Contexto. España. 1981. Una democracia frágil que se tambalea tras el golpe de estado del 23-F del picoleto chusquero Antonio Tejero: “¡Al suelo todo el mundo!”. Años de plomo de ETA. Recesión económica salvaje: inflación cercana al 14%, el PIB se estanca y desaparecen más de 300.000 puestos de trabajo. Heroína en las calles y Vaquillas pegando palos a diestro y siniestro. La cosa estaba jodida. Y si no lo creéis, preguntad a aquellos tres mecánicos en el paro de Zaragoza que, desesperados por salir del pozo, secuestraron a la mayor estrella del fútbol español del momento. En su mente parecía una gran idea.
Hacía años que el Fútbol Club Barcelona le tiraba la caña a Enrique Castro “Quini”. Pero el delantero brujo se resistía. Quería demasiado a su Sporting. Se vivía demasiado bien en Gijón. Pero el Barça insistía e insistía cada verano. Aunque fuera por acoso y derribo, acabaron por convencerle. Quini finalmente se vistió de azulgrana aquella temporada 1980-81. Tenían un equipazo: Migueli, Alexanco, Carrasco, Asensi, Simonsen, Schuster… Quini. Iban disparados hacia la consecución de una Liga que no conquistaban desde la llegada de Johan Cruyff, y aquello fue en la temporada 1973-74.
Pero los culés sabemos que en el Barça, para que se materialicen los sueños, además de ganar al rival debes vencer a los elementos. Como que un central vasco no te lesione al mejor futbolista de la historia o que tres pobres diablos no encierren en un zulo a una de tus estrellas. Pasó el 1 de marzo de 1981, tras un Barça-Elche que acabó 6-0. Aquella tarde-noche en el Camp Nou, Quini marcó dos goles. Tras el partido, lo metieron en una furgoneta DKW y se lo llevaron para su taller en la capital aragonesa. Pidieron 100 millones de pesetas por su liberación. Quini estuvo secuestrado 25 días. Una historia que ahora explica Nacho G. Velilla (Zaragoza, 1967) junto con Oriol Capel (Barcelona, 1975) en “Por cien millones” (2026), miniserie de tres capítulos que desde el pasado jueves 26 de marzo se pueden ver del tirón en Movistar Plus+.
Hay algo en todo lo que ha hecho Nacho G. Velilla –creador de “Aída” (2004-2015) o productor de “7 vidas” (Víctor García, 1999-2006)– que nos remite a la obra de Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Esa genialidad para plasmar a través del humor la cotidianeidad de los estratos más humildes y precarios de la sociedad española. Referentes y semblanzas que resultan mucho más evidentes en estos “Por cien millones”. El realizador zaragozano –que Velilla descubriera que los secuestrados de Quini eran paisanos fue clave para que se adentrara en su historia y se decidiera a rodarla– rehúye la tentación de narrar el cautiverio del futbolista a través de las formas del thriller, para relatarnos la tragedia a través de lo cómico. En gran parte porque aquí el protagonista no es Quini, sino los artífices del secuestro: Alfonso (Raúl Arévalo, brillante como casi siempre), Jorge (Vito Sanz, lo mejor de la serie pese a que en algunos momentos está cerca de caer en la caricatura) y Salva (Gabriel Guevara, la escena más memorable de la serie, casi al final del tercer y último capítulo, cuando están a punto de detenerlos, es suya). Son tres pobres hombres que, al estilo de muchos de los personajes en la filmografía de los hermanos Coen o de aquellos “Granujas de medio pelo” (2000) de Woody Allen, intentan tirar adelante tomando la peor de las decisiones. Quini está maravillosamente interpretado por un Agustín Otón que parece el hijo secreto del futbolista: esa escena en la que tras zamparse una fabada pide un pito a sus secuestradores. Y en el juego de semejanzas también impresiona el parecido de La Dani con Alexanco.
Seguramente la construcción de unos personajes ambivalentes, junto con aspectos técnicos como el diseño de arte y de vestuario, sea lo mejor de “Por cien millones”, una serie que empieza genial y acaba pidiendo la hora. Tres bonachones que se meten a criminales para poder pagar el vestido de la comunión de su hija. No puedes justificar sus actos, pero sí entenderlos e incluso empatizar con ellos. Fue lo que hizo Quini en el juicio, cuando les perdonó y rechazó cobrar una indemnización de 50 millones. Y sí, claro, el Barça perdió aquella Liga, pero Quini –¡qué bueno era Quini!– fue el Pichichi de la temporada. ∎