Película

Las corrientes

Milagros Mumenthaler

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¿Qué pasaría si se explicara “Vértigo” (Alfred Hitchcock, 1958) desde el punto de vista de Madeleine/Judy, el personaje encarnado por Kim Novak? Esta pregunta en torno al personaje femenino de la película de Hitchcock atraviesa buena parte de la teoría feminista (y no solo) a propósito de un filme que integra como pocos el concepto de mirada masculina en su propia trama en tanto el protagonista, Scottie (James Stewart), se obsesiona con convertir a una mujer de carne y hueso en su ideal fantasmagórico e inalcanzable de feminidad. Entre títulos recientes, dos películas de directoras, “Forastera”, de Lucía Aleñar, que llegará a principios de septiembre, y “Las corrientes” (2025; se estrena hoy), tercer largometraje de Milagros Mumenthaler, revisan “Vértigo” a su manera. Pero su interés no radica en adoptar la perspectiva de Madeleine (la propia película de Hitchcock lo lleva a cabo en una secuencia clave) en tanto mujer que debe asumir que el hombre al que ama nunca la querrá por sí misma. Estos filmes aparcan el rol pasivo de la protagonista para apropiarse de la experiencia de desdoblamiento identitario a partir de la propia subjetividad femenina.

En “Vértigo”, Madeleine “cae” al agua y es rescatada por Scottie a mitad del metraje. En “Las corrientes”, Lina (Isabel Aimé González Solá) salta al río en Ginebra al poco de arrancar la historia, tras abandonar la gala en que se le entrega un premio. Sus motivos no quedan claros. La protagonista parece empujada por un impulso misterioso. Pero aquí ningún hombre acude a su rescate: es la propia corriente del río la que la devuelve a la orilla. En su regreso a Argentina, Lina retoma su rutina habitual. Pero ha desarrollado una aversión al agua que le impide desde llevar la higiene más rutinaria hasta garantizar la seguridad de su hija en la bañera. Este bloqueo la conduce a reiniciar el contacto con una amiga de otra época que se dirige a ella con otro nombre, Cata. Sobre el diván, parecería que Lina ha construido su identidad como diseñadora de éxito casada con un hombre adinerado a partir de ocultar su pasado más humilde y traumático como Cata. Una disociación que entra en colapso al inicio del filme, cuando Lina parece responder a una inquietud interior que permanecía adormecida.

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Como en “La idea de un lago” (2016), Milagros Mumenthaler convierte el agua en el motivo que organiza la subjetividad emocional de sus protagonistas femeninas. Si en el filme anterior el espacio acuoso se relacionaba con los estratos de la memoria personal, familiar y colectiva, en “Las corrientes” se identifica con una dimensión subconsciente con la que la protagonista acaba reconectando. La inclusión del agua introduce una dimensión abstracta que evita que el filme derive en un mero drama psicológico de superación personal para moverse en el plano de la sensorialidad. Porque la fascinación que genera el tercer largometraje de Mumenthaler radica en su capacidad para desplegar una película en torno a la experiencia femenina que discurre por la superficie bella, inquietante, sensual y misteriosa de las cosas sin necesidad de descifrar aquello que se oculta en lo más profundo. La secuencia más hipnótica remite igualmente a “Vértigo”: es aquella en que Lina sube a una torre, en este caso un faro, con su hija. Mumenthaler desactiva el fatalismo inherente y las políticas de la mirada del cine de Hitchcock para presentar a una protagonista que, a través de la luz del faro, contempla ¿imaginariamente? a diferentes personas de su entorno en escenarios diversos de felicidad. La mirada femenina se distancia así del dispositivo voyeur de control sobre la intimidad del prójimo para conectar mentalmente con una posible idea de felicidad ajena. Una conexión que también acaba desbloqueando el vínculo de Cata con Lina. ∎

Vértigo... al agua
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