Cómic

Lorenzo Montatore

No sé, pero... creo que moriréAstiberri, 2025

La muerte es un tema recurrente en la obra de Lorenzo Montatore (Madrid, 1983). Desde “La muerte y Román Tesoro” (DeHavilland, 2016), ópera prima que le valió la nominación como autor revelación en el Salón de Barcelona, hasta “California Rocket Fuel” (Sugoi, 2019), “Queridos difuntos” (Sapristi, 2020) o su peculiar biografía de Francisco Umbral en “La mentira por delante” (Astiberri, 2021), ha orbitado obsesivamente alrededor del gran tabú occidental. Pero nunca antes lo había abordado con tanta franqueza. “Todos mis cómics tratan la muerte en mayor o menor medida y ‘No sé, pero... creo que moriré’ puede ser un compendio de todo ello. Un resumen o una conclusión, un relato frontal del gran asunto”, confiesa Montatore.

La premisa tiene algo de koan zen –esas paradojas del budismo que no admiten respuesta lógica, como “¿cuál es el sonido de una sola mano aplaudiendo?”– pasado por el filtro de la cultura underground: Loren, un fantasma triste y atribulado, debe enfrentarse a su nueva condición de muerto. Lejos de ser un estado de paz definitiva, la muerte resulta tan problemática como la vida. El fantasma de Loren, alter ego transparente del autor, descubre que el más allá no resuelve nada, que la muerte no es un descanso sino una nueva forma de existencia igual de confusa y frustrante. Si ni siquiera muriendo nos libramos de nosotros mismos, entonces no hay escapatoria posible. Montatore juega con esta paradoja haciendo que su protagonista se desdoble, literalmente: el niño será el fantasma, mientras que el fantasma ya no puede ser nada, pero ha sido. Es una lógica circular recursiva que recuerda tanto a Samuel Beckett como a los videojuegos de 8 bits.

El tono oscila entre el humor absurdo y la ternura melancólica sin caer en el patetismo. Montatore ha perfeccionado esa capacidad para tratar temas graves con ligereza aparente, ya presente en “¡Cuidado, que te asesinas!” (La Cúpula, 2018) o en “Aquí hay avería” (ECC, 2023), donde abordó la adicción a las drogas con un epílogo de Javier Pérez Andújar. Loren es un personaje tragicómico en la mejor tradición del esperpento valleinclanesco, ese Valle-Inclán que Montatore cita repetidamente como influencia cardinal junto a Umbral.

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Lo más llamativo es su cambio radical de método. Por primera vez, Montatore ha prescindido completamente de medios digitales: “Este es el primer cómic que dibujo solo con medios analógicos: rotuladores, pintura, tijeras, pegamento, cúter y paciencia”. La técnica del collage le permite construir un universo visual fragmentario, hecho de retales y superposiciones, donde las figuras parecen recortadas de una realidad que ya no existe. La elección no es nostálgica sino militante: “Esta obsolescencia inesperada responde a la actualidad tecnológica y no a la nostalgia: a dibujar con ¡Ay! y no con AI”. En plena fiebre de la Inteligencia Artificial, Montatore reivindica la torpeza artesanal, el error productivo, la huella física del trabajo manual. El resultado es un cómic de aspecto frágil donde cada viñeta parece a punto de desintegrarse.

Este retorno a lo analógico –que contrasta radicalmente con su anterior “Si bailáis, entenderéis mejor las letras” (ECC, 2024), cómic mudo sobre Talking Heads– no es meramente formal. Montatore entiende que la muerte es precisamente eso: materia que se descompone, cuerpo que se fragmenta, identidad que se disuelve. El collage visualiza literalmente el proceso de desintegración. Las 112 páginas en blanco y negro funcionan como un álbum de recuerdos mal pegados, como esos cajones donde guardamos fotografías viejas que ya no sabemos a quién pertenecen. La economía de medios –rotulador, papel, pegamento– genera una estética de la precariedad perfecta para hablar de lo efímero.

Con “No sé, pero... creo que moriré”, Montatore cierra –o abre– un ciclo. Si sus trabajos anteriores rondaban la muerte de manera tangencial, aquí la encara directamente, sin metáforas protectoras. El resultado es un cómic incómodo, tierno y brutalmente honesto que confirma a su autor –de formación autodidacta y heredero tanto de Bruguera como de Max, Valle-Inclán y los videojuegos retro– como una de las voces más necesarias del cómic español contemporáneo. Un libro que existe en ese espacio ambiguo entre el ser y el no ser, entre la risa y el escalofrío, entre el collage artesanal y la reflexión existencial más despiadada. ∎

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