The Haçienda, en 1989: Madchester a tope. Foto: Peter J Walsh (Getty Images)
The Haçienda, en 1989: Madchester a tope. Foto: Peter J Walsh (Getty Images)

Informe

Hooligans en ácido: cómo The Haçienda acabó con la violencia en el fútbol

En el corazón industrial de Mánchester, un viejo astillero se convirtió en la meca de una revolución cultural que cambió la música, la noche y el fútbol. The Haçienda nació del sueño situacionista de Ivan Chtcheglov y la (desastrosa) visión empresarial de New Order y Tony Wilson. Entre beats, MDMA y un nuevo sentido de comunidad, el club no solo alumbró el sonido Madchester y la escena rave, también desactivó la violencia de los hooligans, que cambiaron los puños por el baile.

“Y tú, olvidado, tus recuerdos asolados por todas las consternaciones de dos hemisferios, varado en las Cuevas Rojas de Pali-Kao, sin música y sin geografía, sin partir ya hacia la hacienda donde las raíces piensan en el niño y donde el vino se remata con fábulas de un viejo almanaque. Eso se acabó. Nunca verás la hacienda. No existe. La hacienda debe ser construida”. THE HAÇIENDA MUST BE BUILT! THE HAÇIENDA MUST BE BUILT! THE HAÇIENDA MUST BE BUILT!

Ivan Chtcheglov (1933-1998) es una de esas figuras que se balancean entre la genialidad y el estar como un cencerro. Lo llevaba en el ADN. Su padre era Vladimir Chtchegloff, un revolucionario ucraniano que pasó dos años en el trullo por su participación en la Revolución rusa de 1905. Tras salir de la cárcel, se exilió en Bélgica con su mujer. Aburridos de Bruselas, acabaron recalando en París. Ahí se hizo taxista. Y sindicalista, claro. Miembro activo de la CGT, fue uno de los líderes de la legendaria huelga de conductores parisina de 1911. Desde 1789, no hay nadie que supere a los franceses en el arte de sublevarse.

El situacionismo de Ivan Chtcheglov:  “THE HAÇIENDA MUST BE BUILT!”.
El situacionismo de Ivan Chtcheglov: “THE HAÇIENDA MUST BE BUILT!”.

Ivan nació en París el 16 de enero de 1933. Dos décadas después fue detenido por intentar hacer volar por los aires la Torre Eiffel. Lo acompañaba su amigote Henry de Béarn. La pareja compartía un ático no muy lejos de la tour de 300 mètres. Se quejaban de que las luces que la iluminaban por la noche se reflejaban en su piso y no les dejaban dormir. Había que demolerla. La revolución no es viable si no se puede descansar. Robaron unos cartuchos de dinamita en una obra cercana. La poli los detuvo poco antes de que llevaran a cabo el atentado.

Activista, filósofo y poeta, por aquella misma época Chtcheglov escribió “Formulaire pour un urbanisme nouveau” (1953), el “Formulario para un nuevo urbanismo”. Publicado bajo el pseudónimo de Gilles Ivain, el texto devino uno de los pilares de la Internacional Letrista y la Internacional Situacionista, movimientos revolucionarios de artistas e intelectuales cuyo principal objetivo era liquidar la sociedad de clases en tanto que sistema opresivo y combatir la dominación capitalista y la dictadura de la mercancía. THE HAÇIENDA MUST BE BUILT! THE HAÇIENDA MUST BE BUILT! THE HAÇIENDA MUST BE BUILT!

Fiesteros las 24 horas del día

Tony Wilson (1950-2007) fue otro de esos personajes que se debatieron durante toda su vida entre la genialidad y la chaladura. Algo así como el reverso norteño de Malcolm McLaren. Fue antecesor y maestro de Alan McGee de Creation Records. Sobre Wilson y su legado se han escrito centenares, tal vez millares de artículos. Incluso Michael Winterbottom rodó una película, “24 Hour Party People” (2002). Si no la habéis visto, ya tenéis plan para el próximo fin de semana.

Tras licenciarse en Filología Inglesa por la Universidad de Cambridge (vaya, aunque aprobó por los pelos, tonto no era), Wilson regresó a su Mánchester natal, donde se postuló para un puesto vacante en el canal local Granada Television. Lo pillaron. No tenía experiencia frente a las cámaras, pero iba sobrado de carisma. Lo pusieron a presentar ‘So It Goes’, un programa cultural que pasaría a la historia por ser el primer espacio catódico en el que aparecieron los Sex Pistols, escandalizando a las mentes mancunianas más conservadoras con su “Anarchy In The U.K.”. Eso fue en su primera temporada, sesión de debut por la que desfilaron invitados de la envergadura de, entre otros, Patti Smith, Tom Waits, Marianne Faithfull, Mott The Hoople o Soft Machine. Igual o más espectacular fue la nómina de estrellas de la segunda temporada: Elvis Costello, The Jam, The Clash, Buzzcocks, The Stranglers, Mink DeVille, Siouxsie And The Banshees, Iggy Pop... Dicen que la actuación de la Iguana fue tan escandalosa que los jerifaltes del canal decidieron no alargar la aventura. Ya no hubo tercera temporada.

Tony Wilson presentando el programa de TV ‘So It Goes’ en 1976: aparición de The Sex Pistols interpretando, al final del programa, “Anarchy In The U.K.”.
Antes que recalar en las tristes oficinas del paro inglesas de finales de los setenta, Wilson se reinventó como mánager. Entre sus primeros clientes, dos referentes locales y piedras angulares del post-punk (revisión mancuniana del género): A Certain Ratio y The Durutti Column, bandas a las que ofreció un escenario donde actuar con la apertura en 1978 de The Factory, sala de la que era el copropietario junto con el actor Alan Erasmus (y ayudados por el promotor Alan Wise). Abrió hasta 1980. Viendo que aquellas bandas cada vez congregaban más gente, el siguiente paso fue crear una discográfica con la que plastificar sus creaciones y, sobre todo, llenar sus arcas de libras. Lo hizo junto con Alan Erasmus, el productor Martin Hannett y el diseñador Peter Saville, a los que se unió Rob Gretton (mánager de Joy Division). Llegó Factory Records.

Eln 1979: Peter Saville, Tony Wilson y Alan Erasmus: la sala The Factory. Foto: Kevin Cummins
Eln 1979: Peter Saville, Tony Wilson y Alan Erasmus: la sala The Factory. Foto: Kevin Cummins

Tocando billetes

Las primeras referencias de Factory Records fueron un single de A Certain Ratio y otro de Orchestral Manoeuvres In The Dark. El primer LP que vio la luz con el sello fue el debut largo de Joy Division, “Unknown Pleasures”. Era junio de 1979 y la banda estaba experimentando una fase de efervescencia creativa tan superlativa como cada vez más profundo era el pozo depresivo en que estaba cayendo su cantante, Ian Curtis. Era mayo de 1980 y estaba previsto que Joy Division partieran hacia Estados Unidos para protagonizar su primera gira por Norteamérica. En la tierra de los libres y el hogar de los bravos presentarían su inminente segundo disco, “Closer”. Todo se desvaneció aquel domingo 18 de mayo, cuando encontraron el cuerpo de Curtis girando en la cocina de su casa, al final de una cuerda atada a una viga. El álbum se publicó de forma póstuma el 18 de julio de aquel primer año de la década de los ochenta. La muerte vende, ahora y entonces, y con la tragedia de Curtis, a los disqueros les quitaban el álbum de las manos. Mucho más éxito todavía tuvo “Love Will Tear Us Apart”, single tortuoso y magnético que no estaba incluido en el álbum. En Factory Records empezaban a tocar billetes.

Anuncio de la actuación de Joy Division en The Factory el 13 de julio de 1979. Póster: Jon Savage
Anuncio de la actuación de Joy Division en The Factory el 13 de julio de 1979. Póster: Jon Savage

Joy Division se habían prometido que si faltaba alguno de ellos se separarían. Fue lo que hicieron tras el suicidio de Curtis. Pero solo un poco. Semanas después del entierro de su cantante, Peter Hook, Bernard Sumner y Stephen Morris, juntamente con la mujer de este, Gillian Gilbert, formaron New Order. Semanas después de montar el nuevo grupo, realizaron la gira por Estados Unidos que les había quedado pendiente con Joy Division. En Nueva York lo fliparon en discotecas como Hurrah, Tier 3 o Danceteria. En Mánchester no tenían nada parecido. Había que montar un garito igual en su ciudad. Ellos invertirían todos sus ingresos en la aventura. Lo que faltase lo pondrían Tony Wilson y Rob Gretton.

En los tiempos en que Mánchester era uno de los epicentros de la industria naviera, el 11-13 de Whitworth Street West había sido una productiva atarazana. Pero el negocio de la construcción de grandes barcos se desplomó durante la década de los setenta y aquella nave de desnudo ladrillo rojizo, que hacía años que estaba abandonada, fue el lugar que eligieron New Order, Wilson y Gretton para montar su club. Encargaron su remodelación a Ben Kelly, un arquitecto con múltiples conexiones con el punk: fue el diseñador de las fachadas de la tienda de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren y, por esa amistad, uno de los pasajeros en el barco en que los Sex Pistols dieron el histórico concierto en el Támesis el 7 de junio de 1977. Kelly formó tándem con Peter Saville, el diseñador gráfico responsable de muchas de las portadas de Factory Records. Entre ambos idearon un local que estaba distribuido en dos plantas: una superior, donde se encontraba una zona de cafetería, un bar, un escenario y la pista de baile con la correspondiente cabina para el DJ. Y otra inferior, con una coctelería que bautizaron como “The Gay Traitor” en honor a Anthony Blunt, el historiador británico que ejerció de espía para los soviéticos. Siguiendo con el imaginario filocomunista, al club lo bautizaron como The Haçienda, en recuerdo al manifiesto situacionista de Chtcheglov, el que quería dinamitar la Torre Eiffel. La hacienda por fin estaba construida.

The Haçienda en 1988: fulgor acid. Foto: Peter J Walsh (Getty Images)
The Haçienda en 1988: fulgor acid. Foto: Peter J Walsh (Getty Images)

La locura de Mánchester

“He actuado en algunos tugurios de mierda a lo largo de mi vida, pero este se lleva la palma”, fue una de las bromas que soltó el cómico Bernard Manning la noche del 21 de mayo de 1982, velada inaugural de The Haçienda. Nadie rio. De hecho, la actuación fue tal fracaso que el humorista decidió no cobrar su caché. Un tipo honesto, este Manning. Y con una biografía singular: en su obituario se aseguraba que durante su participación en la Segunda Guerra Mundial como miembro del ejército británico le tocó custodiar a los criminales de guerra nazis Rudolf Hess y Albert Speer en la prisión de Spandau, Berlín. El panegírico, eso sí, lo había escrito él mismo. Más que como club, en sus primeros años The Haçienda funcionó como sala de conciertos. En su escenario se vivieron actuaciones tan memorables como la que protagonizaron una madrugada del verano de 1982 unos australianos de apariencia siniestra llamados The Birthday Party. O la noche de 1983 en la que pisaron sus tablas The Smiths. O la velada del 27 de enero de 1984, en la que Madonna ofreció su primer show en Inglaterra. Y Echo And The Bunnymen, Orange Juice, Bauhaus, Culture Club, The Psychedelic Furs, Simple Minds… En The Haçienda cada noche una banda podía cambiar tu vida. Hasta que te la empezó a cambiar un DJ.

Primera aparición de Madonna en la TV británica. Programa ‘The Tube’, grabado en The Haçienda el 27 de enero de 1984: “Holiday”.

La música house nació en un pequeño club oscuro de Chicago y luego conquistó el mundo, recalando en Inglaterra a través de The Haçienda e implosionando a través de la subcultura rave. En la vieja nave industrial mancuniana, cada madrugada el escenario en el que actuaban bandas de rock alternativo daba paso a sesiones de música electrónica. Era de esperar que ambos universos acabaran colisionando. De aquel mash-up surgió el sonido Madchester, escena que encontró en The Stone Roses sus principales referentes. Y con ellos, Happy Mondays, Inspiral Carpets, James, The Charlatans, A Guy Called Gerald... Pop psicodélico, apuntalado por beats y bañado en MDMA, para deleite de una parroquia entre la que militaban la gran mayoría de hooligans del Manchester United y el Manchester City (y también muchos de los jugadores de ambos equipos).

En Cottonopolis se vivía el segundo “verano del amor”, y los casuals dejaron de tostarse a hostias para entregarse al baile de “Fools Gold”. ¿Para qué partirse la cara por unos colores si podías llegar al éxtasis danzando como Bez –el bailarín de Happy Mondays– y besándote con el prójimo? La música (y las drogas) amansaron a las fieras y las gradas dejaron de ser campos de batalla: se iba al partido, después a The Haçienda y se terminaba el fin de semana perdido, pero feliz, en alguna rave ilegal en algún punto secreto del área metropolitana del Gran Mánchester. Filosofía de vida que, una tras otra, fueron emulando el resto de firms –los grupos de hinchas futboleros– de la isla, para desesperación de los hooligans del Chelsea, los únicos galos que no querían beber de la marmita. Tal fue su enojo con el nuevo orden imperante de buen rollo que llegaron a estampar camisetas con la leyenda “Hooligans Against Acid”. Sí, The Haçienda hizo más por la pacificación de los fondos sur que cualquier política de la abominable Thatcher.

The Stone Roses: “Fools Good” (y llegó el cambio de actitud).
Hoy, el club de New Order, Tony Wilson y Rob Gretton ya no existe. Es solo un recuerdo mágicamente borroso. Una leyenda. De hecho, pese a su popularidad, siempre fue un desastre financiero. Acabó cerrando sus puertas el 28 de junio de 1997. En su lugar ahora hay apartamentos de lujo. Es el capitalismo, idiota. Pero dicen que, si pasas por delante del 11-13 de Whitworth Street West, puede que aún te encuentres con un hooligan de viaje por el sol dispuesto a abrazarte. Abrázalo, tan solo quiere sentirse adorado. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados