Serie

DTF St. Louis

Steven Conrad(miniserie, HBO Max)
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He aquí un sorprendente ejercicio sobre la deconstrucción de la masculinidad que parte de un planteamiento archisabido para desviarse por los recodos que circunvalan una relación a tres bandas que nunca es lo que parece. Clark Forrest (Jason Bateman) ejerce como el hombre del tiempo en una cadena de televisión de Saint Louis, Missouri. Junto a él trabaja Floyd Smernitch (David Harbour), intérprete de lengua de signos, un tipo cuya afabilidad es proporcional a su tamaño. Sin embargo, la fortaleza de su bondad mengua debido al sinfín de problemas que lo acechan. Por un lado, sus ingresos apenas le dan para sostener a su familia, conformada por su esposa Carol (Linda Cardellini), metida a árbitro de béisbol para tener ganancias extra, y el hijo adolescente de esta, un joven distante y frustrado. Para colmo de males, un Floyd preocupado por su evidente sobrepeso ha visto como la frecuencia de las relaciones sexuales con su mujer ha descendido radicalmente, un hecho motivado en gran parte por la excesiva curvatura de su pene, malformación que le impide completar coitos satisfactorios.

El último vértice del triángulo lo ocupa la citada Carol, que tendrá un affaire con Clark –también casado y con dos hijos– y que pasará a convertirse en una de las principales sospechosas de la muerte de Floyd, detalle narrativo que queda revelado de inicio. Ahora bien, ni la trama policíaca que tratará de esclarecer el presunto asesinato ni los escarceos eróticos serán lo más importante de la función, pues su interés lo proporciona un heterodoxo estudio de personajes que se aleja de toda norma, amén de un tono que rehúye cualquier convencionalismo en el que la comedia negra se hermana con el policíaco para observar con detenimiento a un conjunto de seres que, bajo la capa de grisura que baña sus vidas, oculta anhelos inconfesables. El amor que Clark y Carol profesan por Floyd, una persona buena y rota, y la formación de un trío en el que los afectos están destinados a ofrecerle a alguien la posibilidad de reconstruirse, se alejan de cualquier formulación precedente que uno haya visto en historias que tienen el adulterio como base argumental. La relación entre los dos protagonistas masculinos es, digámoslo ya, algo insólito en la teleficción contemporánea.

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“DFT St. Louis” (2026) hace aflorar todo aquello que no puede ser dicho, explora la fragilidad de sus criaturas partiendo de una estructura fragmentaria en consonancia con esas cosas que cuesta contar y sobre las que hay que volver una y otra vez para que puedan ser reveladas. Es, por extensión, una serie sobre la incomunicación y la dificultad para expresar sentimientos que se alejan de la norma, por eso Steven Conrad, que escribe y dirige todos los episodios, emplea la distancia como principal herramienta expresiva: desde los planos generales, en los que los personajes están muy alejados unos de otros, a las continuas dificultades para escucharse, pasando por el extrañamiento que provoca el uso de determinados accesorios –la bicicleta, el uniforme de árbitro– y de determinadas localizaciones.

Aunque sea fácil detectar guiños a películas como “Perdición” (Billy Wilder, 1944) o señalar que sus personajes bien podrían desfilar por más de una película de los hermanos Coen, el guionista de “Wonder” (Stephen Chbosky, 2017) firma una miniserie genuina que, a base de retorcer determinados arquetipos, se convierte en imprevisible y que acuña uno nuevo código para descifrar las cada vez más complejas relaciones humanas. ∎

Al mal tiempo...
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