Película

La muerte de Robin Hood

Michael Sarnoski

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“La muerte de Robin Hood” (2026; se estrena hoy) tiene dos elementos de interés. Uno atañe al tratamiento de su protagonista, figura construida entre la realidad histórica y la ficción legendaria a través de las baladas del folclore inglés, la literatura y el cine: el arquero de los bosques de Sherwood no es aquí, en el otoño canoso de su vida, el defensor de los oprimidos que roba el dinero de los ricos para dárselo a los pobres, sino un vil y un asesino. El segundo elemento es en relación con el director del filme, Michael Sarnoski, que sorprendió hace cinco años con su ópera primera, “Pig” (2021), un rocambolesco y abstracto thriller con Nicolas Cage en el papel de un solitario buscador de trufas que regresa a la gran ciudad para recuperar a la cerda que le han robado. Más allá del duelo entre Cage y la cerda, de sus catarsis violentas y de ofrecerle al actor su enésimo papel “raro”, “Pig” mostraba unos modos personales que, como acostumbra a pasar casi siempre, se diluyen en buena medida cuando el cineasta acepta entrar en la gran industria. Primero fue con “Un lugar tranquilo: Día 1” (2024), perteneciente a la franquicia de terror insonoro inaugurada por el actor y director John Krasinsky con “Un lugar tranquilo” (2018). Ahora es esta reformulación del personaje de Robin Hood.

La primera parte del filme es extremadamente cruda y virulenta. Primero hay que mostrar la imagen más sanguinaria del forajido para entender después lo que en la segunda parte del metraje se acerca al proceso de redención. Generaciones de las víctimas de Robin le persiguen porque hay montones de deudas de sangre por saldar. Ha dejado tras de sí un reguero de muerte y destrucción, una violencia atroz que aún ejerce de forma desmedida. Los primeros treinta minutos de la película son oscuros y atávicos, aposentados en paisajes yermos y violencia desmedida ejercida por todo el mundo, tanto Robin y su amigo Edward-Little John como aquellos que desean su muerte. Robin Hood no es un héroe, sino un villano cruento. Estamos lejos de la imaginería que Hollywood ha dado del personaje desde que Douglas Fairbanks lo interpretara en los tiempos del cine mudo y adquiriera después los rostros más o menos dicharacheros de Errol Flynn y John Derek, hasta llegar a una primera inflexión crepuscular con la bella y melancólica “Robin y Marian” (Richard Lester, 1976), a la que Sarnoski cita en un guiño final con la flecha lanzada por una ventana de una capilla, imagen casi idéntica al desenlace del filme de Lester: Sean Connery era un Robin cansado y desilusionado en la versión desmitificadora de Lester, y Audrey Hepburn daba vida a Marian, recluida en un convento. Nada sería lo mismo en el Robin cinematográfico a partir de este filme, pero las versiones más o menos realistas servidas por Kevin Reynolds –“Robin Hood, príncipe de los ladrones” (1991), con Kevin Costner– y Ridley Scott –“Robin Hood” (2010), con Russell Crowe– seguían apelando a la leyenda.

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“La muerte de Robin Hood” propone una ruptura radical con esa leyenda. Un hosco y taciturno Hugh Jackman, con largas greñas de color blanco y barba gris y densa, acepta el personaje como es ahora, una figura fúnebre en un mundo a sangre y fuego. Acosado por su pasado y malherido, termina en un lugar tranquilo –ahora sí– en el que refugiarse, porque no piensa en redimirse. Es el monasterio de unos antiguos druidas situado en una isla a la que llegan otros personajes en busca de consuelo, sanación o protección, de niños abandonados a un leproso que sabe que sus horas están contadas.

El interés de la propuesta reside en esta parte –aunque la primera sea más lograda– y en la dialéctica que el viejo forajido establece con la hermana Brigid, una mujer joven que acoge a los desvalidos y marginados en el monasterio, una dialéctica compleja pues entraña afecto, atracción y, también, odio. Jackman sigue con su semblante hosco y sus parcas palabras, coherente con el proceso que no quiere comenzar, y Jodie Comer concentra los esfuerzos de su personaje en comprenderlo, y los del filme en redimirlo. Buena actriz, protagonista de la serie “Killing Eve” (Phoebe Waller-Bridge, 2018-2022) y de “England Is Mine” (Mark Gill, 2017), sobre los años jóvenes y mancunianos de Morrissey, que da la réplica precisa cuando el relato encara la recta final. Eso sí, Sarnoski, con más dinero, escenarios y logística de producción, queda tan impresionado por lo que tiene frente a la cámara, en comparación con la austeridad de la cerda trufera y Nicolas Cage, que alarga en exceso los tiempos en este bloque final. Es lo que pasa cuando haces un filme contemporáneo con tres millones de dólares (“Pig”) y te dan veinte millones para rodar una trágica epopeya medieval. ∎

La otra cara de Robin Hood.
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