“El nadador”, publicado originalmente en el número del 18 de junio de 1964 de ‘The New Yorker’, es el relato más conocido de John Cheever (1912-1982), también el único llevado al cine: “El nadador” (1968), dirigido por Frank Perry e interpretado por Burt Lancaster en el papel del hombre de clase aparentemente estable que regresa al lugar en el que vive nadando por las piscinas de catorce casas –más una piscina pública– de una ciudad suburbana. La presente edición, “El nadador y otros cuentos” (Random House, 2025), con traducciones de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika e ilustraciones de Pau Gasol Valls, se complementa con dos relatos aún más secos e incisivos, “Adiós, hermano mío” (1951) y “El marido rural” (1954), ambos aparecidos igualmente en ‘The New Yorker’ e incluidos en otras recopilaciones de los cuentos del autor.
La prosa de Cheever describe con exactitud un tiempo, una clase social, una forma de vida. Escribe al inicio de “El nadador”: “Sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua y sostenía con la otra una copa de ginebra”. De fiesta en fiesta, de copa en copa. Pero el sueño americano de los años cincuenta se diluye en este caso en las aguas de las piscinas convertidas en metáfora de una vida que carece ya de todo sentido, como demuestra el desolador desenlace. Neddy Merrill está en una fiesta en uno de esos suburbios llenos de casas con piscina y césped impoluto. Decide volver a nado hasta la suya, que se encuentra en Bullet Park, título de una de las mejores novelas de Cheever, publicada en 1967. Es un relato de viaje, ya que importa lo que encuentra en cada una de esas casas de gente que conoce, aunque algunos no quieran tener ya trato con él. El objetivo es volver, pero ¿a dónde? Casas tranquilas. Casas vacías. Casas en fiesta permanente. Casas en venta. En algunas no encuentra a nadie y tan siquiera recuerda si sus inquilinos aún viven allí o se han mudado.
La línea de piscinas describe una corriente subterránea por todo el condado. Piscinas con agua de una suave tonalidad verdosa, o de color zafiro, o de dorada opacidad. “El nadador” tiene la finura de la metáfora permanente; de lo que las palabras sugieren sin explicitarlo; de la concreción de los gestos en el cuerpo de ese hombre maduro pero aun esbelto que toma conciencia de los cambios que conlleva el paso del tiempo y, quizá, el fin de ciertos ideales.
Pero, siendo magnífico, me parece aún más relevante, y revelador, “El marido rural”. Si en “El nadador” el protagonista atraviesa varias casas, en este relato casi todo acontece en una solo lugar, la casa de estilo colonial en la que vive Francis Weed, un hombre similar a Neddy Merrill, casado, también padre de cuatro hijos, un tipo seguro de sí mismo que disfruta de esa vida en los suburbios, la de los maridos que conducen su coche hasta la estación para tomar el tren que les llevará al centro de la ciudad y a sus trabajos, mientras las esposas cuidan de la casa y organizan todos los detalles de una vida cotidiana perfectamente ordenada. Es el territorio de Cheever y de Edward Hopper (algunas ilustraciones de Gasol Valls son muy hopperianas), de Richard Yates y de la serie “Mad Men” (Matthew Weiner, 2007-2015).
Algo debe ocurrir para que se produzca una alteración, una sacudida. Francis regresa a casa después del aterrizaje forzoso del avión en el que viajaba, pero nadie le hace caso cuando intenta explicar su odisea en la antesala de la muerte. Esto, y la agitación sexual que le procura la joven canguro que cuida de sus hijos pequeños, modifica por completo su comportamiento. Cheever se muestra descarnado con sus personajes. El gusto por las fiestas de la esposa, Julia, nace del temor al caos y la soledad. De Francis escribe que “carecía de las dotes narrativas que le permitieran recrear su roce con la muerte”, reduciéndolo de buenas a primeras a un tipo mucho más gris y discreto de lo que aparenta. Es un relato hiriente sobre las convenciones sociales, las relaciones matrimoniales y las pulsiones tóxicas. Si el final de “El nadador” es desolador, el de “El marido rural” resulta devastador.
“Adiós, hermano mío” es el único de los tres relatos narrado en primera persona. Este es un retrato de familia al completo desde la perspectiva de uno de los cuatro hermanos. De nuevo una casa como escenario, Laud’s Head, situada al borde de un acantilado, inundada de vapores salinos. De nuevo el agua, aunque no dulce: todos los personajes, menos Lawrence, el hermano arisco, nadan varias veces al día durante las dos semanas de vacaciones. No nadan para progresar en dirección a su hogar. Nadan para olvidar las rencillas. Discuten en la playa, se sumergen en el mar, nadan, regresan a la arena y las trifulcas se han apaciguado y las voces insidiosas, acallado. El narrador, el único de quien no sabremos el nombre, ve emergiendo de ese mar las cabezas de su esposa y su cuñada, “ébano y oro en agua oscura”. Un momento de paz que no llega hasta la parte final del cuento, ya que el resto es severo sin ser sombrío; escéptico sin ser inflexible.
Lawrence es, según su hermano, elegíaco, fanático e intolerante. Nada de lo que ve o escucha le gusta. Quizá no esté de paso por la vida, pero si lo está por Laud’s Head, un edificio antes que un hogar que no ve como suyo y del que solo observa grietas y fisuras, reales y figuradas. Es el regreso puntual del hijo no precisamente pródigo: cuando tenía 16 años, Lawrence decidió que su madre era frívola, malintencionada, destructiva y demasiado autoritaria. Se ven poco, pero siempre hay entre ellos una tensión turbia. La turbiedad se expande al resto de la familia, pero Cheever lo cuenta todo desde esa distancia que no enmascara, mediante su escritura quirúrgica, una visión desencantada no tanto de las personas como del mundo que han decidido habitar. ∎