En 1984
Pedro Almodóvar ya tenía un nombre, cierto. Tres largometrajes entre
low cost e independientes, rodados en plena movida madrileña o en su resaca, lo habían convertido en un cineasta singular en una cinematografía siempre compleja como la española, y más en la de la transición. Pero si bien el director había puesto la mayoría de sus cartas sobre la mesa con “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón” (1980), “Laberinto de pasiones” (1982) y “Entre tinieblas” (1983),
star system personal incluido, parecía guardarse un as definitorio en la manga. Este llegó en 1984 con “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, filme que aunaba modernidad y transgresión, melodrama y comedia negra, invocando la pata de cordero de Roald Dahl –transmutada aquí en una castiza paletilla de jamón– para tejer una historia muy feminista en su momento, aunque a lo bruto, sobre un ama de casa adicta a las anfetaminas y maltratada por su esposo. Carmen Maura, la Pepi del primer largo del director, fijaba la iconicidad de su mirada y gestualidad en un universo cinematográfico que desde entonces –compaginando aciertos, conquistas, maduraciones y algunos errores y fracasos– ha sido no solo referente en el cine español, sino el más exportable internacionalmente. Lo último ha sido el León de Oro en Venecia por
“La habitación de al lado” (2024), ascesis de su estilo en clave de
woman’s film que aúna con naturalidad a George Cukor, Douglas Sirk, Edward Hopper, Roberto Rossellini e Ingmar Bergman. Pero ya antes obtuvo galardones como el Óscar al mejor guion por “Hable con ella” (2002) y el Óscar a la mejor película extranjera y el premio en Cannes al mejor director por “Todo sobre mi madre” (1999). Y si bien los premios son un juego, para alcanzarlos hay que jugar bien.
Hay otro punto de inflexión almodovariano, el de “Todo sobre mi madre”, depuración ejemplar de las raíces del melodrama clásico llevadas a su terreno de la identidad sexual y la artística. Almodóvar evoluciona –temas, referencias, dirección de actores y actrices, tratamiento fotográfico– como pocos lo han hecho dentro de un cine con vocación autoral pero también, sin esconderlo, con identidad popular. Ha sabido ser
arty y pop al mismo tiempo a través de la creación de un universo que acumula con fluidez la identidad española de otros tiempos, la posmodernidad –aunque él sea posmoderno en un sentido distinto al de Quentin Tarantino, los Coen, Steven Soderbergh o Jim Jarmusch– y la multiplicidad de sexualidades ya no como un gesto transgresor, sino como la forma más natural (normalización) de contar relaciones en una pantalla.
Errores de cálculo: el intento de volver a sus inicios con “Los amantes pasajeros” (2013) se saldó con un fracaso, así como su historia sobre traumas de infancia en “La mala educación” (2004). Tiene películas desdibujadas que funcionan mejor en su exposición que en su desarrollo, como “Kika” (1993) y “Carne trémula” (1997). Todo artista convive con sus fracasos, aunque para él sean obras queridas. Y seguro que se aprende de los errores, pues la depuración que aparece en su filmografía –en la calma y en la agitación, a través de títulos como “La ley del deseo” (1987), “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988), “Hable con ella”, “Volver” (2006), “Los abrazos rotos” (2009), “Julieta” (2016) y “Dolor y gloria” (2019)– lo muestra como un cineasta que, parafraseando lo que escribió Pere Gimferrer sobre John Ford, comprende el mundo a la vez que renuncia a poseerlo. ∎