Serie

Monstruo: La historia de Ed Gein

Ian BrennanT3, Netflix
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La tercera entrega de la antología “Monstruo” de Ryan Murphy –aquí solo en papel de productor– e Ian Brennan llega envuelta en un barniz de prestigio, pero empapada en el mismo fango moral que pretende denunciar. “Monstruo: La historia de Ed Gein” (2025) es, a la vez, la entrega más ambiciosa y la más frustrante: una serie que aspira a cuestionar nuestra fascinación por los asesinos en serie mientras se deleita en las mismas imágenes depravadas que dice condenar. El resultado es una obra que oscila entre el sermón moral y el espectáculo macabro.

Charlie Hunnam interpreta a Ed Gein con una inquietante pasividad: mitad cordero, mitad carnicero, un hombre consumido por la represión y el fanatismo materno. Hay algo casi perverso en la ternura con la que la serie lo filma: su piel pálida resplandeciendo sobre la nieve de Wisconsin, su mirada tímida, casi beatífica. Laurie Metcalf, como Augusta Gein, proporciona los únicos momentos de auténtico terror. Su presencia domina el episodio inicial, encarnando a una matriarca demoníaca que predica pecado y condenación entre las vacas del rancho familiar. Pero desaparece demasiado pronto, y la serie intenta llenar ese vacío a base de citas cinematográficas –“Psicosis” (Alfred Hitchcock, 1960), “La matanza de Texas” (Tobe Hooper, 1974), “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991)– como si las resonancias culturales pudieran sustituir la emoción o la verdad.

Como ya ocurría en“Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer” (2022), “Monstruo: La historia de Ed Gein” empieza con un aire de rigor casi documental y termina hundiéndose en el delirio operático. La dirección de Max Winkler abusa del claroscuro, la niebla y los silencios rituales, creando un noir funerario de manual: estética de lujo al servicio de la podredumbre moral. El guion de Brennan intenta superponer a la historia del asesino una capa de metacomentario sobre el género true crime: Ed como alegoría del propio horror, musa y espejo de Hitchcock, Hooper y Demme. Adeline Watkins (Suzanna Son), su enigmática cómplice y amante, se convierte en un símbolo doble: la femme fatale y la encarnación del espectador voyerista, esa figura que “no puede dejar de mirar”.

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El problema es que la serie tampoco puede. Cada crítica a la complicidad del público viene envuelta en el mismo espectáculo que denuncia. La cámara se recrea en los cuerpos abiertos, las máscaras de piel, los rituales masturbatorios, con una precisión fetichista que roza la instalación artística. “No deberías estar viendo esto”, parece susurrar la serie. Pero se asegura de que no apartes la mirada. Murphy y Brennan viven atrapados en su propio bucle de retroalimentación moral: deploran el apetito que ellos mismos satisfacen.

A veces la ambición estética casi justifica los medios. Los exteriores nevados, bañados en tonos grises-azulados, son de una desolación espiritual que recuerda a Dreyer. La banda sonora de Mac Quayle, con ecos de Bernard Herrmann, confiere a la violencia una cualidad litúrgica. Y Hunnam logra una interpretación inquietantemente contenida: su Gein no parece impulsado por el deseo ni por la ira, sino por un vacío tan profundo que se vuelve metafísico.

En sus mejores momentos, funciona como una autopsia del horror americano, un análisis de cómo la religión, la represión y los medios engendran monstruos. Pero el dedo en la llaga nunca es demasiado profundo. Pese a su solemnidad y sus aspiraciones morales, la serie acaba embalsamada en sus propias contradicciones: un relato sobre la explotación que no deja de explotar, sobre el voyerismo que nunca aparta la vista. ∎

Demasiado es demasiado.
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