Serie

Black Rabbit

Zach Baylin & Kate Susman(miniserie, Netflix)
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En la familia se ensaya, desde temprano, la imposibilidad del exilio. No hay distancia suficiente, ni mudanza, ni silencio que borre el eco de lo aprendido. “Black Rabbit” (2025) parece construida sobre esa certeza: la de que toda fuga es circular, y que aquello de lo que intentamos escapar –el amor, la culpa– siempre se las apaña para encontrarnos. Jude Law y Jason Bateman interpretan a Jake y Vince Friedkin, dos hermanos incapaces de dejar de orbitarse mutuamente, incluso cuando la cercanía amenaza con destruirlos. La serie, creada por Zach Baylin y Kate Susman, parte de ese vínculo como si fuera una grieta: un restaurante convertido en símbolo de éxito y, al mismo tiempo, de ruina. El Black Rabbit del título, un gastropub raruno con estética de club neoyorquino que recuerda a lugares como el polémico Spotted Pig, intenta ser un refugio frente al pasado, pero lo que ofrece es otra forma de encierro.

No es que la serie esté mal construida –hay oficio en su puesta en escena, precisión en el montaje y un gran etalonador tras cada plano–, pero “Black Rabbit” incurre en un error demasiado frecuente: confundir la densidad con la profundidad. La acumulación de temas –la adicción, el fracaso, la culpa heredada, la ambición– se superpone hasta saturar el relato. En lugar de una sinfonía moral, lo que emerge es un ruido constante, una especie de eco de otras obras mejores. En más de un momento tuve la sensación de haberla visto ya, aunque no supiera dónde (probablemente en cualquier serie cuya marca de fábrica sea un hombre roto que no sabe cocinar su propia redención). Confieso que, tras el primer episodio, dudé si continuar. No por aburrimiento, sino por un agotamiento moral: esa impresión de que el guion avanza sin sorpresa, empujado por el deber de parecer importante. La historia se adivina antes de ser contada; los giros, previsibles; las conversaciones, un catálogo de frases dichas con demasiada solemnidad para lo poco que revelan. La narrativa se arrastra, atrapada entre el thriller y el melodrama, entre el retrato psicológico y la fábula moral.

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Y, sin embargo, sería injusto negar el magnetismo de sus actores. Law y Bateman se sostienen mutuamente con un talento que parece la única fuerza vital de la serie. En sus gestos hay una intimidad reconocible: la del hermano que ya no soportas pero cuya ausencia te desarma; “Succession” (Jesse Armstrong, 2018-2023), esta va por ti. Desde ese momento, la serie se instala en un ciclo previsible: Vince vuelve a cometer errores y Jake se ve obligado a remediarlos, una y otra vez, en un bucle que recuerda, con humor involuntario, al momento en “Succession” cuando Roman mira a su pequeño cohete explotar prematuramente en el aire. Es en esos instantes donde “Black Rabbit” parece recordar lo que podría haber sido: un estudio sutil sobre la dependencia emocional, la masculinidad y el deseo de limpiar la propia biografía. Pero cada vez que se acerca a esa posibilidad, el relato retrocede hacia la convención del crimen, hacia los clichés del “negocio familiar” y las deudas con el pasado: Attento, fratello… qui si rispetta solo la famiglia. La mezcla entre restaurante de lujo y mundo criminal –esa especie de fine dining con pistolas– nunca termina de encontrar su tono. Es una combinación que pide ironía o tragedia, pero la serie opta por una solemnidad que aplasta cualquier ambigüedad. Hay escenas bellas, sí, pero no hay aire. Ni ritmo. Ni espacio para el espectador. Todo se mueve entre la penumbra, la culpa y el sudor del esfuerzo interpretativo. Quizá lo que más me irrita es esa incapacidad de la serie para ofrecer una vía de escape, siquiera simbólica. Todo es encierro, reiteración, sufrimiento. El Black Rabbit es, en realidad, una madriguera sin fondo: una donde los personajes caen, una y otra vez, hacia sí mismos. Y uno, como espectador, acaba sintiendo que también cae un poco. Hay un tipo de serie que se toma tan en serio a sí misma que olvida ser interesante. “Black Rabbit” pertenece a esa especie, más preocupada por parecer profunda que por serlo. Entre tanto artificio, se cuelan instantes de posible verdad: la mirada de Jake al borde de un conflicto, la torpeza de Vince intentando arreglar un desastre, una cocina vacía después del turno. Pero son apenas fragmentos que la serie no logra sostener. Todo en “Black Rabbit” queda suspendido: las deudas nunca pesan del todo, los conflictos familiares se resuelven de manera mecánica, los enfrentamientos con el mundo criminal apenas inquietan. Y cuando el último plano se apaga, lo que queda no es fascinación ni tensión, sino la sensación de haber asistido a un artificio demasiado largo, preciso y agotador. ∎

Hermanos de sangre.
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