se convirtió en un chascarrillo en la sociedad británica de mediados de los años sesenta. Cuando dominaba el mundo esa nueva aristocracia pop llena de pavos reales y esmerados seguidores de la moda, The Singing Postman se hizo famoso cantando tonadas de folk más antiguo que los pubs con adornos de jaeces y jarras de peltre. Lo hacía siempre con acento cerrado de Norfolk, su región, y vestido de cartero. No era un disfraz arty, es que él era cartero. Un caballero del Servicio Postal Británico. Como luego lo sería Vic Godard, sí. Veía la vida desde las calles que transitaba cada día. En la portada de uno de sus discos aparece a lomos de una bici destartalada que casi boga entre charcos. Y sonríe. Con esa sonrisa en la boca. Una sonrisa que es de reír para no llorar, con una boca llena de dientes mal puestos, como de hiena que necesita ortodoncia, de piano bombardeado, de alguien que clava al tuntún palillos en una patata. Qué pena sonreír así. Pinta de patoso esbirro de Hitler en peli de humor sobre la Segunda Guerra Mundial. La culpa fue de sus amigos del colegio, años antes de los bombardeos nazis: solían jugar a subirse en caballos al galope. Él se cayó, claro: paró el golpe con la boca. En esa época lo llamaban Smelly. El apestoso. En ellos también pensó cuando se hizo famoso, famoso por un tiempo.
Más adelante, y durante muchos años, cada día completaba su ruta postal y al principio solo tocaba en su habitación. Cantaba, como un trovador, de lo que veía. Y lo que veía eran colmados con mala comida procesada y días libres de trabajadores en el río y, ojo, lo que hoy recuerda, rebajas en enero. Un día declaró en una entrevista:“Yo no quería tocar para nadie. Ni siquiera en un pub. Ya tenía un abridor de botellas en casa”.
Pero lo hizo: primero en pubs y en reuniones de clubes sociales. Luego salió en radios locales. Más adelante, en nacionales. Cuando se quiso dar cuenta lo había fichado EMI, aparecía en “Top Of The Pops” y giraba por todo el país. El pánico a la gente. Smelly no quiere tocar hoy. Así que mejor beber: primero cervezas y luego whisky. Quizá Inglaterra descubría el LSD, pero él prefería esto otro para calmarse. “Una especie de satirista folk algo empollón y melancólico”, dijo de él un periodista de ‘The Guardian’. Quizá tuviera razón. En poco tiempo, nadie se acordaba de él. Su alcoholismo cada vez más severo lo dejaría a las puertas de este hostal de una organización benéfica para que durmiera allí el resto de sus días.
Pero hoy, este día de principios de 1994, ha recibido por fin una buena noticia. Y se ha acordado de esa canción sobre una de las grandes tradiciones de su país: las rebajas de inicio de años. Quizá en la radio suena “Creep”, y quizá le parece la basura más grande que ha escuchado jamás. No conecta con lo de “soy un raro”. Una canción muy deprimente, nada que ver con las suyas. Él sigue tarareando “January Sales”. No es tan fácil encontrar canciones sobre este mes. Y cuando las encuentras, normalmente son para criticarlo o para desear estar en otro lugar y momento del año. Enero es como ese pueblo pequeño y árido que solo sale en las noticias cuando hay un triple asesinato, un pueblo del que te acuerdas cuando te has ido. Enero, caga y vete, aunque no rime. Tomemos la más bonita sobre este mes. El título lo dice todo: “June In January”. Dean Martin se hace el enamorado, afirma que los copos de nieve son flores blancas y que está tan enamorado (vete a saber) de la chica que es como si fuera Junio en Enero. Mega City Four cantan que su vida apesta y las navidades han quedado atrás y que la espera hasta verano se hará eterna: las hojas de su almanaque son pesadas como ladrillos. Hasta Shakira canta que en enero te conoció, pero el caso es que añade que lo hizo “con la luna en mi nariz”, así que quizá recuerde mal y eso sucediera en otro mes.
Pero El Cartero Cantante, espera un minuto, Mr. Postman, sí lo hizo. The Singing Postman se inventó “January Sales”. Alguien capaz de cantarle a enero merece un aplauso y un brindis. Ahora nadie lo recuerda ya a él y de hecho la canción no se encuentra en internet, así que ni uno ni otra existen. Pero lo que importa es que él le cantó a la gente que en enero va a las rebajas y espera horas antes a la cola como en los conciertos de las estrellas del pop. Todos esos que quizá recibieron en Navidad un regalo con un “Vale por…” para canjear cuando fuera más barato. Ese tipo de gente, la suya. Gente que, si fuera un mes, sería enero. ∎