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Firma invitada / Canciones

Nací en Alamo

Pedro G. Romero, Firma Invitada en Rockdelux, recuerda en este amplio artículo a Tony Gatlif, cineasta gitano de origen argelino que falleció el pasado 2 de septiembre. Partiendo de “Nací en Alamo”, una de las canciones incluidas en su película “Vengo”, de inesperado origen rebético, Romero reflexiona sobre una trayectoria fílmica que abarca medio siglo y orbita en torno a la cultura romaní.

Cantando. Se ha ido Tony Gatlif (1948-2026) y lo ha hecho cantando. Es importante entender que su cine gitano se basa en una unidad poética, la canción. Una canción que no necesariamente es musical. La concepción de las imágenes, su entrelazamiento, tiene la estructura de una copla. Su pasión por el flamenco no viene solo del lado gitano, de su feeling, de la folclorización a que la cultura gitana lo ha sometido. En el flamenco la canción toma formas extremas, se naturaliza como sonido. Se confunde con el rumor del agua de un río o con el viento soplando en un bosque. Esa es la extremaunción que el flamenco otorga a cada canción, siempre primera, siempre última. La forma en que extiende la letra, el sonido entrelazado con el rumor del mundo, lo difuso palatal, la plasticidad continua lo que se significa. Es una maravilla cómo letras que hablan de cosas distintas se enredan unas a otras en una misma canción que a la postre cambia estos significados, los resemantiza mucho más allá de la bobería semiótica del encanto pop. La canción, la copla flamenca, es una mercadería sencilla, un juego de baratijas, conchas o semillas que se intercambia. A veces, cuando se pone trágica, parecería que se está fraguando en el horno de una herrería o a martillazos, sobre el duro yunque de un taller o una metalistería. Pero nunca tiene carácter financiero, no hay crédito ni pide una fe ciega como los estribillos de un estándar o una balada rock. Hay una naturalización, ya digo, un sonido que se asemeja a lo animal. Hoy sabemos que los perros o los caballos han sofisticado sus ladridos o relinchos después de siglos de mutua domesticación con los humanos. Algo de esa operación, de remontar la brecha entre naturaleza y cultura, tiene la copla flamenca. Gatlif lo sabía y lo ponía en las imágenes de su cine, muchas veces oníricas pero sin sueño. Irracionales pero fuertemente ancladas a lo terrenal.

A finales de los años noventa, durante el rodaje de “Vengo” (2000), Tony pergeñó una canción, a la postre himno señero con el que cerrar el filme, que está hecha del mismo material que sus películas. En la frontera entre España y Portugal donde rodaba había una pequeña localidad, Álamo, que despertó todo tipo de connotaciones. En “Camelamos naquerar”, una obra del grupo de Teatro Gitano-Andaluz de Mario Maya y José Heredia Maya, se daban canciones así, coplillas flamencas como epifanías, algo propio de los himnos de las viejas tragedias griegas. Tony Gatlif sabía que a los gitanos en la península ibérica se les empezó llamando gringos o griegos, porque ese era su lugar de procedencia, el llamado Egipto Menor que todavía se extiende entre Anatolia y el archipiélago de islas griegas. Esa épica, por ejemplo, es una de las distinciones que se permite el flamenco con respecto a la lírica provenzal, las jarchas arábigo-judías o las jotillas del folclore meridional. En esa épica se enredó la canción griega “Balamos” de Dionysis Tsaknis, muy popular en su país, especialmente en la voz de Eleni Vitali. Es un tema de finales de los años ochenta que tiene flotando elementos de rebético pero que no puede considerarse una canción de ese género. Pero no nos enredemos con ese tema como le pasa al historiador de “La bola negra”, aquí no estamos en un péplum ni en cine histórico de ningún tipo. “To tragoudi ton gyfton”, algo así como “La canción de los gitanos”, es un tema de autor tan certero y popular que se enredan sobre él sombras rebéticas, incluso sefarditas, hasta el punto de que se ha rastreado su génesis en los viejos cancioneros ladinos que los judeo-españoles llevaron a Grecia. Rosa Eskenazi, la cantante sefardita que suena en “La bola negra” –para entendernos– con temas de los años treinta y cuarenta del siglo XX, es quizá la mayor representante de esta expresión. “Balamos”, la palabra que resuena en su estribillo, significa, en la variante de la lengua romaní extendida por Grecia, “gachó, payo, no gitano”. En el sentido original viene a decir algo así como “vete de aquí, payo / déjame en paz, payo”. Pero a Gatlif “Balamos” se le enredó con el Álamo. La letrilla que fue construyendo durante el rodaje de “Vengo” decía así: “Nací en Alamo”, es mejor forzar el acento, como si fuéramos extranjeros, y decir “Alamó”. “Nací en Alamo / No tengo lugar y no tengo paisaje / yo no tengo patria”. Pensemos en el alcance de estas palabras que vienen de ese “payo, déjame en paz” de “Balamos”. Y prosigue: “Con mis dedos hago el fuego y con mi corazón te canto / las cuerdas de mi corazón lloran / sí, nací en Alamo, nací en Alamo”. Son estas palabras, estas frases, las que se van dando en distintas combinaciones a lo largo de todo el tema. Alguna vez Gatlif explicó que esa episteme romaní, gitana para el flamenco de los españoles, esas evocaciones nómadas y apátridas querían, paradójicamente, convertirse en una suerte de El Álamo, como en la película de John Wayne, donde un grupo de tejanos resiste, heroicos y suicidas, a las tropas del general Santa Anna y sus mercenarios franceses. The Álamo, es un mito construido sobre la guerra colonial mexicano-estadounidense que se conoce por la Independencia de Texas. El Álamo quedó como un mito de resistencia a ultranza, como “La última carga” (Tony Richardson, 1968) o “El séptimo de caballería” (Joseph H. Lewis, 1956), esos mitos de la derrota gloriosa que tanto gustan a la soldadesca y a Guy Debord, por cierto. Esa era la intención primera de Gatlif, hacer un himno que convirtiera el nomadismo en andarríos gitano, en una operación de resistencia.

La copla fue grabada por una cantaora gitana impresionante, Remedios Silva Pisa, a la que su familia le impidió una carrera profesional. Los arreglos son del guitarrista gitano Emilio Caracafé y también toca con él Ramón Quilate; los dos formaban entonces un grupo llamado Gritos de Guerra. Caracafé es un gitano de las 3000 Viviendas de Sevilla, de origen portugués, que participa de diversas formas en el filme de Gatlif. ¡Qué grande el solo de guitarra de Emilio en este tema! Los vientos son una aportación de Fawzy Hafiz, que con Qenawi Bakhit Qenawi y Ramadan Atta Mohammed eran miembros de Les Musiciens du Nil (Los gitanos del Nilo), un grupo de doms egipción –no son exactamente romaníes, gitanos, pero tienen lazos comunes– que ya habían colaborado con Gatlif en “Latcho Drom” (1993) y que en “Vengo” tienen una potente introducción musical con la guitarra de Tomatito. Caracafé me recuerda las pipas de opio que se fumaban durante el rodaje de esta película. “Ese humo del opio impregnó toda la película, impregnó también nuestra canción”. Ya saben que “Vengo” fue una grabación incierta, sin un guion previo cerrado y que finalmente fue David Trueba el encargado en darle más o menos coherencia a esta maravillosa película, a esta maravillosa colección de canciones.

Pero la cosa, la cosa con el significado, no termina ahí. La versión de Remedios Pisa y Caracafé lleva a Gatlif a darle un sentido último al tema. Remedios dice: “Nací en Alamo”, y con ese acento agudo característico, lo que oímos es “nací en el amor”. ¿No es una maravilla que “El Álamo” se transforme en “el amor”? El amor como acto de resistencia suicida. En la traducción subtitulada del tema al francés, Gatlif opta por esta traducción de Álamo, “el amor”. Todo es un poco loco. “No se trata de juegos de palabras, sino de la vida. La vida es así. Maravillosa. No es absurda, es que no cabe en nuestras palabras, en nuestro lenguaje, en nuestras imágenes. No se trata de surrealismo. Yo soy un cineasta realista. La vida es así. No lo vemos siempre pero así es. El Álamo es el amor. Eso es lo que yo quería decir con esta canción. Eso es lo que yo quería decir con mi cine”. Tony Gatlif me soltaba estas palabras en casa de Tony Guerrero en Arlés, la ciudad que lo acogió cuando emigró desde Argelia. Gatlif me quería mostrar “Ange” (2025), su última película, a la postre testamentaria. Una maravilla de película. Se presentaba en Cannes y quería que yo le escribiera unas palabras para esa puesta de largo del que iba a ser su último filme en vida. Se intuía esa despedida. “Ange” es un filme final, de esos que José Val del Omar llamaba “sin fin”.

Es grande el último filme de Gatlif. Extenso e intenso como el propio Tony. Grande en un sentido no mayestático, no pomposo, no imponente. Grande como la vida, ese sucedido de tiempos que abarca muchas cosas, ese flujo denso y generoso de aconteceres. Grande como “el amor”, no como “El Álamo”. “Ange”, la película, todo su metraje, eso es Tony Gatlif. Nos equivocábamos si identificamos a Tony con el protagonista; Gatlif es también Soleá y es también Marco, otros personajes del filme. Todo “Ange” es Gatlif. Esta película, los viajes territoriales y sentimentales pasan sobre la corteza de la vieja Europa pero también en el interior de la cabeza de Tony Gatlif. Es su geografía, psicogeografía donde las haya. Guy Debord –que le había producido a Tony la película “Les princes” en 1983– decía que todo lo que sabía sobre las ciudades lo había aprendido de unos salvajes de la Cabilia. Admitamos el mundo que podemos aprender con el cine gitano de Gatlif. Tony no era de ningún lugar, de ninguna parte. Gitano. Kabil. Argelino. Andaluz. ¡”Ange” es otra de sus maravillas!

Ya digo, lo de menos es la novela familiar, las aventurillas personales que en la película se narran. Tony es la historia completa, una historia siempre escrita en minúsculas, cuentos y narraciones. Pero hay algo muy verdadero y bello en el filme, ese intercambio entre los afectos dañados y la intensidad con que la música se dispone a compensarnos. A muchos de los que nos dedicamos a esto de la música con una afición inexplicable, esta película también nos retrata. La musa y el ángel cazando al duende. El amor convertido en El Álamo.

En ese sentido, este filme tiene algo de road movie crepuscular. Si en “Gadjo Dilo” (1997) su protagonista acababa enterrando en la tierra, valga la redundancia, una de las cintas de audio que había motivado su viaje, aquí desenterrar se convierte en la lógica de archivo. Hay generosidad infinita y derroche a raudales en todo el cine de Gatlif, y aquí se hace literal. A lo largo del filme se producen diferentes desenterramientos, desde la escena primera que convoca a esto: archivar no es guardar, atesorar o custodiar, sino regalar la dádiva, el potlatch como gesto primordial de la vida. El archivo es, sobre todo, una devolución. Ese proceso, ese enterrar y desenterrar canciones, melodías, sonidos. Eso es lo que hace Gatlif con “Nací en Alamo”, así la compone.

Es fabulosa la escena de “Ange” con las mariposas. Las mariposas se disponen a bailar por alegrías, por tanguillos, por bulerías flamencas. Hay una famosa canción, “Un cuento para mi niño”, de Lole y Manuel –¡una canción muy cinematográfica que ha sonado en el cine de Carlos Saura, de Carla Simón o de Gonzalo García Pelayo!–, grandes músicos gitanos flamencos que como Gatlif proceden del norte de África –Lole de Orán y Manuel de Ceuta–, en la que se canta la tristeza de la mariposa que es atrapada por un coleccionista que la “llevó a un museo de breves bellezas muertas”. Pues bien, “Ange” predica lo contrario, suerte de devolución a la vida de todas las mariposas de colección. Me decía Tony, con complicidad: “Eso no lo pueden entender los payos. Los gitanos llegan, sí, cogen el folclore de cualquier sitio. Música y canciones de ese lugar. Mariposas muertas a las que vuelven a dar vida. Eso es la música gitana. Eso es lo que me interesa de los gitanos en la música. Te acuerdas del ‘Alamó’. Eso era la canción”.

Pasa también con el dinero, muy flamenca aquí la relación con el dinero de Gatlif, que a lo largo de “Ange” se encuentra una y otra vez escondido en la ropa, en extraños escondites de la caravana y también, como las mariposas, volando por el cielo, caído del cielo como el maná. Sabemos que alguien despreció ese dinero tirándolo por la ventana, un dinero destinado a pagar a unos músicos, pero no importa. Hacer circular el dinero, derrocharlo, esa es la relación con el dinero de toda una vida. Una teoría económica como otra cualquiera. “Les princes”, su película de 1983, empezaba de manera impactante. Un niño pequeño, de apenas un año o dos, se comía un montón de dólares sentado en un charco de barro. Era una imagen alegórica fuerte, impresionante. Para el niño el dinero es una chuchería, una fruslería, una golosina. ¿Cómo ser capaz de hacer una vida sin que el dinero no se convierta, literalmente, en el fetiche que sustituya a la vida? ¡Ah! La música, parece ser la respuesta de Gatlif, ¡la música gitana!

Peter Szendy ha escrito mucho sobre ese tema, el dinero y la música. Pero Gatlif lleva años solucionando la ecuación: ¡Moneditas de chocolate! Y lo espeta así: la música gitana, ¡eso es la vida!. ¡La música gitana! Es fabuloso cómo se cuenta en esta película. Una música táctil, orgánica, corporal. Una música que se toca. El gesto de tocar. La película lo repite una y mil veces, con mil imágenes. Hay una escena conclusiva. El acordeón que no suena, respira. Y no solo respira, ¡baila! La música flamenca –en “Ange” hay un viaje del revés, al contrario de otros filmes de Gatlif; empezamos esta vez con el flamenco y nos vamos cada vez más hacía las músicas de los gitanos del este de Europa– es siempre coreografía. El cuerpo, así, deviene instrumento musical. La música es siempre un baile del cuerpo. Cuando se canta, las cuerdas vocales bailan. El filme es, maravillosamente, eso mismo. Sin solución de continuidad, las imágenes traducen los sonidos y estos el tacto, el contacto de los cuerpos. No hay una brecha sino una continuidad entre la visión, el oído y el tacto; eso explica bien todo el cine de Tony Gatlif. En “Vengo” había una escena sublime en la que Bobote escuchaba cómo una vieja encina crujía por seguiriya y el gitano se ponía a cantar a su compás. Ese panteísmo se extiende por todo el metraje de “Ange”, es un poema a la naturaleza, a los ríos, a los árboles, al viento, a las tormentas, a la niebla, al bosque y al llano. Es un canto a los caminos que son las marcas de los tránsitos del hombre cantando esa misma naturaleza. Todo lleva a su himno: nací en Alamo, nací en alamó, nací en el amor.

Joaquim Jordà, el director de cine catalán, traduce Dziga Vertov, el apodo del famoso cineasta ruso, no solo como “peonza que gira” sino también como una expresión del viejo ucranio que diría algo así como “gitano que da vueltas”. El cine-ojo de Gatlif no se entrega a las ciudades, sino a la naturaleza misma. “Ange” es un poema visual del interior de Tony Gatlif, un interior con largos pinares, lagos entre montañas y crestas de flores extendidas en los prados. Y es un canto a lo gitano, claro. Gatlif es mucho más que un cineasta gitano, es un cineasta que ha querido hacer un cine gitano, más allá de cuestiones étnicas, un cine flamenco que diríamos en España. Lo “gitano”, usemos la palabra española para Rrom, en un sentido muy adjetivo, asumiendo muchas connotaciones que muchas veces se han usado de forma despectivas e hirientes contra los propios gitanos. Lo “gitano” así, como forma-de-vida, en el sentido filosófico de la palabra y no solo como expresión de unas razas, de un pueblo, de una forma cultural determinada.

Es maravilloso el final de este filme, ya digo, crepuscular. “Ange”. “El futuro no es gitano”, me escribe Tony Gatlif. Entonces la vida aparece, desaparece, reaparece, pero ¡todo a la vez! Nada de vida, muerte y resurrección. Los gitanos no pueden esperar a la resurrección, esta tiene que llegar antes, a la misma vez que la muerte. El goce de vivir incluso a las puertas de la muerte. La alegría de vivir como resurrección. No sabemos si Marco, al que Ange y Soleá encuentran al final del filme, está esperando la muerte, incluso si está muerto ya. Lo que sabemos es que ese momento postrero se celebra con una fiesta, bailando, riendo, estirando el cuerpo con las mandíbulas batientes de la risa. Eso es la música gitana, el momento en que coinciden pasado, presente y futuro en un mismo momento, que no sabremos nunca dónde está –¡ah!, ¡la capacidad del cine de disolver el tiempo!–, pero que sabemos es un momento de euforia, de alegría. Hasta la melancolía se ríe cuando es gitana, verdaderamente gitana.

En Andalucía decimos así, “ánge” para decir “ángel”. Gatlif se identifica. “Una película con mucho ‘ánge’, eso es lo que quería hacer”. Nací en Alamó, nací en el amor. No se equivoquen ustedes. Esto es lo que quería hacer. Un homenaje grande a Tony Gatlif. Un homenaje sin centro, como a él le gustaba, peonza dando vueltas. Sus películas son grandes. Son cosas verdaderas. Ni historia del cine, ni cine histórico. Un cine gitano de verdad. ¡Tony, que estés en el cielo, entre los ángeles! ∎

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