Siempre he defendido que hacer una serie de comedia es infinitamente más difícil que una dramática. Mientras que el drama suele apoyarse en emociones universales como el dolor, la pérdida o la redención, el humor es mucho más delicado porque es profundamente generacional y cultural. Lo que resulta gracioso para un grupo puede ser incomprensible o incluso ofensivo para otro. Por eso, crear comedia implica asumir un riesgo constante: arriesgarse a no conectar, a que los chistes caigan planos o a que el tono no resuene en la audiencia. Esa necesidad de sintonizar con un público específico hace que la comedia sea un terreno resbaladizo, donde cada línea y cada gesto cuentan más que en casi cualquier otro género. Precisamente por esto seré indulgente: “Adults” (2025-) no es una mala serie, pero tampoco una serie excelente. Eso sí, compararla con “Friends” (David Crane y Marta Kauffman, 1994-2004), tal y como se ha hecho, resulta no solo ridículo, sino también profundamente injusto. En todo caso, podríamos decir que “Adults” es una versión ligeramente descafeinada –y actualizada– de “New Girl” (Elizabeth Meriwether, 2011-2018). No hay una Jess inigualable, pero sí se intuye entre líneas un posible Schmidt o a una Cece. La diferencia principal: mientras en “New Girl” los protagonistas lograban pagar el alquiler de un precioso loft industrial en un edificio adaptado, en “Adults” los personajes viven en la casa de la infancia de uno de los protagonistas, Samir (Malik Elassal), aprovechando que sus padres están fuera. De ahí lo de “actualización”, aunque también lo es por otras razones: dos de los tres personajes masculinos son queer, y donde “New Girl” optaba por un cameo de Megan Fox, los creadores Ben Kronengold y Rebecca Shaw eligen a Julia Fox –con cejas decoloradas incluidas– en una declaración de principios centennial: no una figura de belleza convencional, sino un icono cultural que encarna lo raro, lo disruptivo y lo auténticamente pos-glamur de su generación. Porque, como canta Charli XCX en “360”, “I’m everywhere, I’m so Julia”, en referencia a Julia Fox. Y, como en “Girl, So Confusing”, hay códigos que solo se entienden desde dentro de cierta sensibilidad. Pocas personas captaron del todo la polémica con Lorde, del mismo modo que pocos comprenden que esta serie no busca agradar, sino retratar un caos emocional compartido, lleno de contradicciones y vergüenza generacional. Dudo, sin embargo, que su humor conecte con un público mucho más amplio. No es algo negativo, pero no todo el mundo empatizará con las desgracias de este grupo tan específico de amigos: tener que trabajar de repartidor, aprender a arreglar una caldera viendo vídeos en YouTube o enfrentarse a la crudeza de vivir en Nueva York con un salario mediocre.