Es muy probable que esta sea la primera vez que en Rockdelux se escriba extensamente sobre Un Pingüino en mi Ascensor, más allá de citar su existencia en algún álbum recopilatorio en el que participara. Dejémoslo en que, para mucha gente, declararse seguidor suyo entraba dentro de la categoría de placer culpable. Ya sabéis, a los músicos que deciden tirar por el camino del humor no se les toma en serio. No solo en este caso: ahí están La Trinca, Puturrú de Fuá, Los Nikis, Los Petersellers, Los Toreros Muertos, Nancho Novo y Los Castigados Sin Postre, Los Inhumanos, Ojete Calor o, incluso, Mamá Ladilla, por citar unos pocos ejemplos. La única excepción quizá sea Siniestro Total. Hay que citarlos porque en el libro descubrimos que en lo poco en que sí se ponen de acuerdo Julián Hernández y Miguel Costas es en que les gusta Un Pingüino en mi Ascensor o, al menos, una canción, “Gaspar Melchor de Jovellanos”…
Es también probable que José Luis Moro, el humano que se esconde desde el principio bajo ese peculiar nombre aviario, sea el primero en no tomarse demasiado en serio, como hombre inteligente que es. Afortunadamente, el periodista musical Chema Domínguez (Madrid, 1973), autor de libros sobre Jarabe de Palo, Maná e Ismael Serrano, coautor de volúmenes de conversaciones con Antonio Luque (Sr. Chinarro) y Fernando Alfaro (Surfin’ Bichos / Chucho) o artífice de “Diagonal Battiato. Un recorrido único por su discografía en castellano” (2022), sí se lo tomó lo suficientemente en serio como para decidir liarse la manta a la cabeza y, coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de la aparición en escena del grupo, entrevistar a José Luis Moro y a Mario Gil para publicar “Bajarse al Moro. Conversaciones con Un Pingüino en mi Ascensor”.
Un Pingüino en mi Ascensor es conocido, sobre todo, por sus letras cachondas y la aparición de todo tipo de referencias publicitarias a productos de lo más variado, desde los patés La Piara, al té Hornimans, pasando por las pastillas de Avecrem o la ginebra Larios. Pero poco se ha hablado del humor negrísimo e irreverente de algunas de sus letras. “El sangriento final de Bobby Johnson”, por ejemplo, está basado en un dramático hecho real, aunque su alegre y rapidísima música de inspiración country haga pensar lo contrario: un niño de 11 años, de nombre real Juan Pérez, se coló en mayo de 1987 en el zoológico Prospect Park de Brooklyn con dos amigos y trepó la valla del recinto de los osos polares y estos lo mataron y devoraron. “En la variedad está la diversión” se adelanta décadas a la fluidez sexual y de género actual y llega a extremos aún no alcanzados, como el sexo con truchas, gorriones, bonsáis y objetos tan variados como “secadores, lapiceros / rifles de repetición / microondas, chubasqueros / aviones a reacción”.
Un Pingüino en mi Ascensor tuvo momentos de esplendor, lo que dio lugar a alguna circunstancia curiosa, como cuenta Moro en el libro. Ya había acabado la carrera de Derecho y había terminado el servicio militar obligatorio y se dedicaba a “actuar los fines de semana. Y para alguien de 25 años, tenía mucho dinero. Mis padres me dijeron que era un mal ejemplo para mis hermanos [eran siete, y él era el mayor], que iban a pensar que la vida era así de fácil. Y que lo ideal es que me fuera de casa”. Pero los años de vino y rosas no fueron tantos. Después tocó enfrentarse a la realidad, y ahí descubrimos el otro mundo. Aunque cueste imaginarlo, José Luis Moro no era publicista de formación: se había licenciado en Derecho, como se ha adelantado ya, pero la abogacía le aburría que le mataba y de ahí –aparece también en el libro– surgen varias de sus primeras canciones, mirando por la ventana de su cuarto mientras estudiaba, como “Espiando a mi vecina”.
Cuando el éxito de Un Pingüino en mi Ascensor comenzó a diluirse a principios de los noventa –momento que coincidió con el nacimiento de los grupos indie que cantaban en inglés; él lo define así: “demasiado pijo para los indies y demasiado indie para los pijos”–, la publicidad fue la profesión ansiada en la que decidió reciclarse, apuntándose a un curso. Y aterrizó ahí de pura chiripa, en una agencia desastrosa en la que le enchufó un amigo de su padre. Pero surgió la oportunidad de dar el salto a agencias de auténtico renombre como Contrapunto o Remo, en la última de las cuales permaneció 18 años y llegó a ser director general creativo. Hasta que en 2014 cofundó con Pablo Torreblanca Pingüino Torreblanca & The Guayominí Project, agencia de la que también es director general creativo y con la que ha ganado varias veces el Premio Ondas, con clientes como El Corte Inglés, Zumosol, Cruzcampo, Yoigo, Bosch, Siemens, Subaru, Ssangyong, Meetic, B The Travel Brand, Másmóvil, ‘Guía Repsol’, zalando.es, ‘El Huffington Post’, westwing.es, la Universidad Francisco de Vitoria y la empresa francesa de nuevas tecnologías withings.es.
El mismo tipo de humor a veces pasado de vueltas es el que José Luis ha empleado en su carrera como creativo publicitario. Para el recuerdo, el anuncio de la camioneta Mitsubishi L200 en la que una niña alimenta con un conejito al cocodrilo que cargan en la pick up. O el de Ópticas San Gabino en el que el heredero de un mafioso mata a su progenitor… Y eso que la autocensura en la publicidad está a la orden del día. Por cierto, para quien pueda estar interesado: en la historia de la ilustración y la publicidad española hay un primer José Luis Moro, dibujante y empresario audiovisual creador de los dibujos animados de la familia Telerín –hay que ser boomer para saber de qué se habla– o de la calabaza Ruperta, la mascota del programa ‘Un, dos, tres… responda otra vez’, además de ilustraciones publicitarias para marcas como Profidén, Cola-Cao, Pepsi o Gallina Blanca… No es familia de Moro : “Una vez di una charla para publicitarios que se titulaba ‘Lo que hubiera dado yo por ser José Luis Moro’, hablando de sus trabajos en publicidad. Vino una hija y le conté que a casa de mis padres habían llamado alguna vez, en los ochenta, pidiendo una Ruperta. Ella me dijo que a la suya habían llamado preguntando por el Pingüino”.
En el libro se cuenta que fue Andrés Rodríguez –actual editor y director, entre otras publicaciones, de la franquicia española de la prestigiosa revista ‘Forbes’, la de las listas de millonarios; en 1985 locutor musical en Onda Madrid, donde dirigía y presentaba el programa “La ventana de tu cuarto”– quien le dio la oportunidad de grabar al organizar un concurso de maquetas en su programa y ser Un Pingüino en mi Ascensor el ganador. Viendo las posibilidades comerciales de su maqueta, Rodríguez se ofreció a buscarle un contrato discográfico con DRO y a producir el primer mini-LP de seis canciones, con las famosísimas “Espiando a mi vecina (Voyeurismo)”, “El Sendero Luminoso (Me persigue sin reposo)”, “Recogiendo el algodón”, “Juegas con mi corazón”, “Quiero ser un teenager americano” y “Mi café”.
Capítulo aparte merecen las intervenciones de Mario Gil, músico con un pedigrí nuevaolero impecable: fundador de Paraíso y La Mode –estuvo a punto de entrar en Los Pegamoides antes que Ana Curra, según se cuenta en el libro– e integrante desde 1988 de El Aviador Dro. Entró en contacto con el Pingüino ese mismo año para producir “El balneario”, el auténtico gran éxito de la historia del grupo, y se convirtió en apoyo en directo de José Luis Moro casi a partir de ese mismo momento. Su experiencia profesional –ha sido también ambientador musical en directo de programas de televisión, desde ‘El precio justo’ a ‘El Informal’, pasando por ‘Fútbol es fútbol’ o ‘Uno para todas’–, su habilidad musical y su personalidad y carácter afable han sido fundamentales para la supervivencia del proyecto durante estos 40 años en los que la música dejó de ser para ellos una profesión y se convirtió en puro divertimento, que es lo que ha posibilitado que una historia así haya perdurado en el tiempo, con proyectos paralelos como El Profesor Jingle y su Ayudante Bells… antes de la resurrección de Un Pingüino en mi Ascensor con el concierto en la sala Élite ante 2300 personas en 2002. Mario cuenta anécdotas como que José Luis estuvo conduciendo tres años su coche sin pasar de quinta marcha… y tenía seis. “Ahora entiendo por qué gastaba tanta gasolina e iba tan forzado, joder”.
Hay muchas más joyas escondidas en el libro, como que el fallecido exministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba era fan; que José Luis Moro publicó una canción para Santa Justa Klan, el grupo infantil surgido de la serie “Los Serrano”; que también se sometió, pública y voluntariamente, a que un psicólogo le analizara a través de las letras de sus canciones, en un acto que tuvo lugar en La Casa Encendida (¡y está en YouTube!); que al principio de ‘Operación Triunfo’ grabó una canción, que no se atrevió a publicar, acerca de lo surrealista que era que Nina, una cantante que había llegado a mucho menos que el Pingüino en su carrera profesional, fuera quien “diera clase para enseñar a gente a triunfar”; que algún disco se lo publicó un empresario detenido en la trama Púnica; que “Espantapalomas!!!” (2017) –su álbum de versiones de temas famosos, de Supertramp a Desireless, pasando por Pink Floyd, Michael Jackson, Status Quo o Bonnie Tyler– se publicó sin ni siquiera pedir permiso a los autores, pensando que el grupo era tan insignificante como para que terminaran enterándose de su existencia; o que Moro paga más por Spotify al año que lo que Spotify le genera en diez años por los cuatro discos que tiene en el catálogo de Warner. ¡Menos mal que le queda el directo!
Como afirma Chema Domínguez al principio del último capítulo del libro, “ya no es que publique más que nunca o que tenga una de las legiones de fans más entregada que se haya visto jamás, es que no paran de sacar grandes discos y canciones. Si no me creen, escuchen, disfruten y, sobre todo, no dejen de asistir a sus conciertos”. ∎