Llevar a la pantalla “Cumbres borrascosas” en 2026 supone enfrentarse no solo a las comparaciones con la joya literaria de Emily Brontë de 1847, memorable antítesis del moralismo victoriano, sino también, claro está, a las numerosas versiones acumuladas durante décadas y décadas y décadas. Lo peor es que, además, hay muchas buenas, tanto en cine como en televisión. Podemos recordar películas de grandes como William Wyler (1939; un bello melodrama gótico), Luis Buñuel (“Abismos de pasión”, de 1953) o Andrea Arnold (2011), la primera con un Heathcliff mestizo, en un giro solo relativamente fiel a Brontë: todavía no está clara la raza del personaje. Y tampoco se deben olvidar un par de teleseries memorables, la de BBC de 1967 –que inspiró a Kate Bush a componer “Wuthering Heights”– y la de ITV de 2009, con un Tom Hardy ligeramente amenazador, como siempre, que algunos consideran el Heathcliff definitivo.
La directora (y guionista y actriz) Emerald Fennell elude la ansiedad de la influencia colocando comillas al título, como avisando que, en realidad, esto no es “Cumbres borrascosas”, sino algo que se le parece ligeramente. Su mayor inspiración ha sido, según ha explicado, su propia experiencia leyendo el libro cuando era adolescente. Es una idea ingeniosa y que permite una libertad de movimiento total, un rechazo de las normas básicas de precisión de ambientación, un abrazo de la fantasía pop.
Fennell mueve en “Cumbres borrascosas” (2026; se estrena hoy) a sus Heathcliff (Owen Cooper de niño, Jacob Elordi de adulto) y Catherine (Charlotte Mellington de niña, Margot Robbie de joven) por paisajes de fantasía de vieja escuela y salones, los del rico Edgar (Shazad Latif), capaces de convertir los escenarios de “Los Bridgerton” (Chris Van Dusen, 2020-) en planicies monocromáticas. La música es ahora orquestal y épica y después abrasivo synthpop cantado por Charli XCX, que ha grabado todo un álbum de acompañamiento para el filme, un poco como hizo Prince en los días de “Batman” (Tim Burton, 1989).
Sus anacronismos y estética rococó hacen que la película parezca, a veces, prima hermana de la “María Antonieta” de Sofia Coppola de hace dos décadas. Pero Fennell es una directora muy distinta, una más atenta a lo sensual y sensorial. “Cumbres borrascosas” es un filme que pide a gritos el regreso del Odorama de John Waters, pero que, sobre todo, se puede tocar y se puede saborear. Si en el clímax de “Saltburn” (2023) la protagonista era una lengua metida en un desagüe, aquí este órgano móvil vuelve a lucir en todo su esplendor en escenas no demasiado explícitas (¿no imaginaba a gente desnuda la Fennell adolescente?) pero en ocasiones turbadoras.
La sexualidad permea, en realidad, casi todo el metraje, solo que casi siempre en forma de insinuaciones medio perversas. Por ejemplo, la película empieza con un curioso test de Rorschach que revela a todos los espectadores como unos pervertidos y a la directora como una creadora no poco cruel. También hay momentos húmedos de mil clases, desde masas de pan azotadas como traseros a penetraciones de boca de pez. En algún punto del planeta, posiblemente el fetichista Peter Strickland esté mirando y sonriendo.
Si la película resulta algo menos disfrutable de lo que podría ser, al menos para este cronista, es por la insistencia de Fennell en hacer breves incluso escenas que merecían más holgura y abusar un poco de los montajes videocliperos. Es una buena creadora de imágenes, pero no tanto de secuencias completas, elaboradas, memorables. Pero es lo mismo que se puede decir de tantos y tantos directores que hoy en día trabajan para un público con déficit de atención. ∎