Hace unas semanas, mientras charlábamos de nuestras cosas y de nuestros libros, un amigo se lamentaba sobre cómo la autoficción se ha llevado por delante la ficción de toda la vida. Y tenía razón: ya no solo presuponemos que toda ficción es autoficción, sino que reclamamos que así sea. Exigimos autenticidad y honestidad como si aquello de “escribe sobre lo que conoces” fuera la única forma de hacer literatura a día de hoy. Como si, durante siglos, los autores más memorables no hubieran hecho de la escritura precisamente una herramienta para explorar todas aquellas vidas a las que nunca tuvieron acceso. Así que es comprensible que aquella conversación acabara con ambos echando de menos todas aquellas novelas que no hablaban de mundos conocidos, de la realidad de nuestro vecino de enfrente, sino de existencias más esquivas y lejanas.
Curiosamente, poco después de aquella conversación caí hasta las trancas en la lectura de “Nuestras veladas” (“Our Evenings”, 2024; Anagrama, 2026; traducción de Gemma Rovira), la nueva novela de Alan Hollinghurst (Stroud, Gloucestershire, 1954), ya editada en nuestro país. Y, mucho más que probablemente, fue una lectura que disfruté de forma colosal porque me hizo rencontrar el placer por una prosa literaria que no pretende forzar la cercanía por la vía del realismo cotidiano, sino que se apoya en exuberantes descripciones repletas de figuras retóricas con las que construir en la cabeza del lector una colección de paisajes más grandes que la vida misma.
La de Hollinghurst es literatura clásica, de esa que te invita a vivir dentro de los paisajes y pasajes de la vida de David Win, un protagonista que no podría ser más ajeno a la realidad del escritor y a la tuya propia: actor de la escena teatral alternativa británica reputado pero no famoso por su condición de mestizo (madre inglesa, padre birmano ausente), un hándicap que consigue hacer jugar a su favor en una segunda mitad del siglo XX marcada por un racismo sistémico e institucional. “Nuestras veladas” se introduce de lleno en ambientes y lugares que no parecen ser los propios de Hollinghurst: la mansión de los mecenas (pura plutocracia británica) que apadrinan a Dave con su beca escolar, el instituto en el que el protagonista empieza a sentirse diferente porque así lo tratan los demás, el pueblecito en el que su madre se establecerá en pareja junto a otra mujer, el campus de Oxford en el que Win se enamora por vez primera de otro hombre (heterosexual) y donde decide abandonar los estudios para perseguir una carrera como actor…
Puede que todos estos paisajes y pasajes se vean teñidos por dos de las constantes de la literatura de Hollinghurst: el costumbrismo británico y el culteranismo maricón del siglo pasado. Pero lo conocido por el autor se sublima por la vía de su exploración de lo desconocido: la estructura psicológica de un actor, tan bien representada desde una adolescencia en la que David empieza a vivir pensando cómo explicará lo que está viviendo delante de sus compañeros, su primer público. En comparación, puede que el único pasaje en que el escritor se apoye en su propia biografía sea el bellísimo retrato de un sereno amor tardío y maduro que le llega a Win en la última etapa de su vida, cuando ya está despidiéndose de los seres queridos, que empiezan a caer como moscas a su alrededor.
El segundo collejón que “Nuestras veladas” propina a la literatura actual tiene que ver con esa necesidad contemporánea de explicarlo absolutamente todo, de dárselo todo bien mascadito al lector, no vaya a ser que se quede con dudas o que entienda algo de una manera diferente a la pretendida por el autor. Hollinghurst establece un delicioso y diabólico juego entre las descripciones exuberantes y las omisiones que solo pueden ser comprendidas extrapolando el contexto. Ya no es solo que la novela se vea puenteada por grandes saltos temporales que hacen que el lector tenga que ubicarse buscando señales en el texto, es que hay cosas que nunca se dicen en voz alta porque así ocurre en la vida real. Hasta avanzado el primer tramo del libro, por ejemplo, no te das cuenta de que Dave es una persona racializada y, de hecho, lo adviertes por comentarios sutiles y maliciosos que hace la gente a su alrededor. Por cómo lo tratan. Porque así funciona la asunción de la diferencia propia: nunca está presente en tu discurso mental hasta que lo introducen los otros, especialmente en una infancia en la que los demás parecen tener más claro que tú mismo quién y qué eres.
Hollinghurst aplica este pudor a otros aspectos del libro, ya sea la sexualidad del propio Dave o el lesbianismo de su madre, del que esta nunca habla en voz alta igual que no habla del padre de su hijo o de su pasado en Birmania. Los amores que vive el protagonista nunca se enuncian, sino que se infieren por lo vivido, ya sea en la sutilidad del primer crush de Dave con un profesor o en la intensidad de su primer amor homosexual con Nick, el compañero heterosexual de Oxford que no le corresponde después de una noche de amor hippy bajo las estrellas que está escrita de forma gloriosa. Por no explicar, el autor no explica muchos de los grandes misterios del libro, que se quedan sin resolver. Ahí está ese chisme sobre el benefactor de Dave que un invitado corta a la mitad en una conversación para nunca más revelarlo al completo. Y ahí está también el propio padre del protagonista, que bien podría haber sido un espía tal y como sugiere de forma velada la pareja de la madre.
Todo esto entronca profundamente con la gran jugarreta de Hollinghurst en “Nuestras veladas”, la jugarreta que ha hecho que muchas reseñas hablen de esta como “una novela sobre el Brexit”. Una jugarreta con nombre propio: Gilles Hadlow, que en las primeras páginas del libro ya queda retratado como el gran arquitecto del Brexit antes de que el tiempo literario viaje hasta la infancia de David. Este dato arroja una luz diferente sobre todas las interacciones del protagonista con el hijo de sus benefactores y lo dibuja como una presencia intermitente, casi fantasmal, que entra y sale de su vida adulta. Todo el mundo le pregunta cómo era Gilles de pequeño, buscando el origen del mal. Pero Win prefiere hacerse el ciego y el sordo, como si no fuera con él, porque en verdad no tiene la clave para explicar ese origen: simplemente, Gilles siempre fue un ser humano de mierda tendente a tratar mal a los demás y a hacer de su privilegio un arma para cavar más todavía la zanja que le separe de aquellos a los que considera inferiores.
Pero entonces llega el doble retruécano final de “Nuestras veladas”. Porque, al final de todo, Hollinghurst revela que siempre estuvimos leyendo la autobiografía escrita por el propio David en su vejez. Una autobiografía en la que el personaje admite haber magnificado los recuerdos de infancia y juventud porque eso es lo que hacemos todos a medida que nos hacemos mayores. Y esto convierte este manuscrito en un dulce juego de espejos: una novela que reivindica la alta literatura clásica lejana a la actual autoficción, pero que finalmente se viste con el colorido disfraz de la autobiografía ficcionada.
No solo eso. Sin caer en espóilers innecesarios, el final de “Nuestras veladas” empuja la existencia de David Win hacia una tragedia causada por un brote de racismo anónimo y escalofriante. Una tragedia con la que Hollinghurst sí que habla del Brexit, claro, pero habla más todavía del peligro de hacernos los ciegos y los sordos ante discursos peligrosos como el de Gilles porque no van con nosotros, porque mejor no darles un altavoz, porque seguro que no son para tanto… hasta que te explotan en la cara. O, como decía aquel mítico tuit reconvertido en meme: “Nunca pensé que los leopardos me comerían la cara”, sollozaba una mujer que votó por el Partido de los Leopardos que se comen la cara de las personas. ∎