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Firma invitada / Acordes híbridos

Delicadeza y rabia

R

ezo a varios dioses del inframundo por esto: para convertir la rabia en creación y que así no destile esa amargura que se mezcla con la sangre y que sube hasta la boca como un sabor imposible de escupir. Convertir la rabia en otra cosa es aprender a vivir. Y saber vivir es un talento que se puede practicar. Charlotte Andergast, la exitosa y atormentada concertista de piano interpretada por Ingrid Bergman en “Sonata de otoño” (1978), de Ingmar Bergman, dice que por la noche, cuando está despierta porque no puede dormir, se pregunta si ha vivido. “Y me pregunto si le pasa lo mismo a todo el mundo o hay gente que tiene más talento para vivir que otra”. Talento. Para vivir.

Un verano, en la piscina, un chico mayor que yo empezó a hacerle a mi hermana una ahogadilla. Lo vi y me tiré a por él. Le arañé toda la espalda, así lo recuerdo. Yo tendría 11, 12 años. Todavía pienso en aquello con furia. Y hay una vena que palpita en el cuello, la mandíbula se vuelve piedra. Muchos años más tarde, escribí esta frase en una novela: “La rabia. La rabia a veces me ahoga como si me creciera hiedra en la garganta”.

Por rabia se han escrito buenas canciones y buenas novelas y poemas como los de Anne Sexton. Así dice “La furia de los ojos odiosos”: “Me gustaría enterrar / a todos los ojos que odian / bajo la arena en algún lugar / del Atlántico Norte y asfixiarlos / con la espantosa arena”.

La rabia no es lo mismo que el odio. Pero si no se acrisola y se transforma en otra cosa puede convertirse en él. Asusta la perfección que puede alcanzar el odio, lo estamos viendo en Gaza, con tantas muertes –crímenes– que ojalá no se borren de los ojos de los que odian. Ni de los nuestros. El odio es más perfecto que el amor. Odiar es fácil. Es una bola de acero que se echa a rodar. El amor siempre es más difícil.

Lorrie Moore es una escritora que sabe que el amor es difícil y tenebroso. Lorrie Moore es una escritora que sabe que escribir sobre el amor es una forma de acercarse a la muerte. Por eso puede crear a una hija que, mientras conduce deprisa por carreteras vacías, piensa en su padre, se imagina a su padre “hace mucho tiempo, por la noche, separando tranquilamente las piernas de mi madre con la indiferencia mecánica de quien abre un armario”. Y a una mujer que rompe con su amante y dice lo siguiente: “El amor se te escurre, se lleva consigo una buena parte del azúcar de tu sangre y del agua de tu peso. Eres como una casa que va perdiendo poco a poco la electricidad, los ventiladores se van parando, las luces se amortiguan y parpadean, los relojes se paran, andan y se paran”.

Tengo a veces la sensación de traficar con citas que son como sustancias prohibidas que alguien con ojos turbulentos me ha pasado en el fondo de un callejón.

En este mundo de amores amargos, de cuerpos amortajados, de cascotes, de espinas y mala baba, florecen cosas buenas. Agarrarse a ellas es saber vivir. Oíste, Charlotte Andergast, digo que tomar esas flores en las manos es practicar el talento de vivir. Hace unos meses, en el Teatro Bergidum de Ponferrada, estuve en un concierto glorioso de Andrea Motis y de Marco Mezquida. Un repertorio en inglés, portugués, catalán, castellano y alemán que fue desde estándares como “These Foolish Things” hasta “In Stiller Nacht”, de Brahms. Hacía mucho que no me emocionaba tanto. En el cuerpo de jilguero de Andrea Motis hay dos pulmones mágicos. En Marco Mezquida, unos dedos arrancados al milagro. Además de brillante, Mezquida es divertido, y nos hizo reír con su humor crudo cuando contó la historia de Chico, su gato paracaidista, que prefiero no desvelar porque es mejor escuchársela a él.

Andrea Motis floreció en la Sant Andreu Jazz Band, esa banda-escuela que Joan Chamorro, jardinero de talentos, tiene en Barcelona. Un lugar frondoso, bien regado y abonado, que está dando frutos excelentes, maravillosas músicas y músicos. “Los niños necesitan referencias que les hagan felices porque, según qué cosas, no les hacen felices”, dice Joan Chamorro en “A Film About Kids And Music” (2012), un documental de Ramon Tort en el que se descubre un poco del día a día de la Sant Andreu Jazz Band. En el largometraje se ven algunas actuaciones de una Andrea Motis adolescente. En la Sant Andreu Jazz Band enseñan esto: música y felicidad, música y juego, música y un cuerpo que se alimenta de ella y se pone a bailar.

Andrea Motis tiene una voz de mar sereno y profundo. Cuando toca la trompeta o el saxo, se levantan olas en ese mar. Y Marco Mezquida es como un tacto misterioso sobre la piel, un viento que acaricia la nuca. Durante el concierto, Motis y Mezquida fueron una respiración y un piano iluminados en un espacio negro y vacío, en un escenario hecho de cosas que no se tocan. Luces,  humo, sombras. Amor. También.

El concierto acabó con todo el teatro en pie y con la sensación de que habíamos estado elevados sobre el suelo unos centímetros. La delicadeza. Eso fue.

La delicadeza es una fortaleza que el mundo necesita. Que yo necesito para no ahogarme en la rabia. ∎

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