“Estaban haciendo lo correcto y lo estaban haciendo juntas, como siempre”. La historia nos sitúa en Camariñas, donde todo salta por los aires con la muerte de la adolescente María cuando acompaña a su padre a una descarga nocturna de “cajas Milka” vinculada al narcotráfico. A partir de este suceso, Nerea Pallares (Lugo, 1989) levanta en “Punto de araña” (publicada originalmente en gallego como “Ponto de araña”, Galaxia, 2025; Libros del Asteroide, 2026) una Costa da Morte donde el sostén del mundo recae en las manos de las palilleiras que, como Lita, alternan el encaje con jornadas mariscando, noches remendando aparejos y turnos a destajo en la conservera. Es en este ecosistema de precariedad donde entendemos que hay algo profundamente político en el acto de detenerse, pero algo terrorífico en el acto de destejer: tras la desgracia, las mujeres del pueblo, esas madres y vecinas que son la fuerza viva de la costa, deciden invocar a Briana, Otile y Navia, tres deidades ancestrales con forma de araña, para recuperar el mando.
Este mecanismo de defensa activa un choque generacional fascinante. Las mujeres retoman rituales de lino viejo mientras las jóvenes Zoe y Vera, amigas de María, intentan seguir adelante cuadrando sus publicaciones de TikTok o aprendiendo el último beat de trap antes de que se lo trague el rugido del Atlántico. Pallares utiliza la llegada de una foránea llamada Ari al museo del encaje como el periscopio necesario para observar esta insurrección de una estructura de poder paralela, donde la memoria de las que estuvieron antes dicta las normas de las que se quedan. Hartas de ser un soporte invisible, deciden que ya no hay nada más que anudar.
Pero entremos en el terreno de lo atmosférico, ese donde Pallares apuesta por una narrativa de la sugerencia. La autora teje el texto de la misma forma que sus protagonistas tejen el lino: dejando huecos para que la trama y el sentido de la historia cobren fuerza. Es una escritura fragmentaria y discontinua que renuncia al relleno para apostar por el hueco y la mancha emocional. Y aunque esa concreción es encomiable por lo que tiene de huida del adorno innecesario, el resultado final deja a veces una sensación de sed. Con poco más de 130 páginas, la novela te deja con ganas de más justo cuando más te interesan las vidas de sus protagonistas. El pacto narrativo se vuelve tan sutil que uno siente que salta entre hilos que pedían más recorrido para terminar de anudarse.
A pesar de estas lagunas, el calado etnográfico es rotundo. Pallares convierte el encaje en un sello identitario que anuda a nietas, madres y abuelas en una sola red de disidencia. Logra que lo femenino sea una fuerza viva que crea y destruye, una voz coral que no necesita ser una entidad dispersa para que su mensaje resulte salvaje. Además se respeta la musicalidad, dejando que palabras en gallego y conceptos propios de la zona filtren la narración. Esta autenticidad convive con una sintaxis que a veces se desboca en frases eternas, disparadas sin comas, capturando esa impaciencia eléctrica de una juventud que por otro lado devora el tiempo entre pantallas.
“Punto de araña” termina funcionando como un experimento sofisticado sobre el poder de lo común y la resistencia de los materiales que nos unen. Al cerrar el libro, esa trama de insumisión cala de tal forma que te deja con una duda razonable: si el mundo se va a pique, más nos vale que nos pille con el palillo en la mano y sabiendo exactamente qué hilo hay que cortar para que todo empiece de nuevo. Por si acaso, habrá que ir buscando un curso intensivo de bolillos. ∎