Libro

Alan Parks

Cualquiera puede morir en junioTusquets, 2025

Bienvenidos, una vez más al Glasgow negro y criminal de Alan Parks, reverso prosaico y hormigonado del Edimburgo embrujado de Ian Rankin y ciudad sin ley, no hablemos ya de moral, que sigue amparando una de las mejores sagas delincuenciales de la actualidad. Hablamos, claro, de la serie de novelas protagonizadas por el siempre maltrecho y torturado Harry McCoy, detective macerado en whisky y cerveza que sigue librando su particular guerra contra las tinieblas.

Dicho así, lo cierto es que suena a thriller manido y manoseado noir de bostezo infinito, pero no va por ahí la cosa. Nada de eso. Porque, como ya ocurría con las cinco entregas anteriores, “Cualquiera puede morir en junio” (“To Die In June”, 2023; Tusquets, 2025; traducción de Juan Trejo) funciona como un tiro: ritmo espídico, tensión hercúlea, un crío desaparecido y un reguero de vagabundos alcohólicos envenenados con un destilado letal. Verano en Glasgow, sofoco generalizado y fiesta grande en los bajos fondos de la novela negra. Una nueva ración, en fin, de dilemas morales y entuertos existenciales para engordar la compleja personalidad de un McCoy embarcado en su particular odisea a lo largo y ancho de los trepidantes años setenta. Nadie lo espera en casa –su novia, herencia de la anterior “Un mayo funesto” (2022), aparece más bien poco–, pero eso no quiere decir que pueda ahorrarse el viaje.

Dando por hecho que lo más aburrido de las mejores novelas negras suele ser la parte puramente detectivesca y policial, Parks apenas disimula que los casos a investigar son aquí meras excusa para apretarle las tuercas a su protagonista, ponerle contra las cuerdas y enfrentarlo con denuedo a todos sus demonios. Quien busque intriga la hallará, y con creces, mientras McCoy y su compañero Wattie deambulan por las calles plomizas y cenicientas de Glasgow tropezando con cadáveres, rastreando el pasado de intrigantes comunidades religiosas y recogiendo los pedazos rotos de la maltrecha morralla weggie.

El premio gordo, sin embargo, es para un McCoy enfrentado al trágico espejo de su padre, un sintecho aficionado a castigarse el hígado, y cada vez más dividido entre su particularísimo (y maleable) código moral y su fidelidad de juventud a un Stevie Cooper cada vez más crecido en su papel de capo del hampa local. La disyuntiva ética, una de las constantes de la serie, cobra aún mayor importancia cuando McCoy recibe el encargo de infiltrarse en un gang de policías corruptos para investigar desde dentro la podredumbre del sistema.

La sabiduría, anuncia Parks por boca de Esquilo en el epígrafe de la novela, llega a través del sufrimiento, y si de algo anda sobrado aquí McCoy es de penurias, con terribles evocaciones de infancia con los curas haciendo de las suyas y un futuro que empieza a pintar, como mínimo, complicado. Hay un psicópata esperando la ocasión para matarme, mi compañero ha empezado a entender que soy imbécil y que puede hacer el trabajo sin mí, mi novia es más rica que Dios y mi amigo, a este ritmo, acabará dirigiendo todo el hampa de Glasgow en cuestión de cinco años. ¿Y yo? Solo soy un borracho”, declama nuestro hombre durante una incómoda visita al cementerio.

Lo que le espera solo Parks lo sabe, pero mucho tendrían que cambiar las cosas para que McCoy apure el calendario de una sola pieza. De momento, el escritor escocés se ha tomado el respiro y ha viajado aún más lejos, Segunda Guerra Mundial y alrededores, para firmar con “Gunner” (2025) la primera entrega de una nueva serie protagonizada por un exdetective que regresa a Glasgow tras resultar herido en el frente francés, así que la espera se intuye un poco más larga. En cualquier caso, nos vemos en julio. ∎

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