Libro

Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo

El ritmo no perdona. Una historia crítica del trap, el hip-hop y el RKT en el nuevo siglo argentinoCaja Negra, 2025

En octubre, “Rockstar. Duki desde el fin del mundo” (Alejandro Hartmann, 2025) mostró, al estilo Netflix, el ascenso meteórico de Mauro Lombardo: control narrativo para el protagonista, intimidad escenificada y una lección de branding. Pero Duki llenando el Bernabéu es solo la punta del iceberg: lo que importa es de qué está hecho ese hielo. Y eso es justamente lo que exploran Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo en “El ritmo no perdona. Una historia crítica del trap, el hip-hop y el RKT en el nuevo siglo argentino”, un libro que reconstruye el entramado cultural que transformó la música argentina en la última década.

Con “trap” como etiqueta general (aunque insuficiente para contenerlo todo), los autores rastrean cómo una generación saltó de las plazas de freestyle a la fama streamer, de los cuartos propios a los escenarios más grandes, y de ahí a la profesionalización industrial. “Este es un libro de crítica musical”, advierten desde el inicio: sin entrevistas, la historia se construye a partir del análisis de la huella digital, la prensa y el contexto sociocultural que permitió este quiebre generacional, más amplio que lo estrictamente musical.

La lectura es rigurosa pero también subjetiva, oscilando entre el ensayo académico y la hot take personal. Como dos poptimistas surgidos de la blogosfera, Caamaño y Gandolfo parecen escribir pensando en quienes aún miran con recelo el llamado “género urbano”, ese eufemismo perezoso. A lo largo del texto dialogan con obras de la todavía escasa literatura sobre el trap –como “Los desafinados también tienen corazón. Una historia del Auto-tune” (Luciano Lahiteau, 2020) o “Gritos de neón. Cómo el drill, el trap y el bashment hicieron que la música sea novedosa otra vez” (Kit Macintosh, 2022)–, pero también con otros libros clave de la crítica musical, como el excelente “Música de mierda” (2014), de Carl Wilson.

El libro traza un mapa que conecta la Argentina rockera de los noventa con los primeros experimentos del rap local (Illya Kuryaki And The Valderramas, Actitud María Marta), el vínculo con la cultura negra, el auge del reguetón en los dos mil y el impacto de políticas estatales como Conectar Igualdad hasta llegar a la era del streaming. Es el caldo de cultivo de una nueva argentinidad sonora, nacida del barrio y del algoritmo, que tuvo más de Eminem en “8 millas” (Curtis Hanson, 2002) o Gokú que de Charly o Fito.

Los autores analizan cómo la fama precoz, sin grandes estructuras, obligó a los artistas a aprender a ser empresarios de sí mismos. La mirada combina admiración y crítica: reconoce virtudes musicales y tenacidad, pero no omite la misoginia, la homofobia o el culto al exceso que atraviesan la escena. A veces, incluso, el libro no logra escapar del todo a cierto ethos rockista. Uno de sus pasajes más filosos está dedicado a Bizarrap, leído como un fenómeno de optimización algorítmica más que de encarnadura artística: “Bizarrap es contenido, esa palabrita que cubre todo y no significa nada”, escriben.

Cuando pasa de una voz unificada a momentos de intercambio en los que Caamaño y Gandolfo se alternan en la palabra, el libro gana cierta frescura, aunque no siempre consigue un contrapunto que interrogue con más fuerza. Eso lo logra mucho mejor el cáustico prólogo del periodista Pablo Schanton, que discute las premisas de los autores y que, justamente por eso, invita a releerlo una vez terminado el tomo. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados