Serie

Los abandonados

Kurt SutterT1, Netflix
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Pocas cosas nos gustan más a los fans de “Juego de tronos” (Dave Benioff y D.B. Weiss, 2011-2019) que rencontrarnos con sus protagonistas en otras series que seguimos, y precisamente ver a Lena Headey (Cersei Lannister en “Juego de tronos”, Fiona en esta serie) fue como volver a cruzarnos con una vieja amiga… una amiga malísima, claro. La ropa de época vuelve a sentarle como anillo al dedo, aunque esta vez la actriz cambia los largos vestidos de corte por las botas de cowboy. Lo que no le sienta tan bien son unos guiones manidos que parecen un pastiche poco inspirado de todos los wéstern de los años sesenta. “Los abandonados” (2025) responde a lo que distintos youtubers y tiktokers han acuñado como producción de “etalonaje Netflix” –una traducción libre pero reconocible en lo que muchos llaman el typical Netflix colour grading– y aquí aparece el primer gran error de la serie. El pacto ficcional se rompe en el momento en que el espectador se enfrenta a una suerte de TikTok eterno, saturado hasta el exceso de naranjas y ocres.

Sin embargo, queda claro que sus directores, Otto Bathurst y Stephen Surjik, han aprendido al menos una lección importante: el “solo ante el peligro” de la historia de la nueva América ya no podía recaer únicamente en un nuevo Gary Cooper, como dictaba la tradición del género. Gillian Anderson (la señora Van Ness en la serie) y la propia Headey (Fiona) demuestran que las grandes figuras del wéstern no tienen por qué ser siempre hombres, y que pueden ofrecer lo mismo –o incluso más– desde el centro del relato.

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Por todo esto resulta inevitable cierta decepción, porque la producción de esta serie creada por Kurt Sutter contaba con todos los elementos necesarios para funcionar: un gran presupuesto –imprescindible para unas localizaciones a la altura de un wéstern de este calibre–; una épica clara, la de dos matriarcas (Headey contra Anderson) enfrentadas en la defensa de aquello que más aman; y un reparto ejemplar, desde sus protagonistas hasta un sólido conjunto de secundarios entre los que destacan Lucas Till, Xavier Roache o Nick Robinson. Sin embargo, los giros de guion acaban resultando inverosímiles, y es ahí donde el espectador empieza a experimentar un cierto extrañamiento ante acontecimientos que parecen existir únicamente para añadir más y más metraje.

Todo esto, en el fondo, forma parte de una mecánica ya reconocible que es cada vez más popular en las grandes plataformas. Cada vez hay menos buenas historias porque rara vez se les permite respirar: sus propias condiciones materiales –estos siete capítulos escuetos, pensados para devorarse del tirón– hacen que muchas series de televisión acaben pecando casi siempre de lo mismo. Se entiende, por el contrario, la inclinación por esa introducción marcadamente camp que abre cada episodio, así como la genuflexión constante ante la cinematografía que precede a la serie, y es precisamente por ello por lo que “Los abandonados” merece, honestamente, el beneficio de la duda. Ahora bien, para que una segunda temporada resultara verdaderamente más suculenta, el mito moderno del wéstern no debería olvidar que su semántica solo cobra sentido cuando existe una cierta confianza en la audiencia: la del presente, no la de hace cincuenta años. ∎

Las mujeres, como los hombres...
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