Tratar un tema complejo desde la complejidad es cosa sencilla. Lo complejo es más bien tratar un tema complejo desde la sencillez. Y eso es precisamente lo que hace Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) en su nuevo trabajo, “Abril o nunca”, en el que vuelve a abordar el gran tema de su literatura, el tiempo, pero integrándolo de la forma más natural posible en un armazón de novela clásica.
No hay aquí tirabuzones formales ni complejidades técnicas como las que distinguieron, por ejemplo, su anterior “Lo demás es aire” (Seix Barral, 2023). En aquel libro, cada página incluía un margen con una guía que aclaraba el año o los años en que transcurría una acción que iba saltando en la línea temporal y que incluso acumulaba diferentes épocas en una misma página. Era la forma deliciosa en la que el autor, a través de un personaje que vuelve a su pueblo de infancia, dejaba claro que el tiempo no existe y que, por lo tanto, si pasado, presente y futuro no son coordenadas reales, eso significa que todo ocurre a la vez.
En “Abril o nunca”, sin embargo, Gómez Bárcena se olvida de formas complejas y consigue explorar el concepto del tiempo desde una simplicidad francamente engañosa. La novela empieza, de hecho, con un primer episodio –en el mes de abril– en el que quedan certeramente retratadas tanto la experiencia del padre separado como la realidad del hijo con dos casas. La estampa es tan interesante que lo normal será que el lector piense que de eso va a ir precisamente el libro… Hasta que un acontecimiento terrible detiene el tiempo por completo.
¿Cómo no se va a detener el tiempo ante la muerte de una hija? El autor no tarda en inclinarse hacia su temática favorita: “Daniel ha aprendido lo que todos los demás ignoran: que el tiempo no siempre va hacia delante, sino que puede invertir los pasos, como los cangrejos que Teresa y él vieron en la Cala de los Amarillos. Que el tiempo de algunos hombres no es un río, sino una ciénaga inmóvil. Un bloque de hielo. Un pozo cuyas aguas no van a ninguna parte”.
De hecho, a partir de ese instante capaz de paralizar las agujas del reloj de Daniel, el tiempo se explora a través de diferentes recursos. El primero de ellos es, obviamente, un duelo que fosiliza al protagonista de “Abril o nunca” en su propio dolor y en su imposibilidad de aceptar la realidad. Lo interesante es que este recurso tan común se contrapone con un segundo elemento menos habitual: Daniel se obsesiona con un hilo de Reddit llamado #diversintime en el que el viaje en el tiempo se debate como posibilidad real a partir de las crípticas enseñanzas de un enigmático –y desaparecido– profeta virtual, John1419. Los redditors parecen tenerlo claro: viajar en el tiempo es cuestión de rememorar una y otra vez el instante al que se quiere viajar hasta que el acto de rememorar se convierta en revivir y, a su vez, revivir se convierte en vivir.
Uno de los grandes aciertos de Gómez Bárcena es superpoblar “Abril o nunca” de metáforas e imágenes que guardan estricta relación con los temas de la propia novela: el submarinismo (oficio real de Daniel y figurado de los #diversintime que llevan el “dive” en el nombre de su canal), la ciudad de Benidorm (un bucle que se repite año tras año y que incluye su propio momento de congelación en el tiempo: la temporada baja) y “They Are Billions” (un videojuego con el que Daniel se identifica no solo por los zombies que asaltan una ciudad, sino también por un gameplay que implica repetir una y otra vez un mismo proceso de defensa de la misma forma en la que él está repitiendo y perfeccionando su viaje en el tiempo).
A partir de todas estas imágenes, Gómez Bárcena va perfilando el retrato de Daniel como un hombre (muy hombre) congelado en su duelo y en su dolor. Alguien a quien su exmujer reprochaba su incapacidad de hablar y al que le parece normal no haber derramado ni una lágrima en su vida adulta. Una persona sin las herramientas necesarias para procesar el trauma, lo que hace que se salga por la tangente loquísima de los viajes en el tiempo obviando por completo los asideros que le podrían anclar al presente e impulsarlo hacia el futuro.
Esos asideros son otros dos personajes. Por un lado, Mario, que se define como el “puto mejor amigo” de Daniel aunque este no parezca sentirlo así. Mario es un tipo canallita pero altamente entrañable tendente a una filosofía de barra de bar –de su propio bar: el Calippo– que ofrece a su colega un buen conjunto de perlas de sabiduría ante las que este prefiere hacer oídos sordos. Por otro lado, Natalia, la posibilidad de un nuevo amor. Alguien con quien Daniel inicia una relación basada en una actitud decadentista y autodestructiva de fumar mucho, follar bastante y hablar lo mínimo de las cosas realmente importantes.
Pero es que “Abril o nunca” no va del proceso de salvación de Daniel, sino más bien de cómo este personaje quema todos los puentes posibles y se lanza de lleno a la posibilidad de viajar en el tiempo con tal de no tener que superar el dolor de la muerte de su hija. Viéndose incapaz de reanudar una vida que no parece tener sentido (porque, cuando no tomas decisiones, las decisiones se acaban tomando solas y conduciéndote a una vida que probablemente no querías), el protagonista decide concentrar todas sus energías en viajar atrás en el tiempo hacia el momento anterior a la muerte de Teresa.
El libro transita todas las estaciones del año hasta llegar de nuevo a abril… Y, si Daniel consigue viajar en el tiempo o no, si consigue salvar a su hija o no, es menos importante que las dos conclusiones finales. Para empezar, esa lágrima que el personaje ha perseguido sin saberlo y que le define como el ser humano que a veces siente no ser. Pero, sobre todo, una reflexión que su “puto mejor amigo” Mario ya le ha puesto antes en bandeja: ¿no te parece que, si volvieras en el tiempo y cambiaras algo, eso te llevaría ante una vida diferente en la que también cometerías muchos otros errores que te harían desear volver a viajar en el tiempo para cambiarlos? Porque en eso consiste la vida: en cagarla… y buscar la manera de seguir adelante. Sea como sea. ∎