Una frase, un momento. “Cuando entró a trabajar en el hotel pensó que en un establecimiento como este tendrían prejuicios contra los tatuajes, pero nadie tiene prejuicio hacia la gente que no se ve”. Treinta palabras, todas en su sitio, y toda una atmósfera condensada en tres líneas. ¿Para qué más? En estos tiempos de escritores verborreicos, novelas generosamente engordadas con paja insulsa y editores dimitidos de sus responsabilidades, las novelas de Esther García Llovet (Málaga, 1963) son una auténtica bendición. Un prodigio de narrativa compacta y enjuta que avanza entre destellos y fogonazos; entre descargas eléctricas y frases telegráficas armadas con taladro y soplete. Horadar, prender fuego y volver a empezar. “Van al fin del mundo pero el mundo empieza a acercarse peligrosamente”. Chimpún.
Con “Las jefas”, que para jefa ella, la malagueña cierra su llamada Trilogía de los Países del Este –a completar, busquen y lean, con “Spanish Beauty” (2022) y “Los guapos” (2024), todas en Anagrama– inventándose una suerte de spin off de “The White Lotus” (Mike White, 2021-) en el Zen Gardens, un resort de Villajoyosa que exhibe su despampanante decadencia en la Costa Blanca. Nenúfares y manglares de mentirijilla, cien hectáreas de naturaleza salvaje del sudeste asiático replantadas en el sudeste de España y “algún que otro friso de piedra auténtico sustraído de Angkor Vat”. Un hotel con más estrellas de las que puede permitirse y un puñado de inquilinos chapoteando en una charca de extrañeza, tragicomedia lunar y Redoxon, complemento vitamínico que una de las tres protagonistas, proyecto de niñas bien que en algún momento salió mal y artistas del pufo vacacional, chupa con fruición.
Son Romana Romano y Gran y Petit Navarro, trío de reinas incapaz de ganar una sola mano pero encantadas de echarse una risas en el proceso. Una de ellas debía estar recién casada, pero tan bien se lo estaba pasando en la despedida de soltera que decidió cancelar la boda por WhatsApp. Tal cual. A su alrededor, orbitando como una bola de billar mellada, El Primo, encargado de mantenimiento (y de lo que haga falta) que en otras manos habría dado para encarnizada trifulca de clases, pijas jetas versus manitas soliviantado, pero que la malagueña moldea a partir de equilibrada mezcla de fascinación y asqueo.
“Al soplar la vela ha pensado que lo único que ha aprendido en estos treinta y seis años que hoy cumple es que nunca va a dejar de ser autónomo y nunca va a poder salir de aquí, del Zen Gardens, de este infierno tan amueblado del que antes o después se marcharán las chicas, dejando su rastro a Replica Beach Walk de Maison Margiela”, escribe García Llovet en esta novela hecha de flashes; de sketches espídicos y veloces que brincan de la piscina Penang a los bares de Benidorm y de las oscuras intenciones de Monico, chulo decante que maneja las riendas de El Primo, al rodaje de un anuncio en una villa cercana con imponente caballo blanco y esculturas de hielo talladas a mano. Hiperrealismo alucinado, Martin Parr con visión infrarroja, para retratar la vida fuera de temporada, en realidad la vida fuera de casi todo, y deslizarse por los márgenes del lujo como territorio ignoto, como avistamiento alienígena convertido en zumbante caricatura de la insustancialidad. ∎