“Allí donde está la civilización, está el graffiti”. Con esta cita de Fernando Figueroa Saavedra se abre “Malas ideas” (Reservoir Books, 2026), la nueva novela gráfica de Carlota Juncosa (Barcelona, 1984) en la que, a partir del relato de su iniciación juvenil en el grafiti, la autora de “Carmen de Mairena. Una bibliografía” (Blackie Books, 2017) explora qué significa dejar huella en una ciudad que, a menudo, resulta alienante y cómo la habitó siendo adolescente.
La primera vez que recuerda ver un grafiti fue con 8 años, en las afueras de Barcelona, y pensó que se trataba “de un grupo secreto”. Se refiere al emblemático “Xupet Negre”. Ese desconcierto inicial –¿quiénes son?, ¿por qué lo hacen?– inicia una investigación que es también autobiografía y novela de formación. La obra parte de un gesto íntimo: la revisión del diario quinceañero. En la adolescencia, cuando el deseo de poder y seguridad brota de una autoestima frágil y el tiempo dilatado propicia el aburrimiento, el grafiti aparece como una promesa de identidad y libertad.
Entre un chico que te gusta y una amiga que te deslumbra, surge la invitación y la necesidad de escribir el propio nombre en el espacio público. De ahí al aterrizaje en un ambiente donde ser chica no supone ventaja, donde “molaba mostrar lo duro o chungo que se era”. La autora entrevista en viñetas a figuras del grafiti del entorno barcelonés como El Burto, Juice, Vodoo, Slim o Conga, y recupera leyendas como Trol, rey de los tags en el metro. Algunos se conocieron en el calabozo; otros dormían en cajeros para esperar el metro después de una intervención. La propia Juncosa adoptó más tarde, tras su primer alias Lua, el nombre de Yonkz, en una etapa compulsiva que revela hasta qué punto la firma podía convertirse en obsesión.
A través de sus anécdotas y las entrevistas, Juncosa reconstruye el argot (slam, toy, pisar, tag, flop, bombing, writer) y la jerarquía de la escena: el escalafón importa, cómo la antigüedad se respeta, cómo “no se pisa” a los mayores. Pero “Malas ideas” no se queda en la crónica underground. La estructura tripartita –memoria, entrevistas, reflexión– amplía el foco. Hay espacio también para reconstruir la llegada del grafiti neoyorquino a Barcelona (Blade, Dondi, Cap, Seen), para plantear la pregunta incómoda “¿por qué la publicidad sí y el grafiti no?” y apuntar a la paradoja de la libertad fuera de la ley. “No hay nada más libre que hacer algo ilegal”, dicen algunos de sus interlocutores. Al mismo tiempo, Juncosa introduce voces teóricas como Charles Eisenstein o Slavoj Žižek para pensar la rebeldía juvenil: en una ciudad que aliena, un tag puede ser búsqueda de significado; no se trata solo de cambiar a las personas, sino de preguntarse por el sistema que las empuja a hacer lo que hacen.
Uno de los aciertos del libro es su honestidad emocional, sobre todo en la parte autobiográfica, seguramente la más lograda. Juncosa no romantiza la experiencia ni oculta sus sombras: la desconfianza hacia “lo oficial”, la presión del grupo, la rabia juvenil que recuerda su amiga Desti, la necesidad de desmarcarse del rebaño. Tampoco elude la cuestión de fondo: ¿por qué escribir tu nombre? ¿Es vanidad, es resistencia, es deseo de existir? La autora no ofrece una respuesta cerrada, pero sugiere que el grafiti fue, para muchos, una tecnología afectiva: un modo de ser mayor antes de tiempo, de conquistar poder simbólico cuando el resto parecía negado.
Gráficamente, el estilo de Juncosa es directo y expresivo. Líneas limpias y “temblorosas”, una suerte de línea clara “sucia” a lo Mike Judge (“Beavis y Butt-Head”) con fondos mínimos, colores planos con el blanco de protagonista, atención al gesto y a la palabra. La economía visual concentra la intensidad en miradas, posturas y silencios; la alternancia entre viñetas autobiográficas y escenas de entrevista evita la nostalgia monocorde y convierte la memoria en diálogo.
“Malas ideas” funciona al mismo tiempo como retrato generacional y como ensayo gráfico. Más que una apología del grafiti, es una indagación sobre la necesidad de dejar marca y sobre el precio personal y colectivo de hacerlo. ∎