Serie

Bronca

Lee Sung JinT2, Netflix
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Dicen numerosas investigaciones que discutir alarga la vida. Honestamente, desconozco si especifican qué tipo de discusiones; conviene añadir, además, que esos estudios se solapan con otros que sostienen que altos niveles de ansiedad también podrían matarnos de un infarto mucho antes. Creo que me inclino por esta última postura. Pero, aparentemente, y tal como corrobora Lindsay (Carey Mulligan) en la nueva temporada (2026) de “Bronca” (“Beef”), “las parejas que no discuten ocultan algo”. Bajo esa premisa arranca esta segunda entrega de la serie de Lee Sung Jin, que comienza con un lío tremendo: dos trabajadores de un campo de golf para ricos sorprenden a su jefe, Josh (Oscar Isaac), discutiendo violentamente con su mujer y deciden grabarlos. Esta grabación se convierte en una gran oportunidad para estos dos jóvenes, Ashley y Charles, que además son pareja y solo aspiran a algo tan básico como prohibitivo en Estados Unidos: poder pagarse un seguro médico que cubra la operación –valorada en unos 30.000 dólares– necesaria para extirpar a Ashley (Cailee Spaeny) un quiste que le retuerce el ovario a un ritmo estrepitoso y que podría provocarle problemas de fertilidad de por vida. Por supuesto, deciden aprovecharla.

La serie se convierte así en un encadenamiento de chantajes donde cada uno de los personajes se acaba pervirtiendo por una cuestión tan básica como la del dinero; sin embargo, a diferencia de otras series y películas de ricos malos malísimos, aquí no hay benevolencia alguna con ninguno de los personajes. Todos terminan tan retorcidos como el quiste de Ashley, cuya amenaza es cortar el riego al ovario, y la serie sabe cómo convertir –quizá de manera un poco obvia– esa dolencia en una imagen reveladora de sí misma, al ritmo de Chappell Roan y de M83 respectivamente, articulando además un contraste generacional en su uso musical: la sensibilidad millennial asociada a “Midnight City” frente al imaginario zoomer encarnado por Chappell Roan, que no solo acompaña emocionalmente a los personajes, sino que también subraya la fractura cultural que atraviesan sus conflictos.

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Si bien esta inclinación a pervertir incluso al más pobre podría resultar muy cuestionable, la incorporación de Song Kang-ho a la serie –Dr. Kim en “Bronca” y el inolvidable Kim Ki-taek en “Parásitos” (2019)– propicia una relación metacinematográfica de lo más divertida con uno de los grandes hitos del eat the rich: la cinta de Bong Joon-ho. La serie resulta honesta en este aspecto: ya en su primera temporada (2023) –aquella guerra de agravios mínimos entre dos desconocidos convertida en espiral autodestructiva–, “Bronca” había demostrado que bajo la ira cotidiana se esconden frustraciones económicas, afectivas y de clase difíciles de nombrar. Esta segunda entrega no abandona esa intuición, sino que la desplaza del conflicto íntimo al chantaje estructural y al dinero como forma de violencia. Todos queremos más, todos queremos proteger lo nuestro –en su sentido puramente material– y a los nuestros, y normalmente reaccionaríamos como los protagonistas de “Bronca” (probablemente con un guion mucho peor). En este punto, Austin (Charles Melton) llega incluso a verbalizar de forma torpe y casi compulsiva la noción de “capitalismo tardío”, repitiéndola como si se tratara de un hallazgo súbito de conciencia histórica; y es precisamente en ese momento de autoconciencia involuntariamente cómica –cuando el término se le queda pegado como una muletilla– cuando él y Ashley deciden dar el paso definitivo hacia el chantaje de la pareja de boomers ricos.

No me aventuraré a criticar el sentido acumulativo de la serie: la bola de nieve se hace cada vez más grande, pero no de manera innecesaria; esta vez no me queda otra que halagar tanto el reparto como el guion. Si bien es cierto que nos encontraremos con cuestiones que quizá ya nos rechinan un poco –ese arte de la falsa apariencia, así como el parasitismo como consecuencia de la clase social que nos ha tocado vivir–, lo cierto es que “Bronca” no está de más. Lejos de una crítica moral, y en el caso de que quisiéramos establecer un paralelismo con su prima gemela surcoreana, “Parásitos”, diría que se trata de una buena copia. Aunque, por supuesto, cualquiera que conozca la obra original reconocerá de inmediato sus paralelismos y elementos en común, y no tardará en advertir que hay cosas que solo la original –dotada, en términos benjaminianos, de un aura irrepetible– fue capaz de poner en entredicho con una elegancia que esta serie no llega a alcanzar plenamente. ∎

Chantajes no emocionales.
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