El coreano Park Chan-wook y el canadiense Don McKellar emplean un estilo satírico y una distancia retórica para mostrar mediante este juego de duplicidades las distorsiones absurdas, el caos y las malas interpretaciones que atravesaron la guerra de Vietnam –con su reguero de cadáveres– y también su crónica. Las identidades quebradizas de sus personajes reflejan las fallas de la Historia en la actuación política, con apariencia de improvisada y a ciegas, pero también la estetización que se ha hecho de la guerra incluso cuando la perspectiva se suponía crítica. Esto parece más relevante que el hecho de que se haya destacado (o promocionado) que “El simpatizante” proponga una lectura desde el lado vietnamita, en parte porque lo que se ve aquí es el cruce o el intersticio entre mentalidades y dentro del colonialismo cultural norteamericano. No en vano el Capitán es un mestizo –de madre vietnamita y padre francés– y eso supone un conflicto esencial en su vida.
Estas ideas no siempre evitan lo obvio, y la serie se hace algo recargada y redundante a medida que avanza, para volverse escabrosa al final. Esta falta de depuración es algo muy habitual en la mayoría de ficciones televisivas seriales y se deriva de la forma de producirlas en molde y según duraciones fijadas, con plena primacía del guion y una idea ilustrativa del rodaje y el montaje, lo que suele conllevar poca poda o invención estructural posterior. Con todo, la idea de revisión que la recorre –“Reescribe, revive, reinicia”, escribe el Capitán– propone una visión irónica y distante desde la que reinterpretar las ficciones y la narrativa sobre la guerra de Vietnam: “Todas las guerras se pelean dos veces. La primera vez en el campo de batalla. La segunda vez en la memoria”. En efecto, nunca hay que dar por acabada la pelea por la memoria. ∎