Serie

I Love LA

Rachel SennottT1, HBO Max
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Rachel Sennott parecía destinada a convertirse en la voz de su generación –o en la voz de una generación, como famosamente decía Hannah Horvath en el episodio piloto de “Girls” (Lena Dunham, 2012-2017). La joven protagonista de “Shiva Baby” (Emma Seligman, 2020) y “Bottoms” (Emma Seligman, 2023) lleva tiempo preparando material de stand up, trabajando en colectivo en el mundo audiovisual y cultivando su presencia online en Instagram y TikTok, donde es tan importante tener gracia como salir de fiesta con la gente adecuada. Caminar la línea entre frivolidad calculada y ambición intelectual parece necesario para triunfar entre la generación Z y los millennials tardíos deseosos de renovarse: hay que ser lista pero no aburrida, activamente sexi pero de manera autoconsciente y divertida, ambiciosa pero amiga de tus amigas, sobre todo si las cámaras os están mirando.

“I Love LA” (2025-) lleva a la pantalla lo que proponía Sennott en un vídeo de TikTok paródico sobre Los Ángeles: imaginar desde fuera la vida privada de un grupo de amigos en una ciudad en la que la ambición, las drogas y la performance en redes sociales son condiciones de acceso, y donde el privilegio –por tener padres ricos, cuerpos normativos, amigos famosos o muchos seguidores– es solo la puerta de entrada a un mundo en el que la atención es la principal moneda de cambio. Todos harían lo que sea por conseguirla y nadie sabe qué hacer con ella cuando la tiene.

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Algo parecido a lo que le pasa a la propia serie, que, aunque consigue buenos momentos de comedia histérica, adolece de una falta de sustancia terminal. Quizá el elemento generacional más importante resida en la sensación de que sus personajes siempre están acelerados por algo; una prisa existencial –amplificada a veces por drogas, a veces por la presión del trabajo, a veces por el neuroticismo o por la vida en una ciudad en la que pasan cosas todo el rato pero nadie está bien conectado– que es naturalmente propensa para la comedia. En un lenguaje donde el movimiento es clave, la idea de un grupo de amigos encerrados en el mismo ciclo –separándose y corriendo a encontrarse, intentando hacer muchas cosas y fallando para estar presentes en ninguna– funciona con bastante autonomía; la serie sabe ser divertida y generar situaciones absurdas que se toma su tiempo en habitar.

Las comparaciones son odiosas y, no, no todas las series escritas y protagonizadas por un grupo de mujeres jóvenes en cualquier ciudad son “la sucesora espiritual de ‘Girls’”. No tienen por qué serlo y no pasa nada porque no lo sean. Dicho esto, la analogía favorita de los medios para describir la serie ilustra bastante bien el sitio donde falla: si bien a la de Lena Dunham se la criticó cíclicamente por sus privilegios o por ser muy blanca, se recuerda y se celebra por sus múltiples desafíos a la norma. Yo los resumiría como una desnudez radical tanto del cuerpo como del alma; un nuevo modelo de ficción televisiva que se proponía, por medio del hiperrealismo, lograr una representación autoficcional auténtica, caiga quien caiga. No ofrecía normatividad, no buscaba aceptabilidad social: era como “Jackass” (Jeff Tremaine, Spike Jonze y Johnny Knoxville, 2000-2001) en el plano emocional; una autora relativamente privilegiada que se ofrecía para ser devorada y maltratada por la masa.

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Es decir, era todo vulnerabilidad. Que es precisamente el elemento ausente en “I Love LA”, una serie que parece tener miedo a hacer un chiste del que no nos hayamos reído ya, a mostrar una falta que no haya caricaturizado antes o a mirarse sin la protección de una ironía manufacturada. Atendemos a una serie de tipos: Alani, la nepo baby tonta pero de buen corazón (interpretada por True Whitaker, hija del actor Forest Whitaker), consciente de tener trabajos que no merece y no sabe hacer; la influencer Tallullah (Odessa A’zion, hija de la actriz y productora Pamela Adlon), consciente de su falta de ética de trabajo y su tendencia a la cleptomanía; la protagonista Maia (Rachel Sennott), consciente de que su ambición desmedida tensiona constantemente su vida personal y la hace dar por sentado su relación con Dylan (Josh Hutcherson), quien a su vez es consciente de ser la única persona normal de la serie. Charlie Cohen (Jordan Firstman), un estilista consciente de su papel secundario en la vida de los demás, es el único que ofrece momentos emocionalmente interesantes al verse arrastrado, medio por accidente, a entablar vínculos sinceros y no transaccionales con personas diferentes a él. En general, la serie no sabe qué ofrecer después de la autoconciencia: ¿hay que subvertir algo? ¿Corregir algo? ¿Criticar en profundidad alguno de los aspectos de la frivolidad que Los Ángeles nos presenta como forma de vida? ¿O basta con retratarla, hacer un chiste y seguir explotando el privilegio heredado, las diferencias de clase y la ambición desmedida en un ecosistema digital que cada día se demuestra más perverso y problemático?

Creo que Sennott es una guionista con talento, una actriz expresiva y una personalidad magnética; o la quieres o la odias, pero es difícil dejar de mirar. Tampoco dudo de que tenga las herramientas formales para ser la voz de una generación: lo que no parece es atreverse a utilizarla para decir nada con sustancia. El desnudo no es necesariamente atrevido si lo que se desnuda es un cuerpo normativo, del mismo modo que el privilegio no es un material narrativo interesante si no se va más allá de él; el vacío que esconden las costuras de internet se vuelve mucho más visible y angustiante en formato largo. Quizá la angustia y el vacío formen parte de la experiencia generacional de los criados en un mundo que deja cada vez menos lugar al optimismo, pero es de lamentar que la serie no se atreva a mostrar nada que no sea inmediatamente consumible y a escapar de la tiranía de lo cool: ni un defecto físico, ni un malestar psicológico, ni un conflicto moral, ni ninguno de los dramas subyacentes a las ambiciones contemporáneas –la presión estética, las drogas, incluso la ciudad estructuralmente rota y desigual que es Los Ángeles– se tratan con un mínimo de profundidad. No hay ningún discurso ni propuesta tras el gesto de mirarse. Lo que tenemos delante no son personas sino imágenes: por eso, exactamente igual que haciendo scroll, causan impacto un momento, nos sacan una risa y después se nos olvidan. No hay nada que nos haga conocer mejor al sector demográfico que retrata, que humanice a quien actúa para nosotros en la pequeñísima pantalla del teléfono: nos quedamos como tontos mirando a un dedo que señala. ∎

Greetings from L.A.
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