Fue durante alguna de esas secuencias en las que
Chloé Zhao deja que seamos nosotros los que llenemos de significado lo que estamos viendo en la pantalla. Las derivas de la supuestamente libre asociación de pensamientos me llevaron al recuerdo de “La leyenda del tiempo” (2006) de Isaki Lacuesta. Obviamente, no estaba proyectando Cádiz en las
badlands de Dakota del Sur. Pero sí superponía intenciones retratísticas y de puesta en escena:
“The Rider” (2018) es una ramificación del cinema vérité en la que una familia de verdad, los Jandreau, interpretan a otra familia de ficción, los Blackburn, cuya historia es sospechosamente parecida a la de ellos mismos (como ocurría con algunos de los personajes del filme de Lacuesta). También detecté cierto ánimo de derrota general, de poesía finisecular, que unía a personajes de ambas cintas: todos viven alrededor de una actividad en peligro de extinción, ya sea esta un arte o un espectáculo semibárbaro; el flamenco en un caso, el rodeo en el otro. Así fue como acabé pensando que “The Rider” era el
remake que Isaki Lacuesta hubiera hecho de “Hombres errantes” (1952) de Nicholas Ray o de “Junior Bonner” (1972) de Sam Peckinpah.
En realidad, lo que sugiere la película de Zhao es una deconstrucción de un universo estético y moral, el del wéstern. Es decir, que para llegar al tuétano de lo que supone ser un vaquero hoy (o un jinete de rodeo) ya no es creíble construir una ficción de la nada y ponerla en escena al estilo Hollywood, pues este tipo de personajes y relatos ya no están en sintonía con su tiempo. Muy pocos cinéfilos de nueva generación empatizarán con ellos. Ahora bien, sí que comprenderán el drama de un chaval de familia marginada a quien una lesión le va impedir alcanzar sus sueños. Entonces, la imagen de un
cowboy melancólico intentando domar un caballo estando en horas bajas ya no será literal y cobrará todo el sentido del mundo. ∎