Libro

Elma Correa

Donde termina el veranoSeix Barral, 2026

A riesgo de que suene a estereotipo, México quema. En llamas, literalmente, a causa de la violencia y la inmemorial corrupción. De la milenaria desigualdad social a la eterna locura de una masculinidad mal entendida. El deplorable cuando no terrorífico éxito que alimenta los elementos anteriores está quitando de manera literal el suelo bajo los pies de niños y mujeres. Entre los desposeídos, miles y miles de ciudadanos buscan la cercanía de los otros como si pudiesen protegerse mutuamente. En ese escenario, el mal bate sus alas un día tras otro. La escritora mexicana Elma Correa –en esta magnífica obra, “Donde termina el verano”, distinguida con el Premio Biblioteca Breve 2026– demuestra que la vida no es carne de bolero. Es carne de invisibilidad. Para subsistir hay que convertirse en un ser impasible.

Correa (Mexicali, Baja California, 1980) sitúa la mayor parte de la acción en su ciudad natal; mejor dicho, en un arrabal que limita con Calexico, que dicen ser ciudades hermanas al contraer los topónimos de México y California. Esa singularidad con respecto a la frontera, un elemento geográfico con lecturas sociales, administrativas y políticas muy marcadas, conlleva que la frontera sea también un escenario emocional y mental positivo para las tres protagonistas femeninas.

En la narrativa de la escritora nada es impostado. No carga las tintas sobre una realidad agobiante. México contiene muchos Méxicos, tan cercanos como distantes, tan orgullosos como clasistas. Es un país que centrifuga en su manera de ser y estar la cultura de una violencia que no conoce límites. El mérito de “Donde termina el verano” reside en saber explicar esa sustantividad mezclando con mimo y elegancia la ficción y la no ficción. Correa no alza la voz, constata unos hechos. Tampoco juzga a sus personajes, cosa que no significa que esté de acuerdo con su forma de actuar.

Dos escolares inseparables, Elisa y Aimé, vivirán un verano que las marcará para siempre. “Consolidaron su relación estando sucias de polvo, conspirando, dueñas de un espacio que simboliza que un día, la misma determinación, reclamarían su lugar en el mundo”. Su camaradería, su instinto protector respecto a la otra, las ayuda a vencer obstáculos cotidianos. El círculo lo cierra otra niña, Rosario, que un día cualquiera desaparece del mapa entre la bruma del silencio y la lontananza del desierto. A cada una se le plantean dilemas que afectarán al núcleo de su personalidad.

El recorrido vital de las adolescentes bascula entre la inercia y la fatalidad de un país que abrasa. Elisa y Aimé se perciben a sí mismas casi como invisibles. Sin embargo, oponen resistencia, son castigadas y siguen adelante, magulladas pero intactas. El atletismo lleva a Elisa a una gran ciudad. Pero una lesión la aparta de ser campeona. Una tarde, Aimé asiste a un baile juvenil en el barrio. Entrada la noche, no sabe que atará su futuro a la violencia. Conocerá a qué se dedica el futuro padre de su hija. Pero aquella noche un amigo, que se sabe rechazado por Aimé, se convertirá en su sombra, su confidente y su protector.

Ya de pequeñas, saben lo que se espera de ellas. Y también entienden cuál es el rol a interpretar junto a un hombre. La comunidad rechaza a Aimé. “Dejó de ser la golfa del barrio para ser una madre abnegada (…) Ya no era la buscona que no podía estar sin macho, sino una mujer que amaba demasiado a los hombres equivocados”. Sin embargo, quienes la criticaban toman su dinero y abrazan el lujo, con su madre al frente. El marido es una fuente de testosterona y virulencia. Pero no es idiota, ya que atiende los consejos “empresariales” de su esposa. De puertas adentro es un padrazo y un amante conveniente. Ella tiene poder. Aimé impone a su marido vivir en el desierto, cerca del barrio donde ha crecido.

Con un lenguaje vivo, fruto de un castellano adorable y un grato manejo de un spanglish de frontera vivo y directo, Correa construye un relato sólido en que los impulsos emocionales perfilan las historias. Con la mayor naturalidad, las muchachas tienen las mismas pasiones que las niñas fresas, léase pijas, como divertirse y gastar en un centro comercial del otro lado de la divisoria. Ese tránsito lo han hecho infinidad de veces. El terreno baldío donde transcurren sus sueños –delante de un campamento gitano, de ese lugar surgirá El Farkas, protector de Aimé– apenas está a dos minutos a pie. Los mismos que, en sentido contrario, se emplean para alcanzar los Estados Unidos.

La aparición de dos enfermeras que realizan periódicos controles de salud en las comunidades que visitan verifica el malestar anímico de los vecinos. Asimismo, están atentas al impacto de las adicciones, circunstancia que despierta el espíritu de periodista de la narradora. “Otra cosa que no podía dejarse de lado era identificar a los alcohólicos y a los drogadictos del barrio, las tienditas y los picaderos. Era un mundo (…) en el que solo circulaba la cocaína en Navidad y Año Nuevo porque siempre había sido cara. Un mundo antes de la llegada de la epidemia del ice y la metanfetamina, veinte años antes de la invasión del fentanilo”.

En esta excelente obra coexisten distintos géneros narrativos como el reportaje cercano al ensayo, la novela y los relatos cortos, con un lenguaje que puede remitir al de las telenovelas. El ritmo y la técnica de la narración convierten cada paso que se da, cada frase que se comparte, cada injusticia que se comete en un laberinto en que el miedo no tiene dueño.

A partir de una mirada de vanguardia, pegada al territorio y sus moradores, la acerada, sensible y valiente autora de Mexicali, que no pide ni permiso ni perdón, expone sin subterfugios el calvario que supone entender que vivir en los márgenes es una invitación a ser objeto de violencia. ∎

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