Acaeció un día cualquiera. Bueno, no. Fue un 29 de agosto, la misma fecha en que, décadas atrás (en 1952), John Cage estrenó su “4’33”, esa obra donde el silencio se torna música. Eliza Barry Callahan (Nueva York, 1995), mitad del fantástico dúo Purr (que a nadie se le antoje confundirlos con los míticos donostiarras, aunque la coincidencia nos arranque una media sonrisa melómana), nos presenta a una protagonista que despierta aquella mañana con un zumbido en el oído derecho. No es un pitido cualquiera, sino un “trueno perpetuo”, como si Dios estuviera ajustando la banqueta del piano pero nunca se dignara a comenzar la canción.
Así arranca “La prueba de audición” (“The Hearing Test”, 2024; Anagrama, 2025). La premisa médica es clara: sordera súbita. Pero lo que sigue no es un drama de hospital, sino una retirada. Callahan nos sumerge en una escritura casi pasiva, un estilo que, si bien a ratos puede enervar por su desapego, está ejecutado con tal destreza que ilustra a la perfección cómo la protagonista se va desconectando del mundo oyente. La estructura del libro, dividido en cuatro partes y carente de capítulos, impone un ritmo de flujo de conciencia que pide ser leído de una sentada (apenas 167 páginas), casi con urgencia, pese a que en sus hojas el tiempo se dilata. Entramos en lo que ella llama “tiempo de enfermedad”: una dimensión elástica donde la urgencia inicial de las citas médicas y la hipnoterapia por Zoom se disuelve en la rutina. “Cuando algo se vuelve constante, deja de ser urgente”, anota. Y así, entre listas de medicamentos en una libreta negra y visitas a Google Earth, la narradora empieza a prepararse para que todo sea la versión más silenciosa de sí misma antes de desaparecer. Un tono de extrañeza que la traductora Rita da Costa ha sabido trasladar con enorme mérito, logrando que esa sensación de desapego llegue intacta a nuestra lengua.
Es fascinante cómo la novela se convierte en un sistema cerrado de coincidencias. El apartamento de la protagonista en Nueva York resulta ser la inspiración para el set de “La ventana indiscreta” (Alfred Hitchcock, 1954), y ella misma habita esa realidad duplicada, observando a sus vecinos y practicando el arte de mirar sin oír. El libro está repleto de referencias que no son meros adornos, sino boyas de salvamento. Reflexiona sobre el arte de ciegos y sordos, cita a Hanne Darboven (“Soy escritor, no artista”, dice, reclamando esa condición de novato) y evoca la película soviética “July Rain” (Marlen Khutsiev, 1967), crónica de ese período de revisión vital donde los afectos más próximos se tornan distantes. En una página memorable, lee una conversación entre Michelangelo Antonioni y Mark Rothko, en la que el cineasta le dice al pintor: “Tus cuadros son como mis películas. No hablan de nada, pero lo hacen de un modo preciso”. Esa frase es, quizá, la mejor definición de la propia novela.
Hay presencias fantasmales que el lector avispado detectará sin que se nombren, como esa única superviviente de un accidente aéreo en Perú (Juliane Koepcke, sin duda). Todo orbita en torno a frecuencias invisibles. La narradora también sintoniza The Buzzer, esa misteriosa estación de radio que emite un zumbido monótono. Se hace referencia a las teorías sobre la música de las esferas a raíz de las proporciones matemáticas del astrónomo Johannes Kepler y de su admiración por la maestra del sintetizador Suzanne Ciani.
Pero donde la novela muestra sus dientes es en la crueldad de la observación. Hay una escena en Los Ángeles, durante una cena con su ex (“el cineasta”) y la nueva novia de este, que cristaliza el dolor. Él se niega a apagar la música de fondo que tortura el oído enfermo de la protagonista. Ella, en respuesta, decide desconectar el audio del mundo. Es la visión agudizada por la pérdida, la vulnerabilidad física produciendo una nueva forma de verdad. No busquéis aquí autocompasión. El humor de Callahan es seco, a veces negro, como el de esa amiga de la madre con cáncer terminal que suelta, entre risas, que preferiría morir antes que quedarse sorda. Es un elenco de personajes a los que se les niega la identidad del nombre propio, salvo a la propia narradora, cuya identidad se nos oculta hasta el último suspiro del libro.
Recordando a Virginia Woolf en su ensayo “Estar enfermo” (1926), ve el cielo como un cine gigantesco en sesión perpetua con la sala vacía: “Esta noche, yo soy la sala”, piensa, mientras la autora busca cometas como una linterna a la que se le agotan las pilas. “La prueba de audición” es un libro astuto que funciona como un monólogo interior largo y sinuoso. Si sois de los que necesitan tramas explosivas, huid. Pero si aceptáis el reto, encontraréis una obra donde el ensayo y la narrativa no se distinguen, porque para Callahan pensar sobre el arte es la única forma de habitar una nueva vida. Y hasta aquí podemos contar. Un debut impresionante que afina el silencio hasta hacerlo ensordecedor. ∎