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Firma invitada / escribiendo…

Los duelos, al cementerio

Las relaciones que de verdad importan nunca terminan sin más. Tienen peso específico y una poderosa fuerza gravitatoria, que tira hacia abajo y puede llegar a hundirnos, por mucho que insistamos en negar su existencia. Paula Reyes, cincuenta por ciento del dúo Pipiolas, ha tenido que aprender a gestionar este tipo de duelos sentimentales como mero ejercicio de supervivencia, porque los llevaba fatal.

U

na vez dije adiós y nunca más volví a decir hola.

La última página de los libros, el colgar del teléfono o el hecho de que todas las películas tengan que tener un final me han adoctrinado en un sentido determinante al decir adiós. Drástico, categórico, imperante. Así es como lo percibo, tanto o igual a como lo soy yo misma.

Hablo del adiós como decisión y no como mero nombre. Y, por supuesto, con una consecuencia. La vida me gusta así, con estelas de las que no se puede huir. El eco de un adiós puedes ser tú mismx o puede serlo el de enfrente. En otras palabras, ¿prefieres dejar o que te dejen?

Adriana y yo siempre discutimos al respecto. Ella, como representación del síndrome de la cuidadora, dice que dejar a alguien que se quiere es lo más duro del mundo. Que cargar con la posibilidad de ser causante de su dolor podría hacer que nunca más se pudiese mirar a un espejo. Yo, sin embargo, le digo que tanto no lo querrías. Puede que mi cinismo me impida verlo de otra forma. Seamos realistas, ¿quién querría ser el dejado? ¿Quién preferiría estar en el lado de la recepción de la hostia?

Hay un monstruo despiadado que si dices su nombre tres veces mirando al espejo aparece y te mata. Su nombre es “El Rechazo”. Yo tengo pesadillas con él y en alguna ocasión me ha enviado al hospital. Puedo lidiar con la idea de hacer daño porque seguramente la culpa no fuese mía, pero no tengo ni la mínima idea de dónde colocar que la decisión de alguien me excluya de poder tomar la mía. No quiero ser la primera rebanada de pan Bimbo.

He pasado mucho tiempo buscando un lugar de abandono a todos los duelos que se me acumulan. Algo tenía que hacer con ellos. Al principio iba dejándoles quedarse donde cayesen muertos, intentaba ignorarlos, continuaba andando. Llegó un momento en que había tantos que entre todos me estaban asfixiando. Habían ocupado tanto territorio de mi cuerpo que casi podía llamarles Israel. Fui al médico, me dijo:

– Sufres de proliferación de duelos, tienes cáncer de duelo.

Así que los enterré en un cementerio.

Una ruptura, seamos claras, es un peñazo. Es como un muerto, literalmente. ¿Qué se hace con un cuerpo al que aún se quiere pero que no para de pudrirse? Es como si, además del dolor que provocan, valiese dinero hacerse cargo de ellos. En el mundo de los vivos los duelos valen tiempo. Una ruptura es carísima, porque mientras las supero se me va la vida. Es más cara incluso que el amor romántico.

Y, además, también son un lastre. Mis duelos pesan más que la mochila ROXY que colgaba de un solo hombro (cool) en segundo de la ESO. Dentro, todos los libros, el archivador, los cuadernos, otras cosas. Pero estamos todxs igual. Cuando haces match con alguien lo haces sin saber qué hay dentro de la suya. Luego quedáis y, entonces, viene con ella.

He tenido citas en donde la persona se presenta a sí mismx a partir de sus exparejas. “Estoy en un momento vital complicado, hace ocho meses que lo dejé con mi pareja, solíamos hacer estas cosas, dejé de hacerlas”.

Quedamos a cenar, hablamos lo justo y siempre somos interrumpidxs por todos los fantasmas, quienes vienen con muchas ganas de opinar. ¿Lo peor? Que ellos no pagan la cuenta.

Por eso odio con todo mi ser las primeras citas. Porque son la primera consulta con el psicólogo.

A mayor edad, mayores historias. Asumamos que somos ya demasiado mayores para la genuidad posible, para las primeras veces, para ser especial. Configuramos nuestra personalidad con lo que nos va quedando, nos reconstruimos a partir de las vísceras que nos dejan, de las experiencias que compartimos, de las cosas que se aprendieron a hacer, las que nos gustaron y las que supimos al probarlas que no nos gustarían más. En todo ello siempre habrá un nombre con apellido que iremos omitiendo con el tiempo para dejar de compartirlo. ¿Es egoísmo? Yo digo que es supervivencia.

¿Cómo me presento al otro sin nombrar a quienes se llevaron partes de mí? A medida que crezco me doy cuenta de que yo sí creo a Melinda Gordon. Claro que estabas entre fantasmas, todas lo estamos. Yo veo los espíritus del pasado de la persona que me besa, veo su dolor colocado en espacios que nunca podré habitar yo, veo de qué huyen y en qué me parezco, veo el retuit de las cosas que ya se dijeron antes; sobre todo veo la sombra de recuerdos que no son conmigo. Y ante eso, digo: “Está bien, yo también tengo lo mismo”.

He entendido los duelos como el acto de poner flores a una tumba que se visita de vez en cuando. Y es un acto personal y solitario. Durante un tiempo puse mis emociones en pausa esperando a que lo que me dolía dejase de doler y así poder continuar con mi vida. De uno en uno, pasando pantallas. Pero lo único que conseguí así fue tener FOMO de la gente feliz.

El día que me permita volverme a enamorar voy a comprar flores, a pesar de que me den alergia, para dárselas a mi pareja cuando vaya a su cementerio. No sé qué cara tendrá esa persona, ni si será un hombre o una mujer (ojalá, mi madre sería muy feliz); pero lo que sé por seguro es que será alguien con personas a las que irá a visitar de vez en cuando mientras se esté visitando a sí mismx.

Yo acompañaré hasta la puerta de ese cementerio suyo y después me iré al mío.

Sé bien que hay personas que me siguen viniendo a visitar. A ellxs les diré: “Jódete, que estoy viva”. ∎

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