Libro

Carlos Zanón

Objetos perdidosSalamandra, 2026

En “Objetos perdidos”, el retorno de Carlos Zanón (Barcelona, 1966) cuatro años después de aquella road novel de vaqueros tristes y mitología romántica inflamada hasta el paroxismo que fue “Love Song” (Salamandra, 2022), no hay música ni canciones –a no ser, claro, que un televisor sin sonido y con el trasero de Karol G en primer plano cuente como tal–, pero casi que da lo mismo. Porque aquí se entra berreando el “Demasiada poca gente” de Chucho y se sale arrastrando los pies rumbo a “No More Darkness”. Bolas de billar chocando y rebotando sin parar y pena oceánica pegada a la piel y relamida por la oscuridad. “Cause good is good / Wrong is wrong / Turn off the light / And sing along”, que murmura Alan Sparkhawk mientras uno se debate entre darle un abrazo o un guantazo, quizá un poco de cada, a Álex Gual.

He aquí, ahórrense la fanfarria y los redobles de tambor, un Niño Gordo atrapado en el cuerpo de un abogado con afición creciente por la cocaína y al que, reza su biografía imaginaria, se le da bien encontrar personas y perder cosas. ¿O era al revés? Un tipo, en cualquier caso, al que no le importaría demasiado que Barcelona, ciudad que acaba de engullir a un jugador de rugby británico, se lo tragara también a él. Tocado y hundido, atrapado en una historia de desamor tóxico y varado en un hotel con nombre de leyenda y fealdad épica, Álex son las segundas (y terceras) oportunidades echadas a perder. El levantarse simplemente para caer de una altura aún mayor. De día, alguien supuestamente funcional, un leguleyo como recién salido de “Better Call Saul” enredado en las turbias intrigas del Señor Paco, dueño y regente del Donna Summer. De noche, en cambio, todo es poner el cuerpo a prueba, llevarlo al límite, para intentar adelantarse a ese cáncer “lento como un cocodrilo” que le espera por ahí.

Existencialismo desapegado y noir parduzco con el que Zanón, el menos nostálgico de los melancólicos y el más optimista de los pesimistas, recupera su mejor tono y, como él mismo dijo de otro autor amigo, deja de hacer lo que le sale fácil para hacer lo que le sale de verdad. De ahí este libro intrépido y electrizante, extrañamente luminoso en su desolación y felizmente arrebatado. Una novela que acorta distancias –esto, para entendernos, tiene más que ver con “No llames a casa” (RBA, 2012) o los relatos de “Marley estaba muerto” (RBA, 2015) que con la homérica “Taxi” (Salamandra, 2017)– y afila emociones para convencernos de que el camino más corto para perderse es intentar encontrarse. O algo así. De fondo, una trama delincuencial con maleantes tridimensionales, perfectamente creíbles en su atildada ridiculez, y un desaparecido a quien se le pone más cara de muerto a cada página que pasa. “Hay detalles que cobran vida demoníaca. Las cosas parecen más reales de lo que realmente son”, que dejó dicho un tal Chesterton de otro tal Dickens.

Por lo que sea, en la portada del libro le han colocado el perfil del hotel W emergiendo del horizonte marítimo, pero la Barcelona de Zanón tiene poco, más bien nada, de postal turística, de atracción con encanto. Al contrario: entre hoteles de tristeza aséptica, peluquerías chinas con sorpresa en la trastienda y karaokes en los que nunca nadie ha cantado una canción; entre restaurantes mexicanos de barrio (feo), pizzerías egipcias y fachadas “de color amarillo fracaso”, la ciudad de “Objetos perdidos” es un Valhalla de talleres con las persianas bajadas, puticlubs de nombre absurdo y agujeros negros por los que se pierde la vida, la salud y la esperanza. Y no necesariamente en este orden. Lo sabe bien Giselle, sobrecogedor fogonazo de una vida arrasada por la bebida y una de las jóvenes a las que Álex tuvo que seguir la pista cuando aún creía que lo suyo era un trabajo y no una maldición. Encontrar personas, perder cosas y estropearlo todo “con la última moneda de la tragaperras”. “Hay noches fáciles y suaves, y otras que duelen como uñas arrancadas”, ilustra Zanón al tiempo que firma, quién sabe sin saberlo, la mejor sinopsis de esta novela oscura como una noche ártica y brillante como una exhalación. ∎

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