En ocasiones, el rostro de un actor basta para sostener toda una serie. Es el caso de “El cabo del miedo”, creada por Nick Antosca para Apple TV+ y protagonizada por un magnífico Javier Bardem cuyo rostro, que parece haberse ido esculpiendo en piedra con el paso de los años, representa en esta serie no solo la maldad, sino el dolor, la locura y la obsesión. Es, digamos, una imagen en sí misma. Años después de su emblemático papel en “No es país para viejos” (Joel y Ethan Cohen, 2007), donde interpretaba a un ya clásico villano aunque sin apenas perfil psicológico, maldad pura, Bardem se ha embarcado en un complejo proyecto en el que debe, como si de un palimpsesto se tratara, superponer su rostro al de los anteriores intérpretes de esta obra, nada menos que Robert Mitchum y Robert De Niro, quienes encarnaron al personaje de Max Cady, un verdadero psicópata, en las anteriores adaptaciones cinematográficas de “El cabo del miedo”.
“El cabo del miedo” se basa en la novela de John D. MacDonald de 1957, cuya trama gira alrededor de la familia de Sam Bowden, un abogado respetable que es acosado por Max Cady, violador y delincuente condenado gracias al testimonio de Bowden. Tras salir de la cárcel, decide vengarse de él y su familia. La novela alcanzó una enorme popularidad gracias a la adaptación cinematográfica de 1962 dirigida por J. Lee Thompson (de hecho, la novela, traducida aquí como “Los verdugos”, comenzó a titularse desde entonces como el filme). Fue protagonizada por dos grandes estrellas de la época: un soso Gregory Peck y un fantástico Robert Mitchum cuya interpretación tenía ecos de su personaje en “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955). Después, le siguió la versión de Martin Scorsese de 1991, un filme que, a pesar de no brillar dentro de su filmografía, destaca por la actuación de un histriónico Robert De Niro, quien interpretó algunas de las escenas más icónicas de los años noventa.
La historia de la novela original fue pionera de un subgénero que ha ido creciendo con los años, el home invasion, cuando una familia se ve asediada por un invasor, un psicópata que viene a destruir el hogar. Un tema que nos sigue apelando a día de hoy, ya que tiene algo profundamente primitivo: el miedo a ser atacado por ese otro salvaje que viene de fuera y que obliga a la familia a defenderse como sea. Su sentido ha ido variando a lo largo del tiempo, desde la versión un tanto inocente de la novela donde el abogado representa el honor y la verdad y Cady el mal absoluto, hasta la lectura de Scorsese, en la que el abogado protagonista es violento y guarda secretos. En esta adaptación, además, la sexualidad –expuesta a través de la hija del abogado– lo impregna todo, un asunto apenas apuntado en la novela. Pero, como decíamos, la visión de la familia y su posición frente al mal se ha ido transformando. Ya no es una entidad pura como en el libro y la primera adaptación fílmica, sino que ahora es parte e incluso causante de ese mal. Esto ya estaba apuntado en la versión de Scorsese, donde el abogado perjudicó a la defensa de Cady, pero en la serie se va más lejos todavía, ya que la abogada protagonista (Amy Adams) no solo ayudó a condenarlo por un delito que no estaba claro si había cometido –asesinar a su mujer embarazada–, sino que además tuvo relaciones íntimas con él. Cady es así producto de una defensa negligente que provocó que pasara diecisiete años en la cárcel. Al salir, no pensará en otra cosa que en elaborar una sofisticada venganza. Lo interesante es que la abogada no solo ha creado al monstruo, sino que su propia familia también tiene algo de monstruoso. Es capaz de, para defenderse, cometer nuevos crímenes, aunque nunca de la magnitud de los de Cady.
Cady es aquí un personaje más complejo y ambiguo que en las anteriores versiones, especialmente en la primera mitad de la serie, cuando no está claro qué pretende y si es culpable. Lamentablemente, en los últimos episodios acaba cayendo en los tópicos del subgénero home invasion, cuando el loco entra en la casa y se comporta, ya sí, como un psicópata de libro.
La serie bebe mucho a nivel estético de la versión de Scorsese, de quien además toma la –ahora– machacona banda sonora creada por Bernard Herrmann para la versión de 1962 y luego arreglada por Elmer Bernstein para la versión de 1991. Destaca por sus atmósferas densas muy marcadas por el clima: lluvia, calor, truenos y viento, que apuntan la sensación de continua tormenta psicológica.
Pero, sin duda, lo mejor de “El cabo del miedo” es el duelo interpretativo entre Bardem y su antagonista Adams. Bardem demuestra tener una presencia brutal, sabe imponer su personaje y destaca especialmente en las escenas donde no ejerce violencia física, resultando incluso atractivo. Ha logrado de este modo renovar a un personaje que parece vivir en eterno retorno. ∎