Antes que el fenómeno “La ciudad de los vivos” (2020; Random House, 2022), Nicola Lagioia (Bari, 1973) escribió “La ferocidad” (“La ferocia”, 2014; Random House, 2024; traducción de Xavier González Rovira), un libro que le valió el Premio Strega –galardón más importante de las letras italianas– y en el que capturó el insondable abismo que separa los cimientos de la civilización y las fuerzas indómitas que se ocultan bajo su superficie. Es, en otras palabras, Lagioia en su estado más puro y sin destilar, ofreciendo un retrato meticuloso y preciso sobre la belleza grotesca de la fragilidad humana en un libro que es a partes whodunit y a partes ecothriller con una fábula moderna que ofrece una exploración psicológica y una crítica de la sociedad.
Todo empieza con el suicidio sin esclarecer de Clara Salvemini, aparentemente muerta después de caer desde un rascacielos de una ciudad que podría ser o no Bari, que alumbra sus secretos y corrupción. Con una narración verbosa y nerviosa, en la que abundan los saltos temporales, Lagioia nos introduce en un laberinto de vidas conectadas y una red infinita de personajes con intenciones ocultas: periodistas, fiscales, rectores de universidad, forenses, médicos… Todos parecen estar conectados, de una forma u otra, al suceso que vertebra la narración. Y, en el centro de todo, la familia Salvemini y su patriarca, Vittorio, un tipo hecho a sí mismo que ha ganado una fortuna en el sector inmobiliario y que es, a la vez, la personificación de esa putrefacción social que el autor se empeña en retratar vívidamente en la novela.
Al otro lado del espectro moral se sitúa el hermanastro de Clara y oveja negra de la familia, Michele. Un hombre que suficiente tiene con manejar sus demonios internos toda vez que intenta esclarecer los motivos de la muerte de su hermana. En su investigación se da cuenta de que la vida de Clara también abunda en incógnitas por descifrar. En un viaje de corte existencialista muy a lo Kafka o Camus, en tanto que es otro hombre que trata de buscar el significado a un mundo que parece decidido a ignorarlo, la prosa de Lagioia, cruda y a la vez poética, es una ventana a la desolación que Michele se encuentra.
La historia de “La ferocidad” consigue la proeza de ser íntima y expansiva, transformando la ciudad sin nombre en personaje de pleno derecho, una entidad que vive y respira y que alimenta y devora a sus habitantes. Hay una cualidad cinematográfica en la prosa de Lagioia, pues plantea muchas de sus escenas con una precisión voyerística, convirtiendo al lector en observador silencioso, cómplice de la trama y de una búsqueda de la verdad que se torna difícil de entender, ya que la asfixiante corrupción, el abuso de poder y la decadencia moral están ya tan enraizados en la sociedad que se han vuelto sistémicos y alérgicos al cambio. A diferencia de “La ciudad de los vivos”, Lagioia ha insistido en que esta historia es ficción, y que no está inspirada en ninguna persona viva, pero la sombra de la Italia de Berlusconi es alargada en esta novela. El dedo retorcido en la llaga, otra vez. ∎